Hace algunas semanas, la comunicadora Azucena Uresti, publicó en una plataforma de mujeres, una carta dirigida a Ana Elizabeth García Vilchis, la persona que los miércoles está en la mañanera para denunciar lo que el presidente López Obrador considera que son “las mentiras de la semana” que supuestamente difunden los periodistas, intelectuales y medios de comunicación.

En dicha carta, la compadece por estar “parada frente a todos, leyendo un guión que no es tuyo, mientras los hombres que te escriben lo que lees se escudan detrás del presidente”, y la conmina a decir “lo que tú creas y hayas investigado, defiende al gobierno en el que has depositado tu confianza, pero no permitas ser un instrumento político ni de venganza. Sus adversarios no son necesariamente los tuyos.”

Comento esta misiva desde dos ángulos: uno es el de la palabra sororidad, a la que alude Azucena para justificar haberle escrito.Se trata de un término que acuñaron hace algunos años las feministas, para referirse a una supuesta solidaridad entre las mujeres que se daría por el hecho mismo de ser mujeres. Pero por bonito que suene, esto no es cierto. La solidaridad entre las personas no pasa por el género (ni por el color de piel, la edad, religión o profesión), sino por los intereses y valores compartidos. Y es evidente que esto no sucede entre quienes como García Vilchis siguen ciegamente a alguien y quienes miran las cosas con otros ojos.

Otro es el de la palabra mentira. Hace algunos años publiqué un libro llamado País de mentiras, en el que expuse las mentiras que nos dicen el gobierno, las iglesias y los empresarios a los ciudadanos. El texto abarca los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI , pero insiste en que esto sucede desde siempre en nuestra vida pública.

Por eso puedo decir sin temor a equivocarme, que lo que está sucediendo ahora es diferente y no tiene que ver con si las noticias y las opiniones son falsas o verdaderas, pues lo que hace AMLO es otra cosa: él ha llevado la política al terreno de la moral y dentro de ese terreno, él decide lo que está bien y lo que está mal, lo que es justo o injusto, correcto o incorrecto, verdadero o falso y quién actúa o habla en cada lado. El mundo es en blanco y negro, se divide entre buenos y malos y él y sus seguidores están evidentemente del lado bueno, mientras que los otros son los malos, conservadores, reaccionarios, corruptos, traidores, ladrones y varios adjetivos más.

Pero, lo importante no es si realmente lo que dice el Presidente son o no mentiras, sino el hecho mismo de que se instaure como la encarnación de la moral. Tiene razón Lola Galván cuando dice que “las lecciones de moralidad enredan todos nuestros debates”, pues dan lugar a las confusiones que estamos viviendo, siendo que las cosas no pasan por allí, porque como bien dice un lector, lo reprobable no es el objeto de escarnio sino el escarnio mismo.

Así pues, la carta de Azucena no va a servir para nada, pues no puede existir sororidad entre personas con valores diferentes, ni acuerdo sobre lo que debe hacer quien dispone de un lugar desde el cual hablarle a la sociedad.

Para Uresti el respeto al otro es esencial. García Vilchis en cambio, considera que está prestando “un servicio al público” y por eso en su respuesta le dice a Azucena que “el tiempo pondrá a cada quien en su lugar”, sin darse cuenta de que esto también vale para ella.

Escritora e investigadora en la UNAM.
sarasef@prodigy.net.mx
www.sarasefchovich.com

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