El hambre que viene

Ricardo Rocha

A veces tengo la impresión de que estamos atrapados en un pantano de palabras. Un lodazal de frases inútiles que nos rodean día a día. Miles de expresiones absurdas sobre temas quiméricos: el Tren Maya que nadie pidió y parece condenado a serpenteante fantasma; el aeropuerto de las ocurrencias, al que nadie quiere ir y donde nadie quiere aterrizar; la refinería de costos geométricos y aguas necias; el último invento del genio iluminado señoras y señores, que es el Gas Bienestar, para el que habrá también miles de millones, porque para eso aquí primero los pobres, aunque luego ya no nos alcance para los pobres de los pobres. Y, por supuesto, en la pista central, el gran espectáculo de las corcholatas humanas, alguna de las cuales será destapada por el señor y dador de vida, el infalible, el bien amado, el todopoderoso, el dueño del circo, pues.

Y mientras tanto, escapan a nuestras miradas algunos pequeños grandes augurios que anticipan los días y años que vendrán: según el Inegi, el Coneval y alguna otra entidad, tendremos hasta 14 millones de nuevos pobres este año, en congruencia con el odio del actual gobierno hacia la clase media a la que terminará desapareciendo; apenas ayer en EL UNIVERSAL se consigna que la Agencia de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO) establece que en los años recientes México se aleja cada vez más de la meta global “hambre cero”; hasta 2006 padecían hambre 4 millones 700 mil mexicanos y para 2018-2020 la cifra se duplicó a 9 millones 200 mil; imaginemos 92 Estadios Aztecas llenos de hambrientos.

Está claro que al gobierno de Andrés Manuel López Obrador, que hasta ahora ha dedicado siete de cada diez horas de su gestión a ocuparse de si hablan de él bien o mal o a descalificar y pelearse con los medios de comunicación, no le importan en lo más mínimo estas advertencias. Menos aún se ha ocupado, en estos tres años de gobierno, de convocar a los protagonistas de la producción para instrumentar una gran Estrategia Agroalimentaria que acabe con el vergonzante flagelo del hambre. Una real muestra del compromiso social de un gobierno supuestamente sensible y de izquierda.

A ver, llamemos a las cosas por su nombre: en México ya hay hambruna. Y si alguien me acusa de fatalista o, peor aún, de neoliberal o conservador, aquí la definición oficial de la FAO: “Se considera hambruna a la carencia grave de alimentos, que casi siempre afecta un área geográfica grande o un grupo o número significativo de personas. La consecuencia, generalmente, es la muerte por inanición de la población afectada, precedida por una grave desnutrición o malnutrición. La inanición es una condición patológica en la que la falta de consumo de alimentos amenaza o causa la muerte”. Las panzas de los niños reventadas de parásitos en Chiapas u Oaxaca son testimonios irrefutables.

Según la misma FAO, a menos que se apliquen terapias nutricionales de salvamento, los hambrientos mueren, ni siquiera tarde, sino temprano. Porque lo terrible es que 75 de cada cien muertos por hambre son niños menores de cinco años. En México tenemos un gobierno que ha sido incapaz de proveer de medicamentos oncológicos a nuestros niños con cáncer para evitar que mueran repentinamente. No nos extrañe su indiferencia hacia los niños que mueren poco a poco. Así que, más nos vale salir cuanto antes del pantano.

 

Periodista.
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