La primera parte de la Divina comedia de Dante y, desde mi punto de vista, la más aleccionadora, es “El infierno”. Ahí se plasma que ese lugar, además de espacio de castigo, es también la consecuencia de las decisiones que se toman en vida. El poema comienza con una de las imágenes más poderosas de la literatura universal: Dante, a la mitad del camino de la vida, se descubre perdido en una selva oscura después de haber extraviado el camino recto.
Dante, como podría sucederle a cualquier ser humano, se encuentra en aquel lugar de tinieblas debido al camino que lo llevó hasta ahí. Intenta salir al descubrir una luz en lo alto de una colina, pero tres fieras le impiden avanzar: un leopardo, una loba y un león, interpretados como representaciones de distintos vicios humanos.
Después de encontrarse con las fieras, Dante es auxiliado por el también poeta Virgilio, quien le explica que, para alcanzar el paraíso, primero tendrá que descender al inframundo. Lo conduce hasta la puerta del infierno, donde una inscripción lanza una contundente advertencia: quienes atraviesen aquel umbral deberán abandonar toda esperanza. A partir de ahí, recorren los nueve círculos del infierno hasta llegar al último, reservado para quienes cometieron traición, uno de los pecados más graves.
Traigo esto a colación porque, aunque se trata de un mundo literario, el recorrido y la descripción dantesca del infierno se asemejan mucho a la condición humana, pues son nuestras propias decisiones las que pueden conducirnos hacia lugares luminosos o llevarnos a la perdición.
Hoy, cada paso de quienes aspiran a convertirse en representantes populares y forman parte del movimiento de la Cuarta Transformación tendrá consecuencias tanto individuales como colectivas.
Es necesario que cada una y cada uno de los aspirantes coloque por encima de sus intereses personales al movimiento y al país. De no hacerlo, estaríamos frente a la enorme paradoja de que quienes hoy se encuentran en condiciones de competir lo hacen gracias a la fuerza construida colectivamente por Morena, y que podrían ser ellos mismos quienes, desde dentro y haciendo el trabajo de la oposición, terminaran debilitando al partido y a un proyecto nacional que ha decidido enfrentar el embate de esa derecha internacional.
Lamentablemente, parecería que la soberbia puede terminar conduciendo precisamente hacia aquello que Dante coloca en lo más profundo del infierno: la traición.
En el panorama nacional ya se observa cómo, en distintas entidades, hay quienes, con tal de alcanzar una candidatura, decidieron convertir el golpeteo contra gobernadoras y gobernadores de su propio movimiento en una estrategia de posicionamiento personal. Podrá parecer rentable en el corto plazo, pero se trata de acciones que erosionan los cimientos de un proyecto político que tiene entre sus principios fundamentales no mentir, no robar y no traicionar al pueblo.
Esto no significa cancelar las diferencias ni confundir la unidad con el silencio. En un movimiento democrático debe haber debate, crítica y diversidad de opiniones. Pero hay una enorme distancia entre disentir para corregir el rumbo y destruir para abrirse camino; entre señalar un error y utilizarlo como arma para satisfacer una ambición personal.
Tal como lo muestra el infierno dantesco, el ser humano solamente puede abandonar la oscuridad cuando es capaz de reconocer sus propias debilidades. Por eso resulta fundamental que hoy la unidad le gane a la soberbia.
Que nadie crea que los éxitos electorales de 2024 fueron personales o individuales. Sería un error no reconocer la fuerza de un movimiento construido durante décadas, el liderazgo histórico de Andrés Manuel López Obrador y el enorme impulso que imprimió quien hoy es presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo. Ningún triunfo de esa magnitud puede explicarse por una sola persona ni convertirse en patrimonio particular de quien circunstancialmente ocupa un cargo.
No es casualidad que en el noveno círculo del infierno de Dante no haya llamas, sino hielo. En el punto más profundo ya no existe siquiera el fuego y todo está congelado. Es una extraordinaria metáfora de lo que ocurre cuando desaparecen la lealtad, la gratitud y la confianza. Cuando eso sucede, también se extingue toda llama, incluso la de la esperanza.
Quienes hoy aspiran a encabezar gobiernos, municipios o representaciones legislativas tendrán que decidir qué camino quieren recorrer. Pueden entender que forman parte de algo que los trasciende y que ninguna candidatura vale más que la unidad de un proyecto; o pueden permitir que la soberbia les haga creer que el movimiento les pertenece y que, sin ellos, nada puede continuar.
Dante necesitó descender hasta lo más profundo del infierno para comprender el camino que habría de conducirlo hacia la luz. Ojalá nosotros no tengamos que llegar hasta el noveno círculo para recordar algo más sencillo: que ninguna aspiración personal puede valer tanto como para traicionar aquello que hizo posible esa aspiración.
Coordinador de los diputados de Morena
X: @RicardoMonrealA
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