
–Las niñas estamos mejor hechas que los niños —dijo la pequeña Ema.

–Las niñas estamos mejor hechas que los niños —dijo la pequeña Ema.

La doctora no notó la incomodidad que había causado en el salón de juntas, o no le importó, lo cierto es que se cubrió el otro ojo y dijo...


¡Ya fuimos! —se rió Carlos I, desde su trono.




“Ah, el pueblo”, pensó por dentro, al hablar micrófono en mano por fuera, “el pueblo siempre pobre, siempre bueno, siempre entusiasta, siempre ahí debajo de algún templete...”

Trece antiguos reyes del reino del Edomex se lo soplaron en un sueño en el cuenco de la oreja al príncipe Alfredo: las palabras mágicas de la trasmisión del poder:
