Metáfora 1: Quién toma las decisiones

Sara Sefchovich

La Revolución China que tuvo lugar en la segunda mitad del siglo pasado, se propuso dar un “gran salto adelante” para transformar a ese país en lo que quienes la hicieron pensaban que debía ser. Pero sucedió que se toparon con realidades que lo hacían mucho más difícil de lo que imaginaron. Mao Tse Tung decidió entonces hacer lo que llamó una “revolución cultural”, cuyo objetivo era purgar a quienes él consideraba enemigos de su proyecto: terratenientes, empresarios, comerciantes, profesionistas independientes e intelectuales críticos. Se los acusó de ser elementos nocivos contrarrevolucionarios y se dijo que solamente la gente pobre y con poca o nula escolaridad podía ser revolucionaria.

Una mujer (su esposa) y varios funcionarios encabezaron la persecución, ayudados por millones de jóvenes a los que se organizó como guardias, dándoles así empleo y objetivo a su vida.

La llamada “banda de los cuatro”: “Lanzó una terrible represalia contra la mayoría de los funcionarios de alta categoría del Gobierno”; dejó totalmente paralizadas “las escuelas, los centros de estudio, los centros de investigación. No se podía estudiar, no se podía trabajar, no se podía investigar, todo en nombre de la revolución”. Se hizo de lado a la ciencia y se despreció el arte y la cultura, se quitó el apoyo a investigadores y creadores, se cerraron museos, se vaciaron bibliotecas, se prohibieron libros, obras de arte y de música y se hicieron nuevas interpretaciones de la historia adaptadas a la ideología del momento. “En el nombre de la revolución había que cambiar todos los usos y costumbres anteriores, se rompía todo lo establecido, todo orden, toda armonía, toda fórmula vieja, toda vieja práctica que para la revolución estaban estereotipadas, estaban trasnochadas. Querían limpiar el fango dejado por la vieja sociedad”.

Lo anterior lo escribió Lu Hui Kang, un profesor de español nacido y educado en el comunismo, que fue uno de los millones de víctimas. Se le acusó “porque me atreví a expresar mi opinión diciendo que no debían sospechar de todos, que no debían inculpar masivamente a tanto inocente. Esto me valió para dar con mis huesos en una celda oscura, sometido a interrogatorios agotadores. Fui acusado de desviación derechista y fui duramente criticado durante el proceso de re-educación. Sufrí toda clase de humillaciones, insultos, maltratos inhumanos”.

Y, al mismo tiempo que hacían esto, los de la banda adulaban al líder: le aseguraban que ese era el camino correcto y que había que ser implacables con los adversarios; le decían que era el científico más grande, el mejor economista y educador, el más brillante militar, el único dirigente capaz de sacar adelante al país. Y llevaban el culto a la personalidad a dimensiones nunca vistas: en los congresos lo elogiaban, su retrato estaba por todas partes, miles le aplaudían en los mítines, los diarios hablaban de él todo el tiempo y se repartían millones de ejemplares de su libro, considerado la guía moral perfecta. “Aguantamos una propaganda agobiante, un constante denunciar y poner al descubierto a los supuestos monstruos, un verdadero lavado de cerebro a base de consignas el día entero”, escribió Lu.

Y sin embargo, hubo un final “feliz”: “La banda de los cuatro no podía lograr sus torcidas intenciones. No podía sino perder la simpatía de la gente y así acabó en la ruina y la ignominia”.

En efecto, en cuanto murió su protector, los castigaron, dando fin así a “esta plaga que azotó durante tanto tiempo a China. Fue un justo desagravio para el pueblo”. Pero lo que destruyeron fue irreversible: diez años perdidos para el país y para millones de personas, muchísimos muertos y la destrucción total de la ciencia, la cultura y el arte. Como dice Lu: “Fue un gran desastre para nuestra querida nación. Incalculables pérdidas materiales y espirituales. Se ocasionó grandes estragos, increíbles colapsos”.

Escritora e investigadora en la UNAM.
[email protected]
www.sarasefchovich.c om

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