Esta semana, la guerra entre Irán, Estados Unidos e Israel volvió a exhibir su lógica más perversa: se habla de tregua mientras se administra el miedo. Entre el 21 y el 23 de abril, Trump extendió el cese al fuego, pero al mismo tiempo mantuvo la presión militar y económica sobre Irán; la diplomacia siguió empantanada, el Estrecho de Ormuz volvió a tensarse y la Casa Blanca terminó elevando el tono con una orden brutal: disparar contra embarcaciones iraníes sospechosas de obstaculizar el tráfico marítimo. No estamos viendo una paz en construcción. Estamos viendo una guerra maquillada de negociación.

Ese es el verdadero sello de la política exterior de Trump: convertir cada pausa en una amenaza y cada conversación en un ultimátum. Esta semana no presentó una hoja de ruta diplomática seria, sino una combinación de bloqueo, lenguaje maximalista y espectáculo de fuerza. El mensaje fue clarísimo: Washington quiere presentarse como mediador mientras actúa como potencia que castiga. En lugar de reducir la temperatura del conflicto, la vuelve más impredecible. Una tregua que convive con órdenes de “shoot and kill” no es una salida política; es una forma de normalizar el abismo.

Y el costo de esa lógica no es abstracto. Hoy mismo, mientras se hablaba de extender el cese al fuego entre Israel y Líbano por tres semanas más, Reuters reportó nuevos ataques en el sur libanés y al menos cinco muertos, entre ellos la periodista Amal Khalil. Además, desde que este frente se reactivó el 2 de marzo, casi 2,500 personas han muerto en Líbano. Es decir: la semana que supuestamente debía consolidar la distensión volvió a dejar imágenes de funerales, destrucción y asesinatos. La guerra, una vez más, siguió trabajando por debajo del lenguaje diplomático.

Lo mismo ocurre con Irán. Hace apenas dos semanas, Reuters recogía un balance de más de 3,000 muertos en territorio iraní; otra estimación citada por la misma agencia elevó la cifra a 3,636, incluidos 1,701 civiles y al menos 254 menores. Con esos números sobre la mesa, insistir en una política de presión beligerante resulta no solo irresponsable, sino obsceno. Hay algo profundamente inmoral en seguir hablando de “disuasión” y “firmeza” cuando lo que queda en pie son familias rotas, ciudades heridas y una región entera atrapada en la administración permanente del duelo.

Además, esta semana confirmó que la guerra no se limita al campo militar: también opera como chantaje económico global. El Estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los puntos más sensibles del planeta. Por allí pasan alrededor de 20 millones de barriles diarios, cerca de una quinta parte del consumo mundial de líquidos petroleros, además de una porción similar del comercio global de gas natural licuado. Por eso cada amenaza en esa ruta repercute en precios, inflación y nerviosismo financiero en medio mundo. Trump sabe perfectamente que Hormuz no es solo un frente militar: es también una palanca geopolítica. Jugar con fuego ahí no es liderazgo; es usar la economía mundial como rehén.

Lo más inquietante de esta semana no fue solo la violencia, sino el lenguaje que intenta volverla aceptable. Trump ha construido una narrativa donde la fuerza aparece como sinónimo de autoridad y la escalada como prueba de carácter. Pero esa teatralización de la dureza no está acercando la paz. Al contrario: está reforzando la idea de que la única forma de gobernar Oriente Medio es a través del castigo, el bloqueo y la amenaza permanente. Esa política no pacifica; humilla. No estabiliza; siembra una próxima explosión.

Esta semana dejó una verdad incómoda: Trump no está desactivando la guerra, está intentando administrarla a su favor. Y cuando un líder convierte la tregua en herramienta de presión y la diplomacia en coreografía de intimidación, la paz deja de ser un objetivo y se vuelve un accesorio retórico. ¿Cuántas treguas rotas más van a presentarse como éxitos diplomáticos? ¿Y cuántos muertos más tendrán que acumularse para admitir que esta política beligerante no resuelve nada, solo aplaza la siguiente catástrofe?

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