La niña de seis años se apoderó nuevamente de mí. El décimo título del Cruz Azul me llevó a recordar mi infancia y aquella celebración del primer campeonato del azulceleste en 1969, en Jasso, en mi querido estado de Hidalgo. Así lo viví, como una niña que gritó, corrió y brincó el triunfo de su querido equipo.
El Ángel de la Independencia nos quedó chico para el festejo, y no me refiero a las miles de personas que atiborramos cuadras completas en Paseo de la Reforma, sino que se llenó de la inmensa nobleza con que se entregan los aficionados de La Máquina.
Lo he dicho: mi pasión por el Cruz Azul es parte de mi identidad. Mi historia no puede entenderse sin mis afectos. A los cruzazulinos nos une la adversidad: la tristeza y la decepción. Por eso, disfrutamos como nadie las alegrías de los triunfos.
El amor a esta camiseta nos ha forjado en el arrojo. Tuvieron que pasar 23 años para volver a ser campeones en 2021. Como equipo hemos llegado a 19 finales y, en muchas de ellas, cuando sentíamos acariciar el triunfo, de manera inesperada y dramática terminábamos perdiendo. Con ello, nos acuñaron el término cruzazulear.
Durante este camino de sinsabores, he visto a uno que otro abandonar a nuestro equipo, pero la mayoría hemos resistido. Ser leales, nos caracteriza. Pese a la adversidad ni siquiera he pensado en negar al equipo de mi infancia, al contrario, sembré en mi hijo Juan Pablo el cariño por el Cruz Azul. Ahora es azulceleste de corazón.
Celebro la victoria de los jugadores, vinieron de atrás para posicionarse como campeones. Reconozco aún más la labor y la actitud del director técnico, Joel Huiqui. Como buen hombre de raíces indígenas yoreme, ha hecho comunidad, ha unido al equipo en torno a un solo objetivo: ser campeones.
“San Huiqui”, como se le conoce en los últimos días, trabajó intensamente como asistente en las ligas juveniles y posteriormente se integró al cuerpo técnico. Después de recibir al equipo, luego de la salida de Nicolás Larcamón y con tan solo siete partidos jugados, logró levantar el campeonato de la Liga MX. Coincido con mi compañero de batallas por el Cruz Azul, León Krauze, quien definió a Huiqui como un hombre centrado, disciplinado y caballero, que nos llevaría al décimo campeonato.
El futbol, al final, también es memoria. Nos devuelve a la infancia, a los afectos y a las lealtades que nos acompañan toda la vida. Esta décima estrella es mucho más que un campeonato: es la recompensa para una afición que nunca dejó de creer. Hoy celebran juntas la niña de Jasso y la mujer en la que me convertí. Ambas saben que al equipo de tus amores jamás se le abandona.
En tiempos en los que México tiene poco qué festejar, el triunfo de Cruz Azul representa para muchos la gloria para sacar la emoción contenida. Ojalá que en medio de la penumbra siempre haya un motivo por el cual celebrar.
Yo soy celeste, es un sentimiento que no morirá.
Comentario final
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