La única certeza que dejó la primera vuelta electoral en Colombia es el ávido deseo de la ciudadanía de no continuar con más de lo mismo. Gustavo Petro y Rodolfo Hernández, ambos definidos como candidatos anti-establishment y antisistema, se disputarán la presidencia el próximo 19 de junio entre efervescentes filias y fobias que han emanado de la posibilidad real de que la izquierda gobierne por primera vez en Colombia. Pese a que la contienda ha sido caracterizada como una entre dos extremos del espectro ideológico, la evidencia apunta más bien a dos modelos distintos de populismo que, sorprendentemente, encuentran más puntos de convergencia en sus agendas de lo que se pensaría. Sin importar quién resulte ganador, los comicios tendrán un impacto considerable no solamente al interior de Colombia, sino también al exterior en términos de sus principales relaciones bilaterales y el balance regional latinoamericano.  

Al interior del país, la crisis de seguridad propiciada por grupos paramilitares y organizaciones criminales se encuentra en el centro de las demandas ciudadanas. El reagrupamiento de células paramilitares que habían sido desmovilizadas, así como las pugnas por el control territorial y la imposición de “paros armados” de cárteles del narcotráfico han desatado una ola de violencia que ha dejado en evidencia las promesas inacabadas de los procesos de paz.  

Ante esta coyuntura, ambos candidatos han prometido apegarse al cumplimiento del Acuerdo de Paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, negociar con el Ejército de Liberación Nacional y recalibrar la estrategia de seguridad para desmantelar a los cárteles. Para lograrlo, deberán convencer a un congreso dividido, aunado a la paciencia agotada de un pueblo cansado de la violencia criminal. Los cambios que plantee el nuevo gobierno en este aspecto serán centrales no solamente en términos de seguridad, sino también en cuanto a la relación bilateral de Colombia con Estados Unidos y Venezuela.  

Colombia ha sido el principal aliado latinoamericano de Estados Unidos por lo menos desde el año 2000, cuando se estableció el Plan Colombia como apoyo para el combate a la guerrilla. Sin importar si son Demócratas o Republicanos quienes han estado al frente de la Casa Blanca, las administraciones colombianas de las últimas décadas han acatado estrategias estrictamente alineadas a Washington en temas como migración, narcotráfico y seguridad. Sin embargo, los perfiles y agendas de ambos candidatos no coinciden del todo con el apego irrestricto a las condiciones estadounidenses.

Es indudable que Colombia necesita, entre otras cosas, de la cooperación técnica y financiera para combatir el narcotráfico, la cual ha asegurado recientemente con el nombramiento del país como aliado preferencial estratégico de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Sin embargo, Petro ha sido vocal sobre su posicionamiento a favor de la legalización de las drogas y de la necesidad de una renegociación del Tratado de Libre Comercio con EU, mientras que Hernández apoya el uso de hidrocarburos pese a sus efectos en el cambio climático, una de las principales prioridades del gobierno estadounidense.  

Por su parte, para el presidente Joe Biden el mantener esa relación fortalecida en los próximos meses implica un salvavidas ante el evidente debilitamiento de la influencia de EU en América Latina, como quedó ilustrado en la reciente Cumbre de las Américas. En un momento en el que China ha logrado capitalizar estos vacíos de influencia en la región a través de financiamiento e inversión en infraestructura y tecnología, perder momentum en la relación con Colombia sería costoso para su gobierno, más aún de cara a las elecciones intermedias de noviembre. Si bien la relación bilateral ha trascendido administraciones y momentos de altibajos, todo apunta a un reajuste inminente en las prioridades y expectativas de ambos países.

Aunque bajo visiones distintas, Venezuela es otro de los puntos de convergencia entre los candidatos. Un pilar de la “Petrofobia” de los sectores más conservadores de Colombia es el temor de que el país pueda convertirse “en otra Venezuela”. Sin embargo, tanto Petro como Hernández abogan por el restablecimiento de relaciones con este país tras más de tres años de un “cerco diplomático” propiciado por el gobierno de Iván Duque. Ante este apremiante acercamiento, la nueva administración tendrá que lidiar con los efectos que detonen sus acciones en una frontera permeada por una crisis humanitaria causada por el flujo migratorio proveniente de Venezuela y la presencia de grupos armados que operan y se enfrentan en ambos lados de la frontera.  

Aunado a ello, la confianza en el gobierno y el futuro de las comunidades rurales en departamentos como Arauca y Catatumbo penden de cómo se gestione el restablecimiento de las relaciones diplomáticas al ser dichas comunidades unas de las más afectadas históricamente por el conflicto armado. Pese a que el movimiento de protesta del 2021 encontró un mayor eco en centros urbanos, el descontento social en sectores rurales puede generar un renovado estallido social de no sacar adelante las reformas necesarias para proteger a líderes sociales, tener garantías de tenencia de la tierra y contar con las mínimas condiciones de seguridad en la zona.  

Finalmente, el cambio de gobierno llega en un momento de transición ideológica en América Latina, en donde las últimas elecciones han marcado un viraje hacia la izquierda. Este contexto pareciera favorecer a Petro mediante la posibilidad de establecer alianzas por afinidad ideológica con gobiernos como el de Chile, Argentina y Perú. Sin embargo, cabe resaltar que el panorama actual dista de la llamada “marea rosa” de inicio de siglo, ante aproximaciones heterogéneas de las agendas de izquierda de cada país.  

En cuanto a México, el presidente Andrés Manuel López Obrador ha mostrado públicamente su apoyo a Petro, a la par que Hernández ha copiado textualmente frases del mandatario mexicano y ha manifestado su admiración ferviente. De ganar Petro, es posible encontrar puntos de encuentro basados en la narrativa a favor de una integración latinoamericana; Petro ha instado por un retorno a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, mientras que AMLO ha planteado, aún sin detalles, la propuesta de una suerte de modelo de Unión Europea para la región. Sin embargo, la afección de AMLO por Petro puede cesar si éste logra eclipsar su auto definido rol de líder latinoamericano, particularmente si adquiere un rol preponderante en las negociaciones en Venezuela, así como en foros multilaterales.

Sin duda, Colombia enfrenta un panorama de enormes complejidades al que se suman los retos que enfrenta América Latina en conjunto, desde la recuperación económica post-pandemia hasta los efectos inflacionarios de la actual guerra entre Rusia y Ucrania. Petro y Hernández personifican la esperanza de cambio que castigó al establishment. Sin embargo, no se debe olvidar que, en la región más desigual del mundo, las calles son testigo de las expectativas de cambio no cumplidas.

Analista estratégica para América Latina. Es Asociada del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI).


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