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Debí titular este artículo: “Al diablo con sus instituciones”. Pero no quise empañar mi columna con una expresión equívoca. La que utilizo sugiere lo mismo que aquélla: una condena al averno. Condena que entraña una grave intención si proviene de un gobernante. Conviene reflexionar sobre esa expresión —¿ese propósito?— y las consecuencias que ha tenido.

En 2006 una voz se elevó en el Zócalo, iracunda y premonitoria: “Al diablo con sus instituciones”. ¿Qué instituciones irían al infierno? Obvio: las que no acompañaron el supuesto triunfo electoral del orador. Pasó el tiempo y volvimos al trance electoral. Al cabo, funcionaron las mismas instituciones e iniciamos el sexenio 2018-2024. Un itinerario poblado de incertidumbre.

¿Qué fue de aquella proclama? ¿Fue sólo un exabrupto? ¿Descendió a la región del Hades donde reposan los discursos exuberantes? Hay quienes la analizan y dicen, para serenar el ánimo: corajuda, pero inocua. Y hay quienes suponen que la proclama correspondió a una convicción y a un proyecto. Se cumpliría cuando estuviera en la mano de quien la profirió. Esta posibilidad llegó en 2018, cuando las instituciones amenazadas confirmaron el triunfo del orador de 2006. Comenzó la transformación e iniciamos un proceso: la desinstitucionalización de la República. Y más: de la Nación.

¿Cómo hemos caminado? El “Poder Ejecutivo” —una institución, por supuesto— ha girado ciento ochenta grados, para satisfacción de alguno y alarma de muchos. No sólo el estilo; también el contenido y la pretensión. ¿Cuál es la desembocadura del giro autoritario? Las instituciones que encarnan los controles del poder omnímodo, las que frenarían el desbordamiento ¿se han ido al diablo? O bien, ¿se pretende que vayan? Lo que se ha procurado —difícilmente habría duda— es reorientar la marcha de los controladores en la dirección que resuelva el poder omnímodo. Los pasos en la azotea han tenido la intensidad que sabemos. La tiranía de la mayoría comienza los estragos en su propia casa legislativa y pretende “reorientar” otros ámbitos.

Los órganos autónomos sufren la embestida. Se hallan en la mira, explícitamente. Algunos viajaron al averno. Otros están cercados: el discurso y el presupuesto operan sobre ellos. Son candidatos a “irse al diablo”, llevándose muchas ilusiones democráticas. En la misma dirección transitan varias instituciones de ciencia y cultura que recibieron boleto para el traslado e iniciaron la marcha. Es manifiesta la animosidad contra ellas.

Agreguemos: hoy existe una enorme interrogante sobre el destino que el poder omnímodo asigna a las Fuerzas Armadas —institución garante—, que desarrollan la actual etapa de su historia sobre un terreno incierto y movedizo. Hay un enigma y abundan las especulaciones. ¿Qué futuro prevé para esa institución el orador del 2006, que ahora es su jefe supremo y también presidente de los Estados Unidos Mexicanos? Es jefe militar, cierto, pero lo es porque se le invistió con la calidad de conductor civil. En nuestra historia ha sido muy compleja —por decir lo menos— esta inevitable dualidad.

Las Fuerzas Armadas han recibido encomiendas que desbordan sus atribuciones naturales. Ocuparon espacios del orden civil. Actúan en múltiples frentes. Pudiera haber más. Pero hoy se encuentran sujetas a una presión inesperada y dolorosa, que gravita sobre la institución y sus integrantes. Hay desasosiego. Conducir esta institución requiere una gran lucidez. Es probable que muchos se pregunten, in pectore, ¿hacia dónde? Sólo podemos decir: no hay otro camino ni otro destino que los que fija la Constitución. ¿No es así, Presidente? Volvamos a ellos.
 

Profesor emérito de la UNAM

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