El/la mexicano/a promedio es un planetoide que órbita alrededor de la torta de tamal. Bañado en la fritanga crepitante, hinchado de colesterol tricolor, entona a diario su himno a la caloría: escucha hermano: hay tamales oaxaqueños

Decir que “un pueblo maduro tiene derecho a la Verdad” supone saber qué es la Verdad y qué la madurez y aún, en caso de ser necesario, hasta qué es el pueblo

Pues bien: misión cumplida: mi amor me alimenta, arreglé un fusible, arranqué hierbajos y mi nieto se ha sentado en mi rodilla. ¿Who could ask for more?

Y era inevitable convocar a don Francisco de Quevedo que, estoicamente, lamenta en su Virtud militante que “hoy cuento yo cincuenta y dos años, y en ellos cuento otros tantos entierros míos...”

Y no, no es agradable envejecer, siempre y cuando se limite al cuerpo. El desfile de achaques y dolores no siempre sucede en los Campos Elíseos. Las cataratas en los ojos y las rocas en los riñones lo convierten a uno en un paisaje móvil