Metáfora 17: ¿El lado correcto de la historia?

Sara Sefchovich

¿Cuánto tiempo falta para que haya que quitarse un pedazo de cerebro y aceptar cualquier acción y decisión del líder como si fuera la verdad divina?

Después de la revolución rusa de 1917, se impuso la idea de que “no hay más ruta que la nuestra” y quien no la siga es traidor. Se estaba con éstos o con aquéllos y punto, no había ni terceras vías ni neutralidad, mucho menos crítica o desacuerdo posibles.

Por aquel entonces, vivió György Lukács, filósofo nacido en Hungría, estudioso de la literatura y participante en la vida política de su tiempo, que ocupó puestos importantes en el Partido Comunista y en los gobiernos de su país y varias veces fue expulsado de ellos, porque escribía algún texto que no decía lo que en aquel momento era aceptado por el poder político o por la moda intelectual. Además se le obligaba a retractarse públicamente y hacer duras autocríticas.

Lo mismo pasaría después en la China de Mao y la Cuba de Fidel, en la España de Franco, la Nicaragua de Somoza y el Chile de Pinochet, en la Uganda de Idi Amin, el Irak de Sadam, la Libia de Gadafi, la Turquía de Erdogán, la Rusia de Putin y la Venezuela de Maduro. En todas esas situaciones se conminó a quienes no estaban de acuerdo con el líder supremo, a guardar para mejores tiempos el recuento de los errores y la crítica a las decisiones y a los métodos y ¡ay de aquel que no obedeciera porque entonces sufría el enojo, el insulto, la acusación de traición, la conversión en enemigo, el castigo!

La historia de Lukács pone sobre la mesa una situación con la que podemos sentirnos identificados en el México de hoy: se trata de un pensador que se percataba de que las cosas no podían ser entendidas ni decididas ni resueltas de la manera como se lo hacía, pero que no podía ser crítico porque el momento, le decían, no era adecuado para disensiones y desviaciones “peligrosas” y había que dejar de lado todo lo que no apuntara de manera unívoca, directa e inmediata a sostener “los supremos intereses de la lucha política y social”, la cual, le aseguraban, se hacía en aras de “los intereses del pueblo”.

Me dirán que exagero. Que nada de lo que está sucediendo en nuestro país es indicio de algo parecido. Pero la historia no miente y ella ya nos enseñó cómo van sucediendo las cosas.

Lo anterior es parte de un artículo que publiqué hace algunas semanas en la revista Nexos. Terminaba ese texto diciendo: ¿Cuánto tiempo falta para que nos digan sobre qué debemos escribir, pintar y componer, investigar, cantar y bailar? ¿cuánto tiempo para que nos digan con qué herramientas lingüísticas, pictóricas, musicales, científicas y discursivas debemos hacerlo? ¿cuánto tiempo para que se determine que quien no siga las consignas es enemigo y debe ser castigado? ¿cuánto tiempo para que haya que quitarse un pedazo de cerebro y aceptar cualquier acción, cualquier declaración y cualquier decisión del líder como si fuera la verdad divina y revelada de quienes se sienten encarnando “el lado correcto de la historia”?

Evidentemente, no me percaté de que ese tiempo ya había llegado. El castigo impuesto desde el poder a esa revista, los reclamos constantes a académicos, periodistas y medios de comunicación que no bailan al son que se desea y la propuesta del partido Morena para reformar la ley y así poder prohibir que se investiguen ciertos asuntos incómodos y obligar a que la información tenga que ser la misma de la versión oficial de los hechos, indica que mis preguntas no eran para nada exageradas y que esto no solamente no va a parar, sino a crecer.
 

Escritora e investigadora en la UNAM. [email protected]

 

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