Metáfora 16: ¿El fin de la historia oficial?

Sara Sefchovich

Es evidente que lo que nos inculcaron como catecismo patrio y como idea de la democracia ya no funciona. Ahora se valora y premia la traición y la sumisión

Los líderes autoritarios acostumbran cambiar a los héroes. En Turquía Erdogan bajó del pedestal a Ataturk y en Venezuela, Maduro subió al pedestal a Chávez. Aquí Fox quiso bajar a Juárez y Calderón a los de la Independencia y hoy la 4T nos está subiendo a Felipe Ángeles y Leona Vicario.

Sólo que hay un problema. En la primaria aprendimos que un héroe es alguien con convicciones firmes, las que está dispuesto a defender aún en situaciones adversas o peligrosas.

Así Cuauhtémoc aguantó que le quemaran los pies pero no reveló lo que los españoles querían saber; Josefa Ortiz de Domínguez se las arregló para avisarle a quienes conspiraban por la independencia que los habían descubierto, aunque su marido la había encerrado, y Benito Juárez anduvo escondiéndose y arrastrando los archivos de la nación por medio país pero nunca renunció a ser presidente.

Lo que aprendimos, pues, es que los héroes aguantan torturas y humillaciones pero nunca se caen. Y su sacrificio es sobre lo que se construye la pedagogía de la grandeza de la patria. Se trata de personajes perfectos e inmaculados, modelos de ciudadanos, a los que todos veneramos y a los que se supone que todos deberíamos imitar.

Pero he aquí que uno de los héroes construidos por el gobierno actual, destinado a inculcar la pedagogía contra la corrupción, es un señoritingo rico, cuyo única virtud consiste en ser soplón, en haber aceptado acusar a sus amigos y compañeros y en denunciar a todos aquellos a quienes el gobierno quiere acusar.

¿Cómo vamos en adelante a contarles a nuestros hijos la Historia Patria? ¿Será con héroes que, como dice la Biblia, se vendieron por un plato de lentejas?

También en la escuela aprendimos que la principal valía de los personajes a los que admiramos y veneramos fue que siempre se atrevieron a manifestar sus pensamientos, a pesar de que no estuvieran a tono con lo que en su momento querían escuchar los poderosos.

Y nos creímos tanto este cuento, que después de la Segunda Guerra Mundial hasta se lo convirtió en derecho: el derecho a decir lo que uno piensa sin por ello ser castigado. Se le llamó libertad de expresión y se le concibió como signo de modernidad y de democracia.

Pero he aquí que hoy eso ya tampoco está siendo cierto, pues en México no podemos decir lo que pensamos porque inmediatamente se nos acusa de adversarios y de conservadores y hasta de traidores.

Y eso sucede incluso con quienes forman parte del grupo en el poder, que tienen que aguantarse y callar para no enojar al jefe. Lo estamos viendo con diputados y senadores y jueces y directivos de instituciones que soportan que se les contradiga, se les regañe, se les moche brutalmente el presupuesto y se les quiten atribuciones.

¿Cómo vamos a enseñarles a nuestros hijos que deben defender sus convicciones y que eso es lo correcto? ¿Dónde va a quedar todo lo que nos dijeron sobre los hombres y las mujeres que cambiaron y mejoraron el mundo con la fuerza de su palabra y su voz? ¿O acaso lo que deben aprender es a agachar la cabeza frente al patrón como se hacía en tiempos de la Colonia, aceptando “lo que usted mande señor”?

Es evidente que lo que nos inculcaron como catecismo patrio y como idea de la democracia ya no funciona. Y que lo que ahora se valora y se premia son la traición y la sumisión.
 

Escritora e investigadora en la UNAM.
[email protected]
www.sarasefchovich.com

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