Capitana Marvel, o las ambigüedades del consumo

Alonso Díaz de la Vega

Hace poco un adolescente me dijo que Capitana Marvel (Captain Marvel, 2019) era un insulto. No me explicó muy bien por qué pero una de las razones principales parecía ser la actuación de Brie Larson. Tampoco me dijo muy bien por qué no le agradaba ella. Su opinión es, al menos en apariencia, la misma de varios críticos. Las feministas sugieren que en este juicio se asoma la misoginia, sobre todo porque, desde antes de que apareciera la película, un amplio grupo de fanáticos —y probablemente misóginos— decidió boicotearla. Inevitablemente me sentí acorralado por la curiosidad, que no creo que haya matado al gato: en Capitana Marvel un gato —o algo parecido a uno— es demasiado poderoso como para morir por eso. Entonces fui a ver la cinta con estas dos ideas en mente y lo que descubrí no fue sorprendente en absoluto. En muchos sentidos afirma lo que pienso del cine industrial —para bien y para mal— y también sobre algunos fenómenos fácilmente observables en nuestras sociedades.

Como ya lo sabe para este momento buena parte de los espectadores, Capitana Marvel es la historia de cómo Carol Danvers (Larson), una piloto estadounidense, obtiene poderes y se convierte en una súper heroína. En muchos sentidos es una historia de origen completamente convencional. Hay intriga, un villano y, como es de esperarse de una cinta de Marvel, mucho sentido del humor. Hubo a quienes les molestó pero yo recuerdo que Los Vengadores (The Avengers, 2012) o Iron Man (2008) se pueden describir de exactamente la misma manera. Es cierto que Los Vengadores es una mejor película por su inteligente control de su vasto elenco pero no es genuinamente visionaria como la reciente Spider-Man: Un nuevo universo (Spider-Man: Into the Spider-Verse, 2018). La animación es asombrosa en la batalla final entre Spider-Man y Kingpin: los colores y los espacios se funden en una psicodelia hipnotizante en medio de la cual seguimos las complejas coreografías del combate. Eso por no hablar de las inteligentes parodias y las hábiles técnicas metaficcionales con las que es contada la historia.

Capitana Marvel me parece una película regular en su pomposamente llamado “universo cinematográfico”, pero no por eso ignoro sus simpáticos guiños a la cultura popular de los 90 —la época en la que se sitúa—, lo cual es tan loable como criticable. Adentro de un Blockbuster —para los más jóvenes: un lugar donde se rentaban VHS— vemos un anuncio de Mentiras verdaderas (True Lies, 1994), quizás el filme más desquiciado e interesante de James Cameron, y más adelante se nos muestra una persecución de naves espaciales que alude directamente a la del fabuloso bodrio nacionalista El día de la independencia (Independence Day, 1996). Por una parte, son detalles que demuestran atención al periodo y una especie de homenaje a todo lo que formó a los que crecimos entonces —aunque algunos acabamos por rechazar todo eso—, pero por otra parte es un ejemplo más de lo que ya es una norma en el entretenimiento popular: la economía de la nostalgia.

Entre refritos, secuelas y referencias al pasado, el cine contemporáneo de Hollywood nos habla de nuestras infancias y de los héroes que nos inspiraron con el fin de seguirles sacando jugo a propiedades intelectuales con más de 20 años de antigüedad. El recuerdo se hace comodidad y nosotros nos hacemos consumidores de nuestro pasado. Parafraseando a Roger Waters: ¿A quién le importa de qué se trate mientras sigan yendo los chavorrucos? La construcción ya muchas veces vista de Capitana Marvel refleja ese pensamiento en su trama predecible y su moralidad simple, aunque un poco menos que en otros casos, ya que cuestiona la narrativa de “los buenos”.

Sin embargo hay que ver otro lado importante de la película, independientemente de sus cualidades estéticas: la representatividad. En respuesta al argumento en contra de Brie Larson, yo no veo el problema. Algunos se quejan porque la Capitana casi no sonríe. Y no, su rostro suele ser tan serio como el de los hombres en la película. En el papel de Nick Fury, Samuel L. Jackson se carcajea una vez —igual que la Capitana—, y Jude Law, como  Yon-Rogg, sonríe acaso menos. Sin embargo es ella la que hace los chistes más graciosos y es por ello que se ganó mi simpatía —no puedo hablar por la de los demás—. Especulando, se me ocurre que quizá sorprenda a la misoginia mundial que una súper heroína protagónica no sea una adorable tonta que no sabe usar puertas revolventes, como la Mujer Maravilla de Gal Gadot. Quién sabe.

Lo que sí me parece evidente es la distancia que hay entre esta película de aventura y acción y la celebrada Pantera Negra (Black Panther, 2018). Aunque ambas son productos regulares que no renuevan el estilo de su cine como, por ejemplo, Capitán América y el Soldado de Invierno (Captain America: The Winter Soldier, 2014), de los originales hermanos Russo, Pantera Negra se toma a sí misma tan en serio que uno se espanta: ¿es esta la metáfora de la lucha por los derechos civiles que deben saber los niños estadounidenses? De por sí Selma (2014), de Ava DuVernay, ya hizo mucho por simplificar la historia del radical Martin Luther King Jr. y venderlo como una figura apta para toda la gran familia conservadora. Capitana Marvel, en contraste, no intenta decirnos mucho sino meramente divertirnos y, eso sí, recordarnos que una mujer es tan fuerte como cualquier hombre, y más divertida que muchos.

Twitter:@diazdelavega1

 

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