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10/11/2019
01:00
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Desde que comenzó su mandato, el presidente López Obrador les ha pedido ayuda a las madres de familia para detener la violencia y la delincuencia: “pedirles a las madrecitas que nos ayuden con sus hijos”. Y les ha pedido a los hijos delincuentes: “que recapaciten de sus actos que las hacen sufrir… las mamás sufren mucho por el amor sublime que le tienen a sus hijos”.

Muchos hemos aplaudido ese discurso, porque estamos seguros de que el hecho de que las familias se beneficien de los actos delincuenciales de sus hijos, es lo que ha llevado a que este país llegue a grados tan altos de delincuencia y de violencia. Y sin embargo, el Presidente no parece darse cuenta de que su gobierno no ayuda a las madres de familia para llevar a cabo ese esfuerzo que les pide.

Cuando una madre no cuenta con los medicamentos para el cáncer que requiere su hijo o no cuenta con la estancia infantil que necesita para poder salir a trabajar o se ve amenazada por los delincuentes en Culiacán porque su marido es un soldado que los combate o es asesinada junto con sus pequeños ¿Con qué derecho les pide que colaboren con su esfuerzo?

Entendemos que el gobierno está empeñado en un cambio y que el primer paso para lograrlo es, en opinión del presidente, terminar con la corrupción. Pero ningún cambio, por muy bueno que sea su objetivo final, justifica echar primero todo para abajo, sobre todo en casos en los que va de por medio la vida de las personas, como es el de ciertas enfermedades que deben atenderse de manera expedita y puntual y como lo es el de los centros de cuidado y enseñanza a los infantes, pues en ambos casos el daño es irreversible. A esas madres, las promesas de que todo va a mejorar mañana no les sirven, ellas tienen que curar a sus hijos hoy, tienen que salir a trabajar hoy. Y lo mismo sucede con las enfermedades que tienen ellas mismas o sus seres queridos, para las que no hay atención adecuada o medicamentos: cáncer de mama, problemas renales o cardiacos, diabetes.

“Solo soy una madre desesperada y muy necesitada” dijo una de las mujeres que acudieron a presentar su caso ante la Comisión de Salud, cuando por fin, después de mucha espera, maltrato y arrogancia, los diputados o los senadores, me da lo mismo, se dignaron recibir a los padres de niños con cáncer, suerte por cierto, que no tuvieron quienes protestaron por el cierre de las estancias infantiles o por la falta de otros medicamentos. ¡Qué frase la de ésta madre de familia!

¿No acaso por estas frases es que tantos mexicanos eligieron un cambio? ¿No es para que esa desesperación y esa necesidad fueran atendidas y erradicadas?

El Presidente usa y repite un discurso religioso que habla de amor al prójimo, de abrazos, de solidaridad con los pobres y los necesitados. ¿No incluye eso compasión por estas madres? ¿Por qué en lugar de hablar tan bonito no se hacen las cosas de manera tal que no le hagan daño a quienes no se lo tienen que hacer, en lugar de, como se están haciendo, no hacerle daño a los malos de la película?

La poeta georgiana Bela Chekurishvili escribió: “No puedo creer en los seres humanos/que hablan en voz alta/sin ver a los demás”.

Sin duda tiene razón el presidente López Obrador en que el camino para salir de la delincuencia y la violencia no es con violencia, sino que empieza en la familia, de abajo para arriba de la sociedad. Pero para lograrlo, esas familias, esas madres, necesitan el apoyo del gobierno, deben poder sacar a sus hijos adelante sin verse obligadas a aceptar el producto de sus robos, extorsiones y demás delitos.

Lo primero y básico es contar con guarderías, hospitales, medicamentos, servicios, que funcionen como debe ser sin necesidad de que haya que cerrar vialidades, gritar y sufrir. Porque estas son las personas decentes de nuestra sociedad, las que en la 4T ya no tendrían que decir: “Solo soy una madre desesperada y muy necesitada”.

Escritora e investigadora en la UNAM.
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Sara Sefchovich
Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México.