El problema no está en crecer, sino en lo que se deja fuera para poder hacerlo. No desaparece, no se corrige, no se supera; se excluye. Se vuelve incompatible con la vida que hoy se sostiene, y esa exclusión no es un efecto del proceso, es lo que lo hace posible.

Hay versiones que no fallaron, no se rompieron, ni quedaron obsoletas; simplemente se volvieron incómodas. No por lo que eran, sino por lo que exigían. Había una forma de estar que no negociaba, que no medía, que no administraba su expresión para sostener estabilidad. No era más profunda, pero sí más directa, y esa forma no desapareció: dejó de ser viable para la vida que se quiso construir.

Con el tiempo se aprende a operar de otra manera: pensar antes de hablar, medir antes de actuar, calcular antes de decidir. Se gana control, consistencia, capacidad de sostener cosas que antes se caían. Pero ese avance no es acumulativo, es restrictivo. No amplía lo que se es; lo delimita hasta volverlo manejable, y lo que queda fuera de ese perímetro no se elimina: simplemente deja de tener lugar.

Cada ajuste reduce margen y cada filtro descarta una posibilidad. No es una evolución expansiva, es una depuración funcional: se optimiza lo que sirve y se elimina lo que compromete la estabilidad. En ese proceso no siempre se pierde lo más débil, sino lo menos negociable. Lo que se queda no es necesariamente lo más verdadero, sino lo más compatible, y esa compatibilidad no responde a la autenticidad sino a lo que puede sostenerse sin alterar lo que ya se construyó.

No es que algo se apague, es que se vuelve inviable. La espontaneidad deja de ser libertad y empieza a sentirse como riesgo; la ligereza deja de ser alivio y se vuelve una amenaza para lo construido. La intensidad no desaparece, pero cuesta sostenerla sin consecuencias. Entonces se hace lo que funciona: limitar, ordenar, regular. No porque sea lo correcto, sino porque evita que la estructura se rompa.

Ahí empieza la distorsión. Se le llama madurez a lo que en realidad es selección, evolución a lo que implica renuncia, crecimiento a un proceso que consiste en reducir lo que se es para poder sostener lo que se tiene. Y mientras el resultado funcione, esa reducción se defiende.

Por eso incomoda encontrarse con una versión anterior, y no por nostalgia sino por evidencia. Porque muestra que hubo una forma de estar sin tanto peso, sin tanta edición, sin tanta contención. No es que fuera mejor, es que no estaba condicionada por lo que hoy se protege.

No se dejó fuera porque estorbara, sino porque sostenerla implicaba perder lo que ahora se considera necesario. No fue incapacidad, fue elección, y una elección que se sigue defendiendo porque desmontarla tiene un costo real: perder control, soltar estabilidad, renunciar a certezas que tomaron años construir. Mientras ese costo parezca mayor que lo que se perdió, la elección se sostiene.

Ahí se rompe la narrativa del crecimiento. No es expansión, es administración de lo que se incluye y, sobre todo, de lo que se deja fuera. No todo lo que se excluye pierde valor; muchas veces se mantiene intacto, esperando una forma de vida que ya no se está dispuesto a sostener.

No todo lo que se deja atrás se supera. Hay partes que se abandonan porque sostenerlas desarma lo que hoy se protege, y no desaparecen: quedan suspendidas. Mientras la vida que se sostiene dependa de que sigan fuera, no hay crecimiento.

Hay una versión que funciona, pero funciona a partir de lo que se dejó fuera.

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