Juárez y los problemas externos

Walter Astié-Burgos

Como el pasado día 18 se cumplieron 148 años del fallecimiento de Benito Juárez, es pertinente recordar  su papel en nuestra historia diplomática.  Aunque su gran pasión fue la política domestica,  lo atribulada que  esa fue en su época (1806-1872), condujo a descomunales problemas externos que paralelamente tuvo que confrontar. El mas grave de esos fue la guerra con EU (1846-1848):  aunque no se involucró en ella por ser gobernador de Oaxaca donde no llegaron las hostilidades, condenó la ineptitud del presidente Santa Anna, y le negó el paso  por ese estado  tras cobardemente huir de la capital tomada por los invasores al mando del general Winfield Scott. En represalia, cuando Santa Anna retomó la presidencia, lo expulsó del país en 1853.
Ese primer contacto con el binomio política externa-interna, se  magnificó cuando el conflicto entre liberales y conservadores alcanzó su clímax. Los conservadores desconocieron la Constitución liberal de 1857, eligieron a Félix Zuloaga como su presidente, Ignacio Comonfort renunció a la presidencia legitima, la ocupó Juarez  y se desataron las sangrientas Guerras de Reforma (1858-1860). El nuevo  enfrentamiento adquirió  dimensiones externas porque los conservadores buscaron apoyo en las monarquías europeas, y los liberales en EU. Como la simpatía de nuestros vecinos nunca es gratuita, Juárez tuvo que hacer graves concesiones comerciales y de libre transito a perpetuidad mediante el Tratado McLane-Ocampo. El respaldo estadounidense contribuyó al triunfo militar sobre los conservadores, y afortunadamente dicho tratado no entro en vigor.

Nuevamente la problemática doméstica propició la intervención extranjera, cuando los derrotados conservadores  pidieron apoyo a Napoleón III para recuperar el poder. La suspensión del pago de la deuda externa  por el triunfante Juárez dio el pretexto al monarca francés para realizar sus locuaces  ambiciones geopolíticas, estableciendo el Segundo Imperio encabezado por Maximiliano de Habsburgo, que sumió al país en una nueva guerra entre 1862 y 1867. De nueva cuenta tuvimos dos gobiernos, siendo el imperial reconocido por la Europa dinástica, y el republicano por EU y varias naciones latinoamericanas. Lamentablemente, Abraham Lincoln y su Secretario de Estado William Seward, se limitaron a no reconocer al gobierno imperial, pues por encontrarse en la guerras de secesión, no pudieron hacer valedera su Doctrina Monroe y se atuvieron al principio de no intervención en la contienda mexicana. La admirable resistencia juarista, los choques entre los conservadores y sus aliados extranjeros, la incapacidad francesa de someter todo el territorio nacional, y la decisión  napoleónica de retirar sus tropas anticipadamente para enfrentar el desafío de Prusia, nuevamente le dieron el triunfo a Juarez. Con el fusilamiento de Maximiliano en 1867 concluyó la fratricida lucha entre liberales y conservadores y la dicotomía entre la república y la monarquía, pero el Benemérito de las Amèricas fue satanizado por las potencias por dicho fusilamiento. Esto último y la propia “Doctrina Juarez” por medio de la cual se rompieron  las relaciones con  los países que reconocieron al imperio, aislaron a México por muchos años.

Pocos mandatarios han confrontado un panorama externo tan desafiante, y  salido tan airosos de ello. El período juarista nos legó grandes lecciones   que deben ser tomadas en cuenta en el presente. Tanto nos recuerda que existe una relación dialéctica indisoluble entre lo externo y lo externo, como que lo que mayormente facilita la intervención extranjera, son las divisiones entre los mexicanos y buscar apoyo foráneo para resolver   nuestros problemas.

Internacionalista, embajador de carrera y academico.

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