He permanecido varios días en silencio en este espacio que muy amablemente me proporciona EL UNIVERSAL, para no caer en la trampa de opinar inmediatamente sin haber reflexionado detenidamente el asunto. México atraviesa una crisis diplomática sin precedentes con los Estados Unidos en medio de las investigaciones lanzadas contra Maru Campus, gobernadora de Chihuahua, y Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia de Sinaloa. En medio de dicha polémica quedó Omar García Harfuch, quien tendrá que decidir en los próximos días qué pesa más, su lealtad al partido o su lealtad a México.
Dentro de las muchas y plausibles hipótesis que explican la actual crisis diplomática entre ambos países, conjeturo una que a la fecha poco se ha discutido en nuestro país, que tiene que ver con una cuestión de cultura estratégica. La cultura estratégica son los valores y hábitos que tiene una burocracia dedicada a la seguridad (un Ejército, un servicio de inteligencia, una policía, una fiscalía, etc.) para hacerle frente a su día a día. E.G. La cultura estratégica del Ejército es rígida y vertical. La cultura estratégica de las fiscalías privilegia las verdades de derecho por sobre las verdades de hecho, y así sucesivamente.
Me parece que Omar García Harfuch y su equipo han cometido un error en su interlocución con los Estados Unidos, pensar como policías. Esto a golpe de vista suena redundante, ¿por qué habría que reclamarle al cirujano que piense como cirujano? No pretendo con esta afirmación hacerle eco a mis colegas del CISEN, que ante la llegada de Omar García Harfuch y su equipo al renombrado CNI murmuraban en los pasillos de Magdalena Contreras: ‘esos qué, son policías, no le saben a la seguridad nacional’.
Me pareció refrescante la llegada de policías al protagonismo de la seguridad nacional. El policía mexicano aprende (generalmente por las malas) la importancia del derecho en su día a día: preservación de la cadena de custodia, debida justificación de los actos de molestia al ciudadano, argumentación jurídica durante los juicios. Tener por primera vez a policías (en lugar de soldados y abogados penalistas) a la cabeza de la seguridad nacional me genera, de entrada, cuando menos la confianza de darles el beneficio de la duda.
Sin embargo, creo que Omar y sus asesores han cometido un error emanado de su propia formación policial al interactuar con los Estados Unidos, y es pensar que su interlocución tiene por único objetivo alcanzar la justicia en ambos lados del Río Bravo. La interlocución interagencial policial y ministerial suele ocurrir así, cuando un país contacta a otro para una extradición o para un operativo conjunto, aunque hay tensiones y contracciones, ambas partes parten de la buena fe de que todo cuanto hacen y toleran ocurre en pro de la justicia.
Omar sin embargo no ha advertido una realidad obvia para quienes trabajamos en el terreno de seguridad nacional, y es que México está ya en un estado de guerra híbrida con los Estados Unidos. Las guerras híbridas no se declaran, se pelean de forma clandestina, se integran de una constelación de acciones de desestabilización que si se toman de forma aislada cada una pareciera autocontenida, pero cuando se les escucha como sinfonía hacen sentido en su totalidad.
Omar es distinto en lo público que en lo privado. En lo público él y su equipo tienen una suerte de espíritu de ‘Boy Scout’, de hacer justicia por mor de la justicia. No tengo unos rayos-X para auditar el fuero interno de su consciencia y saber si dicho espíritu es auténtico o marketing político. Sea cual sea el caso, me permito darle un consejo desde mi parcela.
No hay nada en este mundo que los estadounidenses hagan de forma gratuita o por desinterés. El enviar agentes encubiertos no declarados a Chihuahua implica un cálculo político. Ningún jefe de estación piensa que está enviando a su personal a morir, pero el sólo hecho de permitirles la salida fuera del perímetro de un consulado o embajada viene con el cálculo político de saber cuáles son las graves consecuencias de descubrir que un muerto, herido o detenido pertenece a un servicio de inteligencia extranjero.
Lo mismo con las afirmaciones de CNN de que el asesinato de Francisco Beltrán fue una operación kinética concebida por la CIA. El verdadero golpe, señor secretario, no es solo la muerte del capo, sino la desestabilización que ello produce en el ecosistema político mexicano. Ese es el verdadero KPI de una guerra híbrida: la confusión, la respuesta autoinmune del Estado, la división.
Le pido no solo a Omar, sino a todo el gabinete federal, que aunque de terror, llamen a las cosas por su nombre: Marcelo Ebrard no está peleando una renegociación comercial, está peleando una guerra económica. Omar García Harfuch (SSPC), Francisco Almazán (CNI), Ricardo Trevilla (SEDENA), Raymundo Morales (SEMAR) y Ernestina Godoy (FGR) están peleando, aunque tengan miedo de decirlo en voz alta, un esfuerzo de guerra estadounidense. No le tengan miedo al nombre, nombrar la realidad es el primer paso para controlarla. No es mero golpeteo, no es mera desestabilización, no es mero ‘leverage’ para renegociar el TMEC, es una operación militar en la que participan también los servicios de inteligencia civiles, las policías y las fiscalías estadounidenses. Ellos ya se quitaron los guantes, ¿qué esperan para quitarse los suyos?
Director del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos.
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