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López Obrador: la mala suerte

Sara Sefchovich

¿Por qué no se invitó a los empresarios, a las universidades y a los ciudadanos a participar del esfuerzo? ¿Por qué quiere hacerlo todo él solo?

Durante muchísimos años, Andrés Manuel López Obrador luchó por tener poder. Quiso ser gobernador de su natal Tabasco y no pudo, pero lo fue del entonces DF y terminó siendo Presidente de la República en el tercer intento. Fue un camino largo el que recorrió, y cada vez que algo se le interponía, lidereaba a quienes lo apoyaban a rebelarse, desde tomando pozos petroleros hasta organizando marchas y plantones y siempre criticando ferozmente a los gobernantes por todo lo que hacían o no hacían.

Pero dice el dicho que uno pone y Dios dispone. Y así fue. Andrés Manuel tuvo la mala suerte de que cuando por fin consiguió su objetivo, una pandemia cayó sobre el mundo y sobre el país, que ha hecho evidente que no podrá gobernar como se lo había propuesto, ni disponer de los recursos como hubiera querido. Por más que se ha aferrado a realizar ciertas obras de infraestructura y a repartir ayudas en efectivo, la dicha pandemia está requiriendo demasiado dinero como para que eso pueda continuar.

Es cierto, su gobierno heredó un sistema de salud en el que todo faltaba y lo que había estaba deteriorado o abandonado. Pero a ello se sumó algo más: la desobediencia de los ciudadanos a las autoridades, e incluso a la lógica más elemental, pues no se respetaron las instrucciones para cuidarse, siguieron los mercados y playas y transportes y calles abarrotados, las fiestas y reuniones sin sana distancia ni tapabocas.

Desde el día uno de su gobierno, muchos criticamos a Andrés Manuel por sus cambios de postura (Pemex o los militares), por algunas de sus medidas (estancias infantiles, fideicomisos), por sus ataques a instituciones, medios y personas y por los personajes de quienes se rodeó. Y también desde el día uno de la pandemia lo hicimos, porque no se la tomó con la seriedad que merecía y se actuó tarde y mal.

Pero el martes 12 de enero, como ciudadana me conmoví al escuchar el plan de vacunación del gobierno federal: al Presidente hablar de brigadas para aplicarlas, al subsecretario de Salud hablar de acuerdos para adquirir millones de dosis y al secretario de Defensa hablar de la logística para recibirlas y repartirlas por todo el territorio nacional, porque (aunque eso no lo mencionó) a las dificultades de nuestra geografía se agrega la realidad de la delincuencia que nadie ha podido parar ni con los ofrecimientos de abrazos ni con dinero para las familias.

Pero también me quedó claro que se requiere de tal cantidad de recursos económicos, de infraestructura y humanos, que no hay forma de vacunar a una velocidad que permita detener la rapidez de los contagios y las muertes.

Me pregunté entonces: ¿Por qué no se invitó a los empresarios, a las universidades y a los ciudadanos a participar del esfuerzo? ¿Por qué quiere hacerlo todo él solo? ¿Por qué prefirió acusar a las farmacéuticas y a los empresarios en lugar de apoyarse en ellos? ¿Por qué no hizo por evitar los cierres de la economía formal que hubieran significado el cuidado del empleo y por lo tanto menos pobreza y más pago de impuestos?

Confieso que sentí tristeza por ese hombre al que por un lado se le cumplió su sueño y por el otro se le truncó la posibilidad de llevarlo a cabo por su pura necedad. Pues por más que sigue pretendiendo que va a hacer lo que prometió, no hay forma de que así sea, porque no habrá con qué.

 

Escritora e investigadora en la UNAM.
[email protected] www.sarasefchovich.com

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