La noche del 15 de octubre de 2023, Donald Tusk ganaba en Polonia quedando segundo en votos individuales. Su primera declaración pública fue: "Nunca en mi vida he sido tan feliz de quedar en aparente segundo lugar. Polonia ganó. La democracia ganó." Meses después, al llegar al Palacio Presidencial para tomar protesta, lo hizo en un autobús con los colores de la bandera polaca y la frase Dziękujemy Polsce: Gracias, Polonia. En su discurso llamó a la dividida clase política a unirse, afirmando que la nación no puede permitirse divisiones mientras Rusia libra una guerra al otro lado de la frontera.

La escena es comparable con el momento que vive hoy Hungría. La victoria de Péter Magyar frente al sistema construido por Viktor Orbán abre una oportunidad histórica, pero también un dilema. Tusk ganó con el 30.7% de los votos apoyado por una coalición de tres partidos, lo que lo obligó a negociar cada reforma. Magyar, en cambio, llega con el 53.6% de los votos y una supermayoría constitucional que no requiere negociar con sus adversarios. Y aquí es donde está el mayor riesgo.

Vale precisar: Magyar ganó de manera limpia, con una participación récord del 79.5%. Pero esa supermayoría de 138 escaños no refleja solo su apoyo popular, es también producto del sistema electoral hipermayoritario y asimétrico que el propio Orbán diseñó en 2011: distritos uninominales que premian al ganador, gerrymandering y mecanismos de compensación que amplifican las victorias. Desmantelar esas distorsiones es legítimo; hacerlo con la misma lógica de poder absoluto que critica: sin autocontención ni respeto al pluralismo, solo se cambiaría de manos la captura institucional.

La trampa de las supermayorías democráticas es que concentran, en un solo momento, la legitimidad para cambiarlo todo y la tentación de hacerlo sin límites. Las democracias liberales descansan sobre una regla no escrita pero fundamental: la autocontención. Lo que distingue la alternancia democrática de la mera sustitución de un poder absoluto por otro no es la ideología del vencedor, sino su disposición a preservar los derechos y libertades de todos, incluidos sus adversarios políticos.

El día después de su victoria, Magyar se presentó por primera vez en dieciocho meses ante la televisión estatal, el mismo aparato mediático que durante años sirvió de altavoz al orbanismo, y convirtió la entrevista en un ajuste de cuentas público: interrupciones, acusaciones mutuas, y el anuncio de que suspendería su señal al asumir el gobierno. La llamó “los últimos días de una máquina de propaganda.” Tras reunirse con el presidente Tamás Sulyok (quien ya había anunciado que lo nominaría conforme a sus obligaciones constitucionales) lo declaró públicamente incapaz y exigió su renuncia inmediata. El diagnóstico sobre los medios e incluso sobre Sulyok es certero. La pregunta es si ese es el tono con el que se reconstruye una democracia.

Echar atrás años de debilitamiento democrático (desde la cooptación de los medios de comunicación hasta la captura del poder judicial) es una tarea que requiere estrategia y acciones asertivas. Eso no está a discusión. Pero cuando un líder con supermayoría ejerce el poder desde la agresión sistemática, se ubica en el mismo espectro de aquello que acaba de vencer y corre el riesgo de profundizar la división que, paradójicamente, lo llevó al poder.

Hoy Hungría se encuentra frente a lo que podría ser un futuro democrático promisorio o un retorno autoritario con diferentes siglas. Esta es la quinta elección consecutiva en Hungría donde un partido gana dos tercios del parlamento, pero es la primera vez que ese partido no es Fidesz. La supermayoría no garantiza democracia; garantiza poder sin control político. Magyar y Tisza llegan a ocupar exactamente el mismo escenario que Orbán aprovechó para capturar las instituciones durante dieciséis años. No es un patrón exclusivamente europeo. América Latina conoce bien la gramática de los mandatos aplastantes que llegaron prometiendo democratizar: Hugo Chávez en 1999, Evo Morales en 2006, cada uno con una legitimidad electoral inobjetable y una arquitectura institucional que no sobrevivió al peso de esa mayoría.

En Polonia, Tusk enfrentó presidentes aliados del PiS que bloquearon sus reformas durante dos años mediante vetos y maniobras constitucionales. Los confrontó con críticas puntuales sobre actos concretos, no con descalificaciones morales. Magyar enfrenta el mismo obstáculo con recursos institucionales mucho mayores para superarlo. La pregunta es si usará esa ventaja para construir instituciones o para demoler adversarios.

La experiencia polaca es, en este sentido, una advertencia útil. Donald Tusk llegó al poder en un autobús que decía "Gracias, Polonia." Un gesto pequeño con una carga simbólica enorme: la victoria como deuda con el electorado, no como licencia para ejercer el poder sin controles y que reconstruir la democracia pasa por reintegrar la unidad nacional. Péter Magyar llega con un mandato mucho más amplio y con la posibilidad real de desmantelar dieciséis años de daño institucional sin oposición. La verdadera prueba no será cuánto desmantela del sistema Orban, sino si reconstruye instituciones que protejan también a quienes mañana puedan derrotarlo a él.

X: @solange_

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