En abril de 2021, Maria Elena Álvarez Buylla, directora del Conacyt, anunció que hacia fines de ese año, tendríamos una vacuna mexicana contra el Covid. Ello no solo permitiría ahorrar millones de pesos, sino que, además, permitiría la soberanía en materia de producción de biológicos. Sin embargo, medio año después, la dicha vacuna no está lista. Se han dado varias razones para explicarlo, pero el hecho es que así es.

Y este es el punto al que quiero llegar: no es lo mismo dar la instrucción de que se construya un aeropuerto poniéndole fechas límite, que pretender ponerle fechas límite a la ciencia.

Y eso por dos razones: una, que los descubrimientos y el desarrollo científico y tecnológico requieren de muchos años de estudios, intentos, errores, vueltas a empezar, vueltas a fracasar, hasta lograr resultados. No es que hoy necesito algo y mañana ya está listo, sino que son procesos que exigen mucho tiempo y, mucho presupuesto.

Y en nuestro país todo se hace siempre con prisa y los dineros para el desarrollo científico son permanentemente escasos (además de que buena parte se gastan en muchas cosas menos en investigación).

Resulta entonces que, cuando vino la pandemia, nos enfrentamos, dice una periodista, a “la ausencia de experiencia en el desarrollo de vacunas” y en lugar de reconocerlo, pretendieron resolverlo por decreto y a velocidad.

Da risa cuando el Conacyt presume haber invertido 150 millones de pesos para el desarrollo del biológico, cuando sabemos de los millones de dólares, los muchísimos años y la cantidad de científicos en las universidades y las farmacéuticas que trabajan para obtener un medicamento.

La segunda razón tiene que ver con la idea absurda de que cada país puede desarrollar su propia ciencia. En este gobierno les gusta mucho la palabra soberanía, como si eso pudiera aplicarse a cualquier cosa. Lo que se descubre en un lugar del planeta se utiliza en el otro, no cada quien empieza desde cero.

La vacuna Patria (que así se llama la que ofreció la directora de la institución) “es 100% mexicana”, lo cual es falso pues como ella misma afirmó, “utiliza tecnología de la Escuela de Medicina Icahn en Monte Sinaí (Nueva York, EUA)” y, “para la estabilización de la proteína S o espícula del SARS-CoV-2, de la Universidad de Texas en Austin”.

Algo parecido sucedió cuando al inicio de la pandemia ofreció fabricar respiradores “con tecnología 100% mexicana”, cuando se trató de un diseño que, en sus propias palabras “ha sido desarrollado con base en los principios que compartió el Instituto Tecnológico de Massachussetts”.

Es entendible que nuestro país quiera ahorrar dinero fabricando los aparatos y medicamentos que se requieren, pero lo que no es entendible es que nos quieran dar atole con el dedo haciéndonos creer que se puede inventar el hilo negro el día que se les ocurre, sin apoyar en el largo plazo lo que exige la investigación y sin el reconocimiento de que las diatribas contra “las políticas de dependencia científica y tecnológica”, son absurdas porque eso es imposible hoy.

Pero no parece que esto vaya a cambiar, pues recientemente el Presidente dijo que en México “queremos una educación humanista, no inventores de bombas atómicas” como si el desarrollo científico fuera para pura destrucción y no para crear lo que mejora la vida de las personas. ¡Cuánta ignorancia! y ¡Cuánta arrogancia!

Escritora e investigadora en la UNAM. sarasef@prodigy.net.mx

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