Por supuesto que, de todo corazón, les deseo a quienes me ven y me leen, que este sea el mejor año posible en salud, alegría y prosperidad. Sin embargo, creo que ello dependerá del esfuerzo individual de cada uno y del que podamos realizar con nuestros seres más cercanos: una disciplina espartana para conservar y cuidar nuestras vidas; propósitos aplicables para ser mejores cada día; y ese ingenio y talento que siempre nos ha caracterizado a los mexicanos para sobrevivir a la adversidad. Pero en lo que hace al país, lamento no poder ser optimista: este 2022 será tan penoso o más infame que el 2021 que se fue.

Bastan las grandes cifras y porcentajes de la economía que nos dan sustento: luego de la catástrofe de la pandemia más la ausencia de políticas públicas para la protección y reconstrucción de pequeñas y medianas empresas, se hace imperativo el crecimiento; pero la estimación oficial del 4.1 % se estrella contra las prospectivas de los expertos que lo estiman en apenas 1.9 y si acaso un 2.8 %; las primeras consecuencias son que los tres millones 800 mil nuevos pobres del 2021 no solo se suman a los ya existentes, sino que establecen una explosiva cifra de 50 millones de pobres –con diez millones en pobreza extrema- en un país de 129 millones.

La pregunta terrible es: ¿hay futuro con esa carga de oprobio y rencor social? Agreguemos el factor desempleo, que según los diversos criterios –entre formales, informales y subempleados— ronda los cuatro millones, que sumados a los pobres nos dan 54 millones, algo así como 540 Estadios Azteca llenos de desamparados. Y para los que puedan comprar algo, la inflación creciente, que ya rebasa el 7 %, empequeñeciendo cada vez más los bolsillos de todos los mexicanos.

Pero, a pesar de todos estos datos escalofriantes, lo que más me preocupa es la brutal diferencia entre la realidad y la visión del gobierno hacia esta catástrofe. Para el Presidente nos fue requetebién en el 2021. Y por decreto, nos irá mejor en el año que comienza. Un 2022, clave en dos vertientes: el festinamiento de la conclusión de dos de sus obras faraónicas: el aeropuerto de Santa Lucía, que será un elefantito blanco del que nadie sabe con absoluta certeza cuáles serán realmente sus capacidades en cuanto a posicionamientos de aviones y tráfico aéreo, y que siempre será visto como un pésimo remedo de aquel Hub de Texcoco que la 4T tiró al bote de la basura; también este año AMLO inaugurará la refinería de Dos Bocas, en sentido contrario a la apuesta global por las energías limpias, cuyo costo se estimó inicialmente en 160 mil millones de pesos y que ya ronda los 500 mil millones, y de la que todavía no hay siquiera “otros datos” de lo que realmente representará en el panorama energético de México.

El otro factor, el de mayor riesgo que advierten los especialistas, es una eventual aprobación de la Reforma Energética tal cual la ha planteado el gobierno lopezobradorista, sin cambiarle ni una sola coma: controversias judiciales de nuestros socios en el T-MEC; sanciones arancelarias, desinversión, cierre de plantas, devaluación e hiperinflación.

Hay, por supuesto, otras señales de alarma: los cientos de miles de muertos por la violencia y la pandemia; y el escenario de confrontación por la disputa feroz de seis estados de la República. De ello me ocuparé la próxima semana.

Periodista.
ddn_rocha@hotmail.com

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