Juan Rulfo representó en Pedro Páramo un pueblo marcado por el abandono y el silencio, donde las voces clamaban justicia y las promesas incumplidas se convertían en murmullos. El universo rulfiano está lleno de tierras áridas, comunidades olvidadas y esperanzas suspendidas en el aire.

Es una imagen poderosa que nos ayuda a entender bien la política, porque gobernar significa escuchar las voces que vienen del México profundo, las de las personas que fueron históricamente marginadas y esperan que la transformación sea algo tangible.

En ese eco que atraviesa Comala hay una advertencia: cuando el poder se distancia de la gente, lo que queda es el murmullo del desencanto. Por eso, cualquier proyecto progresista y transformador tiene la obligación de no repetir aquella historia de abandono.

Ejercer el poder desde la izquierda en México nunca ha sido tarea sencilla; la historia muestra que los proyectos transformadores enfrentaron resistencias profundas. Sin embargo, Morena asumió el reto de encabezar la Cuarta Transformación y además tiene la obligación de no extraviarse en el proceso.

En mi libro Morena: historias y perspectivas, planteé que la complejidad de gobernar desde la izquierda no radica únicamente en ganar elecciones, sino en sostener la coherencia entre principios y decisiones, ya que la verdadera transformación se mide en la capacidad de no olvidar el origen ni para quiénes se gobierna.

Por ello, en el contexto del VIII Consejo Nacional Extraordinario de Morena, realizado este fin de semana, esa reflexión adquiere un cariz particular. La renovación de la dirigencia, con Ariadna Montiel Reyes al frente, no puede ni debe reducirse a un ajuste o a un reacomodo de fuerzas internas.

Recordemos que Morena surgió como respuesta al fraude electoral de 2006 y al cuestionado proceso electoral de 2012, como una vía de organización ciudadana frente al régimen neoliberal.

La llegada de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República, en 2018, marcó un parteaguas. Luego, en 2024, el respaldo ciudadano se ratificó con la elección de Claudia Sheinbaum Pardo como la primera presidenta en la historia de México, lo que implicó continuidad, pero también nuevas exigencias y retos.

Gobernar con mayoría no equivale a gobernar sin obstáculos. La pluralidad social obliga al diálogo constante. Conquistar el poder no es la verdadera prueba de un movimiento transformador y progresista, lo es ejercerlo sin traicionar sus causas.

Uno de los dilemas centrales de Morena es su doble identidad: movimiento social y partido político. Como movimiento, se alimenta de la participación ciudadana y del impulso colectivo por cambiar las cosas; como partido, necesita reglas, disciplina, organización y toma de decisiones que no siempre satisfacen a todas las personas.

Esa tensión es parte de su naturaleza; el desafío está en equilibrarla sin sofocar la esencia que le dio origen. En ese sentido, el proceso de renovación interna fue una oportunidad tanto para redefinir liderazgos como para demostrar que la vida interna del partido también es democrática.

Aquí cobra relevancia el primer mensaje de nuestra dirigente nacional, que fue, igualmente, el recordatorio de la historia compartida, de las luchas, de la resistencia frente al modelo neoliberal, de las movilizaciones en defensa de la democracia y de los derechos del pueblo.

“Jamás nos van a dividir”, expresó, y afirmó que asumía la responsabilidad con plena conciencia de la relevancia de las causas que defiende nuestro movimiento, porque lo que verdaderamente importa es el bienestar del pueblo de México.

En esa narrativa hay una idea central que sintetiza el momento político: Morena es un faro de esperanza para México, y una referencia más amplia de que siempre es posible otra forma de gobernar y hacer política, pues gobernar desde la izquierda implica, además, convivir con contradicciones. Se busca justicia social, redistribución y ampliación de derechos, pero también se debe garantizar estabilidad económica, generar confianza y mantener relaciones funcionales en un entorno complejo.

La izquierda mexicana enfrenta la oportunidad histórica de demostrar que se puede gobernar con mayor cercanía, con más honestidad y con resultados que impactan en la vida diaria de la gente. Eso implica renovar sin romper, ajustar sin desdibujar, avanzar sin olvidar.

La renovación, más que una concesión, es una necesidad. Recordemos que, lo mismo en América Latina que en el resto del mundo, los movimientos progresistas que no se revisan a sí mismos corren el riesgo de extinguirse o de convertirse en aquello que criticaron. MORENA no puede darse ese lujo, su fuerza radica en su capacidad de reinventarse sin perder su esencia.

Estoy seguro de que a Morena le irá muy bien en esta etapa. Vive un momento decisivo, y todo, a partir de ahora, marcará su rumbo, pero también el de millones de personas que ven nuestro movimiento como un faro de esperanza, cuya luz proviene de su capacidad para responder a las exigencias del pueblo y representarlas.

Coordinador de los diputados de Morena

ricardomonreala@yahoo.com.mx

X: @RicardoMonrealA

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