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Biden y el oficio diplomático

Walter Astié-Burgos

Nuestra diplomacia tuvo gran efectividad y prestigio desde el Porfiriato hasta el fin de la Guerra Fría, lo que en mucho se debió a que, con gran oficio diplomático, se confrontaron hábilmente graves problemas externos. Durante el Porfiriato se condujo una astuta política exterior para apuntalar el proyecto desarrollista de la época, que utilizó a Europa como contrapeso a EU. El gobierno de Carranza actuó con gran habilidad, tanto para resistir las presiones e intervenciones militares de Washington, como para permanecer neutral en la Primera Guerra Mundial. Obregón hizo lo propio para obtener el reconocimiento de su gobierno sin aceptar todas las desmedidas concesiones que Washington exigía. Sagazmente, Obregón y Calles se apoyaron en los banqueros estadounidenses para atemperar las pretensiones de las empresas petroleras. Cárdenas aprovecho la difícil coyuntura internacional para expropiar el petróleo y desplegar una brillante diplomacia humanista en Europa. En la Guerra Fría se afianzó la cooperación con EU sin dejarse arrastrar a sus luchas hegemónicas, ni de asumir posiciones independientes, como en el caso de la revolución cubana o del Grupo de Contadora.

Desgraciadamente, en la posguerra fría se perdió ese oficio diplomático, cometiéndose errores garrafales. En el sexenio de Fox se registró el patético “comes y te vas” y la parálisis frente a los ataques terroristas de 2001. Respecto a esto ultimo, el entonces embajador de EU, Jeffry Davidow, precisó que lo único que se esperaba era un “abrazo a la mexicana”, que no se supo dar. La falta de ecuanimidad diplomática de Calderón frente a las críticas a su fallida guerra contra el narcotráfico, provocaron la salida del embajador Carlos Pascual y fricciones con la secretaria de Estado Hillary Clinton. Peña Nieto cometió el muy criticado error de tratar de apaciguar al racista antimexicano Trump invitándolo a México. Si bien López Obrador lo atemperó, ello fue a costa de obsecuencias y complacencias que forjaron un vinculo muy personal limitado a pocos temas, que no se tradujo en una mejor relación institucional entre los dos gobiernos, como lo prueba el sorpresivo arresto del general Cienfuegos. Previsiblemente, surgirán serios desacuerdos, tanto de forma como de fondo, con Joe Biden, que se están magnificando por la reticencia a entrar en contacto con el triunfador de las elecciones, pues refuerza la percepción de que el mandatario mexicano apoyó la reelección de Trump, lamenta el triunfo del demócrata, y comparte la mentira del fraude electoral.

Así como Bush esperaba un cálido abrazo de Fox, Biden tan solo espera de AMLO un gesto protocolario, una cortesía o un guiño amistoso. No se trata de un “reconocimiento” porque, además de que ello es de competencia interna, no se rompió el orden constitucional y las relaciones diplomáticas continúan su curso normal. La omisión de Fox ocasionó que, en la Casa Blanca, se concluyera que los odiamos (Davidow dixit),y algo parecido esta ocurriendo de nuevo. Ello tendrá serias consecuencias, previéndose frías relaciones entre los presidentes, o atropelladas como entre Peña Nieto y Trump.

El oficio diplomático sirve para encontrar formulas inteligentes y hábiles que eviten fricciones y malentendidos, pero como se desechó hace tiempo, los resultados están a la vista. El problema de fondo es que, en los últimos años, las relaciones externas han sido conducidas por manos inexpertas que desconocen las realidades foráneas, equivocadamente emplean en la diplomacia los usos y costumbres de la política doméstica, y actúan mas en función de intereses personales o partidistas, que de los intereses nacionales.


Internacionalista, embajador de carrera y academico.

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