Rarámuris re-corren el mundo

Periodismo de investigación 27/08/2016 03:10 IÑIGO ARREDONDO Actualizada 20:34
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Llega a CDMX para participar en su primer maratón; invitan al atleta a competir en Nueva York

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“Buen día”, dice Santiago mientras camina sobre Paseo de la Reforma. En las últimas dos cuadras lo ha dicho al menos 16 veces. Primero a un policía, luego a un barrendero, más tarde a una persona que pasó a su lado. La gente siente simpatía con él y le piden una foto, estrecharle la mano. Otros no. Analizan sus huaraches con suela de llanta, las piernas desnudas, morenas, briosas, apenas cubiertas por una tagora blanca (taparrabo), y le sacan la vuelta. “Buen día”, repite. Sonríe y sigue su camino.

La primera vez que vio la Ciudad de México lo hizo tomando un camión en Ciénega de Norogachi, su casa, en la Sierra Tarahumara, y más de 15 horas después llegaría a tocar el violín, en un 16 de septiembre, mientras mujeres de su comunidad bailaban al compás de sus cuerdas. La primera vez que se subió a un avión fue para ir a correr a 970 kilómetros de distancia. Apenas tocó la capital y tomó un autobús que lo llevaría a Querétaro.

Esta vez tomó un vuelo con su hijo mayor. Cuando bajó del avión, varias personas lo detuvieron para tomarle fotos y grabarlo. Es la tercera vez que visita la Ciudad de México, la segunda ocasión que vuela en avión y la primera que correrá un maratón.

Mientras más de 10 millones de personas conocieron parte de su historia y cómo corrió 100 kilómetros por su tiempo y cinco más por su hija —en un trabajo multimedia realizado por EL UNIVERSAL—, Santiago trabajaba su tierra, hacía su rutina. Corría el día en sus pasos. Tuvieron que pasar dos semanas para que Santiago pudiera ver su historia en video. Tuvo que subir la cima de su racho varias veces para tener señal y encontrar la llamada de su hijo Mario, quien lo llevaba buscando varios días para decirle que cientos de personas le habían escrito para ofrecerles ayuda. Santiago ha dicho que en su cuenta de banco le aparecieron 20 mil pesos.

Semanas después visitó al gobernador Electo en Chihuahua, Javier Corral, en la capital del estado, quien quedó en ayudarle con páneles solares para su rancho y una manguera larga para facilitarle el acceso al agua. Mario, su hijo mayor, quien vive en Cuauhtémoc (170 kilómetros m de distancia) lo acompañó a sus citas.

Distintas personas del medio runner los han invitado a carreras: “También me querían invitar a Quintana Roo, a Nueva York, pero todavía no tenemos el pasaporte para ir a correr. Corro donde me inviten, no me rajo para ganar”. También los invitaron a Albuquerque, Nuevo México.

En los últimos tres maratones de la CDMX, han participado varios rarámuris, siete en 2013, cuatro en 2014 y el año pasado sólo dos. Guillermo Moreno, encargado del grupo de corredores Krazy Runners, los ha invitado a todos ellos y este año hizo lo mismo con Santiago y Mario Ramírez.

Santiago camina seguro por la ruta que correrá el domingo. No deja de mirar los edificios de Reforma, “Ese que dice ‘renta’, ¿qué es?, ¿ese azul?”, cuando cruza la calle trastabilla y camina más fuerte para llegar al otro lado mientras saluda a los automovilistas que le dan el paso. Cuando se le pregunta que en cuánto tiempo cree correr los 42 kilómetros y 195 metros mañana, comienza a pensar y hace cuentas: “Si en los 100 hice 11 horas y media, mmm... menos de dos horas”, responde.

Su hijo, que está atrás hablando con Guillermo que lo acompaña a todos lados, escucha y dice que eso no se puede “un keniano, ¿en cuánto tiempo lo hace? Dos y media, tres, tres y media, nosotros por ahí andaremos”. El récord del mundo pertenece a un keniano y es de dos horas, dos minutos y 57 segundos. Análisis de la evolución de los récord mundiales en los últimos años explican que bajar de las dos horas se alcanzará hasta 2028 (promedio de un minuto menos por cada cinco años), si Santiago lo hace mañana se convertiría en el hombre del futuro. Los rarámuris que han corrido el maratón lo han hecho entre tres horas 20 y tres horas 40, son mejores en competencias de largas distancias, afirman expertos.

A sus 46 años —aunque su hijo dice que tiene 49—, Santiago ha corrido toda su vida para llegar a la tienda más cercana, 15 kilómetros abajo, para llegar a la carretera. Mario explica que empezó corriendo desde chiquito, aprendiendo a cuidar chivas en el monte. “Yo tenía que estar corriendo atrás de las chivas. Ya después cuando crecí un poco más empecé a jugar nuestro juego de bolas”.

Hace unas semanas Guillermo Moreno, corredor del ultramaratón por más de 15 años, y quien ha llevado a rarámuris a distintas carreras en el país, lo invitó al maratón de la CDMX. Se logró el patrocinio de dos boletos de viaje; Santiago pidió a sus hijas, que lo acompañaron corriendo en el ultramaratón pasado, que estén felices por ellos.

Santiago se sigue levantando a las seis de la mañana, duerma en su rancho o en una cama matrimonial en un hotel de cinco estrellas. Pero a cinco semanas de su carrera en Guachochi, con la seguridad de sus pasos dice, sin temor a equivocarse, que hasta el Presidente lo conoce.

¿Por qué te gusta correr?

—Así crecimos, así me dio permiso el dios. Andamos sembrando el maíz, frijoles y papa para comer bien y eso sirve para correr mejor. Mi apá así era.

¿Quieres correr en Nueva York?

—Donde quiera; no me rajo.

¿Y sus hijas?

—Les dijimos que a la otra, sólo invité a mi hijo Mario que me acompañara.

Igual que su padre, Mario tuvo entrenamiento en las montañas, el recuerdo está fresco en su memoria. También las dificultades con que las se vive allá. “Por estos días estamos en la sierra, no hay mucho trabajo. Sólo cuando vamos al campo, como jornaleros. Cuando regrese, a trabajar, hasta que podamos salir a correr de nuevo”.

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