Una de las diferencias más profundas entre el humanismo político y la llamada 4ta Transformación no está sólo en obras o presupuestos, sino en conceptos. Pues detrás de estos hay una forma de gobernar.

Mientras el gobierno habla de bienestar, nosotros debemos volver a hablar del bien común. No son equivalentes. El bienestar, como lo entiende el poder, suele ser individual: alguien recibe algo y mejora temporalmente. El bien común, en cambio, es colectivo: son las condiciones que permiten a todas las personas desarrollarse con libertad, seguridad y oportunidades.

Una beca puede generar bienestar; una ciudad segura genera bien común. Un subsidio alivia una necesidad; transporte digno, servicios de calidad y Estado de derecho generan bien común. La diferencia es clara: el bienestar administra necesidades; el bien común construye libertades.

Por eso la doctrina humanista del PAN habla de subsidiariedad. El Estado debe ayudar cuando la persona, la familia o la comunidad no pueden resolver solas un problema; pero nunca sustituir su capacidad de decidir y salir adelante. Un gobierno subsidiario fortalece ciudadanos; uno paternalista administra dependencias.

Algo parecido ocurre con transformación. Transformar es cambiar la forma de algo para que siga siendo, en esencia, lo mismo. Cambiar implica pensar distinto. La oposición no propone transformar la ciudad: propone cambiarla: improvisación por planeación, opacidad por transparencia y política del evento por política pública.

El Mundial exhibió esa diferencia. La Ciudad de México destinó más de 23 mil millones de pesos a obras vinculadas al torneo: casi 9 mil millones a movilidad, más de 7 mil millones a agua y medio ambiente, y más de 6 mil millones a infraestructura. La pregunta no es si debíamos recibir al mundo; la pregunta es si las prioridades del gobierno son las de los ciudadanos.

Mientras se concentran recursos y propaganda en el espectáculo, miles de vecinos padecen inseguridad, fugas de agua, baches, transporte saturado y servicios deficientes. Esa es la ciudad real, la que queda cuando se apagan las pantallas.

La tragedia en los festejos por la victoria de México frente a Ecuador obliga a reflexionar. Cerca de un millón de personas se congregaron en Reforma y hubo cuatro fallecidos. Después se anunciaron más de 17 mil elementos de seguridad, límites de acceso al Ángel y más pantallas gigantes. Más administración del espectáculo; menos discusión sobre el modelo de ciudad.

Finalmente, pueblo y ciudadanía tampoco son sinónimos. La idea de pueblo suele usarse desde arriba: el gobernante habla por el pueblo, decide por el pueblo y reparte beneficios al pueblo. La ciudadanía es horizontal: participa, exige, cuestiona y propone. No espera migajas del poder; reclama derechos y asume responsabilidades.

México necesita menos administración del bienestar y más construcción del bien común. Menos dependencia y más libertad. Menos propaganda y más ciudadanía. Porque las sociedades prosperan cuando se construyen para ciudadanos libres, no para beneficiarios permanentes del poder.

Fb: Ricardo Rubio

X: @ricardorubiot

Ig/Tk: rrubiot

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