Navidad en las montañas

Jean Meyer

Es el título de la famosa novela de un liberal nuestro, muy famoso también, que simpatizaba con Jesús de Nazaret; como el filósofo alemán, Ernst Bloch, marxista generoso que escribió: “Aquí aparece un hombre bueno con todas las letras, en toda la extensión de la palabra, algo que no había ocurrido nunca… El pesebre, el hijo del carpintero, el predicador entre gente humilde, con su tendencia hacia abajo, y el patíbulo al final son resultado del material histórico y no fruto del material dorado, preferido por la leyenda”.

Hace poco, Guillermo Sheridan se burlaba de los “nacionalismos pop-corn” y recordaba que una película de James Bond, filmada en la Ciudad de México, presentaba un (falso) desfile de Catrinas. “El gobierno oportuno lo decretó verdadero y miles participan ahora, felices de retornar a “nuestras tradiciones”. Las verdaderas tradiciones viven por sí solas, las hechizas necesitan el apoyo de los gobiernos o de los negocios. Navidad es una verdadera tradición, nacional y universal, ligada a la expansión de lo que Tácito calificó de “funesta superstición”; “la tribu de esclavos y desarrapados”, devotos del “hijo del carpintero”; así los definió Flavio Josefo, historiador judío, a finales del siglo primero de nuestra era.

“El año 5508 desde la creación del mundo, cuando Dios al principio creó el cielo y la tierra, según la cronología de la Iglesia Oriental; desde el diluvio, 2957; desde el nacimiento de Abraham, 2015; desde Moisés y la salida del pueblo de Israel de Egipto, 1510; desde que David fue sagrado rey, 1032; la sexagésima semana según la profecía de Daniel; en el año 42 del imperio de Octavio Augusto; año 33 del reino de Herodes el Idumeo; habiendo salido de Judá el cetro, según la profecía de Jacobo; la tierra entera en paz, Jesucristo, Dios eterno, Hijo del Dios eterno, queriendo santificar el mundo por su santo advenimiento, nació en Belén de Judá.” (Según el martirologio romano).

Los cristianos de Egipto fueron los primeros en celebrar la Navidad, en la noche del 5 al 6 de enero, en sustitución de la fiesta de Ayón, dios de Alejandría, fecha del solsticio de invierno en el antiguo calendario egipcio; más tarde la fecha del solsticio pasó al 25 de diciembre, día en el cual los romanos celebraban el Natalis Solis Invicti, fiesta instituida en 274 por el emperador Aureliano. A principio del siglo IV, la navidad de Jesús ya se conmemoraba tanto en Oriente como en Occidente, en el marco de la gran fiesta de la Epifanía, fiesta de ideas, más que fecha histórica. La carga popular y poética de la fiesta fue magnificada por San Francisco de Asís, el inventor de los nacimientos y el casado con la Pobreza.

Los primeros convocados por el ángel, los primeros en visitar al niño recostado en el pesebre, fueron unos pobres pastores, testigos del injusto reparto de los bienes de esta tierra, mucho antes que los ricos reyes magos, representantes de toda la humanidad, de todas las razas, testigos de la vocación de universalidad del cristianismo.

“El hijo del carpintero”, decían los vecinos de Nazaret, el hijo de María, nos dicen los evangelios, el hijo de la mujer, el amigo de las mujeres, amado por las mujeres, ajeno a las fatalidades dictadas por el sexo, a las jerarquías impuestas por la ley o la costumbre. Nadie más que el Cristo ha volteado su cara hacia las mujeres, como para tomar fuerza y gusto en seguir el camino; las mujeres son muy numerosas en los evangelios. Ahí están al principio y están al final: María que escucha al arcángel Gabriel, María en las bodas de Caná, María al pie de la cruz, la viuda de Naím que entierra a su hijo, la Magdalena con el perfume, las mujeres que son las primeras en descubrir el sepulcro vacío. Toda una lección para nuestro mundo que violenta y asesina a las mujeres, a la mujer. Por lo tanto, me inscribo en la tradición nacional y universal al desearles a todos una feliz Navidad.

 

Investigador del CIDE

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