La Revolución Mexicana tuvo grandes logros, pero con el Callismo se instaló el autoritarismo y la disciplina ciega. Esto permitió más tarde un nuevo régimen desigual y antidemocrático.

Lo que llamamos izquierda mexicana –ya diferenciada y en oposición al PNR y al PRI–, se formó desde los años treinta del siglo veinte de luchas sindicales, campesinas, estudiantiles, de las organizaciones de la sociedad civil, la guerrilla, académicos, de distintos partidos y organizaciones políticas.

Sufrimos un estado que impidió cambios en las administraciones federal, estatal o municipal, que realizó elecciones de estado cuanto pudo. La izquierda encontró sus oponentes a lo largo de los años: los charros, las agrupaciones campesinas afines al gobierno –que desde los años cuarenta abandonaron la defensa de las causas campesinas– los porros, las organizaciones de la sociedad civil creadas como espejo y en oposición a las organizaciones sociales independientes.

Las luchas de la izquierda abrieron los causes democráticos y eventualmente permitieron los triunfos electorales del centro–izquierda, lucha electoral que acompañaron con mejor disposición y más compañerismo que otros grupos que confluyeron en ella a partir de los años ochenta. Pero cada vez se mostraba más el PRI y se perdía esa izquierda.

El PRI fue desplumándose medio siglo, sus restos recolectados en el camino forman parte para bien o para mal de la izquierda –casi siempre mal, cuando medimos su aporte contra la expectativa de cambio–.

El cambio de siglas hoy no es una opción. En realidad, nunca lo fue. Desde 1988 se impulsaba algún un candidato del tricolor. A veces sumando votos o buenas intenciones. Muchas otras para revivir muertos, entregarles el trabajo político y electoral de años a adversarios que en un instante encabezaron el movimiento y antes de llegar al poder era claro no harían buen uso de él. Volvían a lo mismo. Cuando eso es lo que la gente desea excluir. La misma izquierda histórica no estuvo exenta de sumarse y participar en la cargada, adaptándose y entregándose a las peores prácticas políticas, también en contra parte, algunos de los recién llegados han demostrado coherencia.

Debemos celebrar –bien y de buenas–, que el PRI abandone el poder. Eso minará sus redes y prácticas habituales. Pero la mera transición se agotó en México. Se precisa atender el fondo de las luchas y el cambio de siglas no es más importante. Por eso vota la

gente, por el cambio, esperando la incorporación de una figura del antiguo régimen sea transitoria y a partir de allí se atienda lo necesario.

La izquierda no está muerta ni de parranda, ha trabajado décadas y a ella se debe la insistencia y el poco o mucho rumbo que ha tenido la lucha democrática en nuestro país. Debe reinventarse nuevamente. Frente a un partido de masas sin vida orgánica plena, debe fortalecer la discusión y la democracia interna. Escuchar a los simpatizantes. Avanzar en la democracia, que llegue a la sociedad, a los vecinos y a los sindicatos. No sólo la democracia electoral.

En un país como el nuestro, con grandes carencias, injusticias de todo tipo y enorme desigualdad, el que la gente encuentre formas de discutir y decidir nos hará fuertes. Sí se falla, ese mismo malestar puede encontrar en el odio y el mal sentimiento el camino de la derecha. La cual, en el largo plazo, no puede resolver los temas de fondo porque no está comprometida con su resolución sino, con su contención. Sólo puede crispar y profundizar más los conflictos.

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