El 18 de mayo, el gobierno de Israel —encabezado por el criminal de guerra Benjamín Netanyahu— secuestró a la profesora Violeta Núñez, a Sol González Eguía y a Paulina del Castillo Poblano. Las tres integraban la Global Sumud Flotilla (GSF), una iniciativa humanitaria de 400 activistas de 50 países que intentaba romper el cerco genocida sobre Gaza para llevar alimentos y medicinas a una población sometida al asedio, la destrucción sistemática y el exterminio por parte del Estado sionista de Israel.
El miércoles 20 de mayo, el ejército israelí, bajo las órdenes directas del ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, secuestró a todos los integrantes de la flotilla. Los testimonios son indignantes: tortura, golpes que fracturaron brazos y piernas, lesiones en la espalda, muñecas seriamente lastimadas por esposas apretadas con saña. Contra las mujeres, agresiones sexuales que en casos concretos culminaron en violación.
Y no bastó con la tortura: Ben-Gvir lo filmó todo. El video —difundido por el propio victimario en sus redes sociales con el cinismo de quien presume impunidad— muestra a decenas de hombres y mujeres arrodillados en filas con manos sujetas con bridas a la espalda, mientras una bandera israelí ondea sobre ellos. "Bienvenidos a Israel", escribió. "El pueblo de Israel vive", gritó a la cara de un hombre atado e indefenso. No es una detención: es un acto de supremacía racial documentado por el propio verdugo.
La condena internacional fue inmediata y contundente. El ministro de Asuntos Exteriores de España definió el trato como "monstruoso, vergonzoso e inhumano" y hasta gobiernos francamente colaboradores del imperio norteamericano expresaron indignación por lo sucedido como fue el caso de Giorgia Meloni, primera ministra de Italia y la canciller británica, Yvette Cooper.
¿Y el gobierno de México?
El abogado David Peña, representante y defensor de los integrantes mexicanos de la GSF, ha denunciado públicamente que, a pesar de las evidencias de tratos crueles, tortura y violencia sexual contra connacionales, las autoridades mexicanas no han emitido ni siquiera un pronunciamiento de descalificación. Ni una condena, ni una nota diplomática de protesta, ni una ruta concreta para la defensa y garantía de los derechos de las víctimas (26 de mayo de 2026, La jornada). El Estado mexicano ha optado por la invisibilización de sus propios ciudadanos para no incomodar a un régimen que, para colmo, recibe financiamiento y respaldo militar de Estados Unidos, el vecino hegemónico al que este gobierno le condece todo lo que pide cuando no está frente a las cámaras.
La memoria histórica de la diplomacia mexicana
La historia de la política exterior mexicana desmiente a quienes hoy invocan la "no intervención" para justificar la inacción. En momentos anteriores, México sí tuvo, a veces más a veces menos, dignidad diplomática, por solo recordar tres ejemplos:
1. En 1936, bajo Lázaro Cárdenas, México apoyó abiertamente a la República Española frente al fascismo franquista. Cuando cayó Madrid, el gobierno mexicano se negó a reconocer a la dictadura de Franco y mantuvo relaciones con el gobierno republicano en el exilio, mientras abría sus fronteras a miles de refugiados. No fue neutralidad frente al genocidio: fue solidaridad política concreta.
2. El 11 de septiembre de 1973, ante el golpe de Pinochet contra Salvador Allende, el gobierno de Luis Echeverría condenó el golpe militar, y la embajada mexicana en Santiago se convirtió en refugio de perseguidos políticos, otorgando asilo y facilitando la salida de cientos de exiliados chilenos. ¡Y estamos hablando de la flor y nata del priísmo! (… Por no mencionar muchas otras cosas…).
3. En 1979, José López Portillo, (otro priísta de hueso colorado) rompió relaciones diplomáticas con la dictadura nicaragüense de Anastasio Somoza Debayle, responsable de represión sistemática, tortura y asesinatos contra civiles. México no esperó a que la ONU lo mandatara: reconoció al sandinismo triunfante y desconoció al tirano.
Hoy, la "Cuarta Transformación" se jacta de soberanía energética, de independencia y de ser “de izquierda”, pero ante el genocidio del pueblo palestino y ante la tortura de sus propias ciudadanas, simplemente guarda silencio.
Gaza 2026: un genocidio documentado que México se niega a nombrar
Un informe de la ONU del 19 de febrero de 2026 (A/HRC/61/2026) que analiza el período del 1 de noviembre de 2024 al 31 de octubre de 2025, concluye sin ambigüedades: "los ataques intensificados, la destrucción metódica de barrios enteros y la denegación de asistencia humanitaria parecían tener como objetivo un cambio demográfico permanente en Gaza". El documento señala que los traslados forzosos "plantean preocupaciones sobre la limpieza étnica en Gaza y Cisjordania".
Las cifras son un monumento a la barbarie: entre el 7 de octubre de 2023 y el 11 de febrero de 2026, 72 045 palestinos asesinados y 171 686 heridos por las operaciones militares israelíes, según el Ministerio de Salud de Gaza. Incluso después del acuerdo de alto el fuego de octubre de 2025, el régimen israelí ha seguido matando: 601 palestinos muertos y 1 607 heridos en plena "tregua".
La Corte Penal Internacional ya emitió, en noviembre de 2024, órdenes de arresto contra líderes israelíes —incluido Benjamín Netanyahu— por crímenes de guerra y lesa humanidad.
Ante estos hechos ¿Cuál ha sido la postura de los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación?
Andrés Manuel López Obrador, durante su sexenio, se negó rotundamente a calificar las acciones militares israelíes en Gaza como genocidio. "Usar ese término en vez de resolver el problema lo agrava", argumentó desde La Mañanera el 28 de mayo de 2024. Y todo el tiempo se cuidó de no rozar “ni con el pétalo de una rosa” al gobierno de Israel, como quien oculta compromisos contraidos.
Ahora, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, hasta el momento, no ha tomado ninguna acción contra el gobierno de Israel y no ha tenido una postura clara torno a la agresión a Palestina y sólo ha repetido que la postura de México es la defensa de los derechos humanos.
No es posible —y no debe ser aceptable— que ante la barbarie del gobierno de Israel, apoyada y financiada por Estados Unidos, el gobierno mexicano se limite a declaraciones que evaden una toma de posición ante un genocidio. Un gobierno que se autoproclama transformador, humanista y de izquierda no puede quedarse corto comparado con gobiernos priistas que, al menos evitaron la desvergüenza de mantener relaciones con dictaduras sanguinarias.
La ruptura de relaciones diplomáticas con Israel es un acto congruente para un estado que pretende tener política exterior digna. Cada día de relaciones con un régimen genocida es un día de complicidad; cada hora de silencio ante los asesinatos a mansalva de niños, mujeres, ancianos y jóvenes es tiempo que le permite sobrevivir a un régimen genocida.
¿Cuándo romperá relaciones México con Israel? La pregunta ya no es discursiva: es una exigencia de justicia, coherencia y dignidad nacional.
Salvador Ferrer Ramírez UAMX
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