Que el representante comercial de Estados Unidos aterrice en México, converse con empresarios y se siente a la mesa a negociar no es un hecho menor. Greer no viene a hacer turismo. Cuando el USTR llega a Palacio Nacional trae una agenda, una postura y una fecha límite. La revisión formal del TMEC se acerca. Lo que se construya en estas conversaciones bilaterales determinará en buena medida el acuerdo que tendremos en los próximos años.
Se ha hecho eco de la sustitución de importaciones y ésta merece su propio análisis. Cuando México implementó esa medida –las décadas entre 1940 y 1970– tenía como propósito dejar de depender de productos importados para producirlos localmente. El gobierno jugó un papel central implementando altos aranceles a las importaciones, subsidios a la industria nacional, creando empresas estatales y controlando del tipo de cambio. Tuvo éxitos. Se impulsó la industrialización del país, creció la clase media y hubo periodos de alto crecimiento económico. Pero el modelo se agotó. Las industrias se volvieron poco competitivas, los productos eran de baja calidad y paradójicamente se seguía dependiendo de insumos importados.
Hoy el mundo es otro. México es otro. La globalización ha dado paso a la regionalización y cualquier plan de sustitución de importaciones tendrá que ser estratégico para sustituir esa producción, pero de forma regional. Es decir, la visita de Greer podría representar uno de los cambios más significativos para la economía mexicana en años.
El argumento es sencillo. México importa enormes volúmenes de insumos intermedios que provienen de Asia, principalmente de China. Esas importaciones entran a cadenas de valor que luego exportan hacia Estados Unidos. El problema, desde la perspectiva de Washington, es que eso diluye el contenido norteamericano del producto final. El problema, desde la perspectiva mexicana, es que esas importaciones representan producción que podría estar ocurriendo aquí, generando empleo, inversión y valor agregado nacional.
Los intereses de ambos países apuntan en la misma dirección. Estados Unidos quiere menos dependencia de Asia. México quiere más producción nacional. Si esa coincidencia se traduce en reglas de origen enfocadas en la región —no en los países en lo individual— y en incentivos reales para relocalizar manufactura en territorio mexicano, el resultado podría ser una transformación genuina del perfil productivo del país. No es poco.
Para que llegara a funcionar, México necesita algunas condiciones que hoy no están dadas. Primero, certeza jurídica: una empresa que va a instalar una planta para producir lo que antes compraba en Asia necesita conocer las reglas del juego. Segundo, infraestructura: energía, agua, capacidad logística. Tercero, capital humano: técnicos y operadores calificados.
La visita de Greer abre una ventana. No la garantiza. México tiene sobre la mesa una oportunidad real de usar la negociación del T-MEC para construir una base industrial más sólida. Hace falta que lo que se negocie esta semana se traduzca en política pública concreta: estímulos a la inversión, acuerdos sectoriales específicos, reglas claras y un gobierno dispuesto a cumplir lo que firma. Las visitas de alto nivel son necesarias. Lo que las hace importantes es lo que viene después.
@ValeriaMoy
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