Por Gino Segura, Senador por el Estado de Quintana Roo

La fascinación por el crecimiento es comprensible: un PIB más grande suele significar más producción, más empleo y más recaudación. Pero, como advirtió el economista estadounidense Simon Kuznets, el “bienestar” de una nación no se infiere mecánicamente del ingreso nacional. El PIB captura flujos de mercado; no captura, por sí mismo, cómo se distribuye este ingreso, qué tan precario es el empleo, ni si las ganancias se traducen en capacidades reales (salud, educación, seguridad, vivienda). Por eso, los premios nobel de economía, Joseph E. Stiglitz y Amartya Sen, desde el siglo pasado reconocieron que medir “desempeño” exige mirar distribución, calidad de vida y sostenibilidad, no solo producción agregada.

En esa lógica, una economía puede “ir bien” en las cuentas generales y fallar en lo esencial: que el progreso no sea progreso social, sino progreso de élites. Ese es, precisamente, el cambio de paradigma reciente con la llegada de nuestros gobiernos: sí al crecimiento, pero subordinado al desarrollo.

Así, la labor del Estado es asegurar bienestar mínimo para todos y no para unos cuantos. Por ejemplo, hoy, el sistema de becas es universal en beneficio de 13 millones de estudiantes y con una inversión de 147 mil mdp. En salud, por otro lado, por primera vez estamos construyendo un sistema universal en donde no solo el trabajador formal tenga derecho a médicos y tratamientos sino que la salud sea un derecho universal, eso implica solo este año una inversión de 1 billón de pesos, cifra sin precedentes.

Y los resultados de ese nuevo modelo son claros: por primera vez en la historia del país la pobreza en México es menor al 30%; son 13.4 millones de personas que salieron de la pobreza entre 2018 y 2024. En 2018, las personas más ricas del país ganaban, en promedio, 24 veces más que las personas más pobres; desde 2024 esa diferencia disminuyó a 14 veces.

Ahora bien, reconocer que el crecimiento ha estado por debajo del potencial no contradice nada; es cierto. La economía creció 0.7% en 2025. Crecer por supuesto que es relevante y en ese sentido se creó el Plan México, para crecer con desarrollo y ser la décima economía mundial para 2030. En ese mismo sentido y en reconocimiento a que la inversión pública debe aumentar para detonar crecimiento, esta misma semana en el Congreso de la Unión aprobamos una nueva Ley para invertir en infraestructura y generar bienestar que es el vehículo legal mediante el cual, como lo dijo la Dra. Claudia Sheinbaum el pasado 3 de febrero, se invertirán de hoy al 2030, mediante el Plan de Inversión en Infraestructura, 5.6 billones de pesos, con 722 mil millones de pesos adicionales a lo ya presupuestado solo en 2026 (casi 2% del PIB). Hacienda estima que esto permitirá un crecimiento de 2.5% a 3.0% contra la expectativa original de 1.8% a 2.8% . Y no es improvisación: deriva de escuchar a empresarios y economistas nacionales e internacionales que solicitaban más inversión en infraestructura en México.

Por años, nos repitieron que se dejaba fuera a la gente para que cierren las cuentas de México, nuestro principio político es opuesto: las cuentas del país tienen que cerrar, pero con la gente adentro. El punto de fondo, es que bajo nuestro modelo de país el crecimiento se convierte en medio no en fin: crecimiento inclusivo para financiar derechos, cerrar brechas y sostener el bienestar que todos los mexicanos deseamos pero, sobre todo, merecemos.

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