El círculo vicioso de la intolerancia

Ricardo Homs

Vivimos hoy en una sociedad marcada por agravios ancestrales que hoy nos dividen.

Es innegable que apenas hasta estos tiempos actuales empiezan a recibir las mujeres el trato igualitario que por derecho propio siempre han merecido, pero que durante toda la historia de la humanidad les fue negado.

Por otra parte, la comunidad LGTB exige el reconocimiento a su identidad y recibir el respeto que merece quien manifiesta su sexualidad de modo diferente a lo tradicional. Sin embargo, el recuerdo de los agravios, que sin duda existen, domina la agenda. Lo mismo sucederá con los descendientes directos de los pueblos originarios, quienes consideran que nunca recibieron las mismas oportunidades que la población de origen europeo.

Todas estas justas reivindicaciones, por su carga emocional generan confrontación.

El grave riesgo que se vislumbra en el futuro es que la sociedad quede atrapada en el conflicto y este se polarice, pues frente a cada acción, sobreviene una reacción y el modo en que se expresen las demandas determinará la calidad de la respuesta.

Debemos reconocer que los cambios sociales que maduran se logran a través de un proceso persuasivo de convencimiento, cambio de paradigmas y asimilación.

Lo que sucedió con motivo de la exposición pictórica presentada por el Palacio de Bellas Artes, es representativo del contexto actual de confrontación. Lo que resaltó fue el conflicto generado por la pintura que exhibe a Emiliano Zapata con símbolos femeninos.

Ante el respaldo que la comunidad LGTB dio al autor de esta obra, manifestada en el exterior del Palacio de Bellas Artes, como respuesta se propició la llegada de gente indignada por la manipulación de la imagen de este símbolo de nuestra historia reciente que exigía se retirase el cuadro de la exposición, en apoyo a la familia de este héroe revolucionario.

Las confrontaciones a final de cuentas son una lucha de poder que exacerba el ánimo y polariza las actitudes preexistentes y con ello, pone obstáculos a la conciliación de buena fé.

En contraste, las reivindicaciones sociales que prosperan y modifican la actitud colectiva, seguramente nacen del convencimiento.

Seremos una mejor sociedad cuando ante las oportunidades sea irrelevante el género, preferencias sexuales, circunstancias étnicas o religiosas y por tanto, el beneficiario de éstas, sea la persona apta para el cargo, la que cubra mejor el perfil y además, garantice eficiencia.

Cuando el respeto al individuo sea otorgado por el reconocimiento a su calidad humana y no a consideraciones sociales o económicas tendremos una coexistencia de mayor calidad.

Solamente cuando superemos la tendencia a la confrontación y competencia empezaremos a construir una nueva cultura social de tipo igualitaria.

Estas fechas previas a la Navidad son un buen momento para la reflexión que nos lleve a la conciliación.

¿Usted cómo lo ve?

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