Buenos deseos

Sara Sefchovich

Hace unos días se suicidó Kristina Kika Dukik, influencer de 21 años con más de un millón de seguidores. No es la única que ha tomado esa drástica decisión, lastimada por los mensajes de odio, descalificación, humillación o menosprecio que recibía.

Según Anne Applebaum, Facebook, Twitter, y YouTube están diseñados para crear deliberadamente ira, la cual se puede desatar por género, orientación sexual, raza, etnia o nacionalidad, creencias religiosas, lenguaje, oficio o profesión, ideología, aficiones, posición socio-económica, apariencia, salud física y/o psíquica.

En México conocemos varios casos de acoso, como el de una joven violada que además fue agredida por una Youtuber y el de una escritora a quien nombraron agregada cultural en España, pero poco después el Presidente de la República la descalificó, con lo cual abrió la puerta para una brutal agresión a su persona en las redes sociales: “210 820 menciones a mi nombre en los primeros tres días, poco después ya pasaban de 400 mil.”

En un estudio hecho en El Colegio de México, se analizó el caso de una académica crítica del gobierno actual, quien constantemente es atacada desde la cúpula del poder, algo que replican los muchos mensajes de odio en las redes, entre los cuales se reitera el específico para las mujeres, de estar “mal cogidas”.

¿Por qué se agrede así a las personas?

Reneé Girard lo explica: tú eres inteligente o bonita o tienes muchos seguidores o te nombraron para un cargo o te dieron un espacio para escribir en el periódico y eso yo lo quiero. Pero como no lo puedo tener, entonces soy violento contigo.

Además, este tipo de acciones se multiplican por el efecto rebaño, es decir, por personas que no piensan por su cuenta, sino que siguen lo que hacen o dicen otras, pues así sienten que pertenecen, que forman parte de algo.

He querido empezar el año refiriéndome a este tema, porque aquí en EL UNIVERSAL también tenemos nuestra dotación de ese discurso. Hay quienes se levantan muy temprano para ser los primeros en poner sus descalificaciones e insultos al pie de los textos de los articulistas (que por cierto, son siempre los mismos nombres y a todos les dicen lo mismo).

La señora Beatriz Gutiérrez Müller, esposa del Presidente, considera que a esos “simplemente no les hacemos caso”, y prefiere solo ocuparse de “los hombres y mujeres que son felices o desean serlo; que están bien consigo mismos o pretenden estarlo”.

Yo por mi parte, pienso diferente. A quienes descalifican e insultan sí les hago caso y les agradezco su esfuerzo y su fidelidad, virtudes poco comunes en estos tiempos. Sepan que sus comentarios me sirven mucho dentro del periódico, pues significan que tengo lectores y eso me permite conservar mi espacio.

Pero les agradezco también, porque me permiten poner a prueba lo que aprendí del gran Sigmund Freud: que para que el insulto, la burla o la descalificación hagan mella, tienen que encontrarse con un receptor emocionalmente frágil o tienen que ser muy inteligentes, de manera tal que obliguen a cuestionar y hasta a cambiar las ideas o argumentos. Y es evidente que ninguna de estas dos cosas sucede conmigo, por más que lo intenten los insultadores.

Pero, como también hay comentarios y opiniones respetuosos (estén o no de acuerdo con mi manera de pensar), a esos lectores les deseo un feliz año y los espero para seguir juntos en 2022.

 

Escritora e investigadora en la UNAM.
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