Prefiero conmoverme con la imagen icónica de la chavita solitaria a la orilla de la carretera. Porque me resisto a recrear lo que ocurrió a esta joven de 18 años durante días de tortura y luego su asesinato por ahorcamiento asfixiante. Porque ahora se sabe —después de una tercera profanación en su cuerpo— que pasaron siete días desde su desaparición y cinco desde que la mataron y fue encontrada en la cisterna de un motel.

Aunque también creo que todos en este país, estamos obligados a imaginar lo que vivió Debanhi. Mucho más allá del morbo; pero mucho más acá de la solidaridad; porque solo así podremos acercarnos a la comprensión del dolor físico inmenso, pero también al sufrimiento de la degradación inhumana a la que Debanhi fue sometida. Y debemos hacerlo, no solo por ella, sino por las 9 mil mujeres que, tan solo en este gobierno, han sido desaparecidas, atormentadas y muertas con violencia atroz; 12 feminicidios cada día. Una cifra que nos aleja de la civilización y nos instala en la barbarie. En ningún lugar del mundo ocurre algo así. Tan solo en mayo, las contabilizadas muertes violentas contra mujeres impusieron un nuevo y nefasto récord: 272 víctimas, para sumar un total de mil 122 mujeres asesinadas, más las de las semanas recientes.

Aunque tal vez lo más terrible de esta crónica infame sea el silencio. Sobre todo de un gobierno indolente, lo mismo ante los padres de los niños con cáncer, que todavía no reciben sus medicamentos, que frente a la angustia de madres que vieron cerradas las 9 mil estancias infantiles y que no saben dónde dejar a sus hijos para luchar por la sobrevivencia, o las mujeres a las que la 4T les cerró las puertas de los refugios contra las persecuciones asesinas, por esa tesis monstruosa de ahorros hirientes y despilfarros ofensivos.

Ahí quedarán en la memoria gestos y frases que han lastimado para siempre las luchas feministas por su integridad y sus derechos: cuando luego de aquella histórica manifestación multitudinaria del 8 de marzo de 2020 contra la violencia machista y feminicida; dos días después le preguntaron al presidente López Obrador y su respuesta fue burlona y cruel: “Ah sí, me dijeron que hubo una marcha, ¿verdad?”; por el estilo aquel 10 de mayo, cuando encerrado en Palacio Nacional festejó con jolgorio su propio Día de las Madres y mandó a un funcionario de quinta a tomar nota de la manifestación de las miles que pedían justicia para sus hijas muertas.

Nunca he sido partidario de culpar en su totalidad a los gobiernos en turno de todas las expresiones de violencia. Está claro que el fenómeno es complejo y multifactorial. Pero lo que también es evidente es que del gobierno emanan señales que trasminan a la sociedad en su conjunto incluyendo a los criminales.

Un gobierno que todos los días ataca inmisericordemente a los medios de comunicación y envía el mensaje de que valen muy poco; y ahí está el resultado, más periodistas asesinados que nunca. Un gobierno que se muestra tan indiferente y hasta sarcástico con el dolor de las mujeres; que presume de caritativo y comprensivo hasta con los narcotraficantes y asesinos, tendría que conmoverse y demostrarlo con el desgarrador día a día que padecen niñas, jóvenes y madres. Y ya que presume de principios religiosos que con frecuencia pregona, recordar un mandamiento fundamental: no matarás.

Periodista. ddn_rocha@hotmail.com

 

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