Penny Ramírez, Programa de Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana

La Ciudad de México se prepara para ser, una vez más, el escaparate del mundo. Se afinan los detalles en los estadios, se embellecen las avenidas y se busca modernizarla para el Mundial de Fútbol. Sin embargo, más allá de la pintura fresca y avenidas remodeladas, hay una realidad que la narrativa oficial no puede silenciar.

El elefante blanco en la habitación nos deja con una pregunta: ¿Qué Ciudad de México le vamos a mostrar al mundo? La que presume infraestructura y eventos internacionales, el ser santuario o la que todavía no puede decirle a miles de familias dónde están sus seres queridos.

Mientras la capital se renueva a marchas forzadas porque el balón vuelve a casa, los más de 5 mil desaparecidos registrados en la Ciudad aún no lo hacen y prueba de ello es la realidad en la periferia. En las Lagunas de la Habana, en ese límite entre Tláhuac y Chalco, el tiempo se detuvo para dar paso al horror: cerca de 1,500 fragmentos óseos han sido recuperados desde el 7 de abril a la fecha. Ahí, entre la tierra, no hay discursos que sirvan. Hay restos óseos. Una verdad que emerge, fragmento a fragmento.

La situación en Tláhuac comienza a dinamitar la frágil confianza que las familias de personas desaparecidas habían depositado en la Fiscalía de la Ciudad de México. Es una confianza que se construyó con sudor y lágrimas, y que hoy pende de un hilo. A pesar de que los expertos de la dependencia ya indican ya haber trabajado la tierra, los colectivos y familias siguen encontrando restos.

Esta negligencia técnica pone en evidencia una falla sistemática: aunque la ley contempla la participación de las familias, en la práctica, son ellas quienes siguen encabezando y sosteniendo las búsquedas. Por eso, la consigna: “Porque los buscamos, porque solo nosotras los encontramos" cada día resuena con más fuerza.

Mientras estas jornadas tan dolorosas se realizaban en la periferia, Volker Türk, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, se reunía con plataformas de familias. Pero la magnitud de la tragedia es tal que la diplomacia se queda corta: se necesitaría dos veces la capacidad del Estadio Banorte para recibir a todas las familias que buscan a alguien en este país.

A las afueras de esa reunión, la escena era un recuerdo de la soledad y abandono. Las familias que no pudieron entrar, no tuvieron más opción que esperar bajo el sol. El mismo sol inclemente que las acompaña mientras criban la tierra en busca de fragmentos de esperanza, el mismo sol que les quema la piel mientras las autoridades se preparan para el Mundial.

Para las más de 5 mil familias que siguen buscando a un ser querido en esta capital, el espíritu mundialista no es motivo de fiesta, sino un intento de ignorar el dolor y los restos que emergen de la laguna. Si el mundo va a mirar a la Ciudad de México, que sea en su totalidad con el esplendor de las luces del estadio y con la opacidad en resultados.

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