Faltaban todavía tres semanas para el inicio del mundial, y el boleto más barato para el partido inaugural México-Sudáfrica costaba 180 mil pesos. Hasta este sábado 20 de junio, los asientos para el encuentro de México contra Chequia, en las páginas de reventa, iban desde los 38,600 pesos hasta los 105,397 pesos. Contrastar esos precios con el salario mínimo o con el ingreso promedio de los mexicanos es un ejercicio demoledor.
No solo resultan caros de este lado de la frontera. En Estados Unidos, los boletos para la final llegaron a ofrecerse por 8 mil dólares y los paquetes VIP alcanzaron los 73,200 dólares. Pero se pone peor. Algunos boletos para la final llegaron a venderse en 32 mil dólares. Hasta Donald Trump se quejó y dijo que él no pagaría esa cantidad.
Estas cifras estratosféricas, que incomodan incluso a millonarios, se deben al esquema de precios dinámicos elegido por la FIFA, con boletos que pueden subir o bajar de precio según la demanda. Usaron el argumento de que vender más barato solo beneficiaría a los revendedores, y eso de repartir ganancias claramente no le gusta a ese gigante que lo devora todo. El caso es que los ingresos derivados del torneo podrían estar entre los 11 mil millones y los 30 mil millones de dólares. Sin duda un estupendo negocio.
Lamentablemente, esa abundancia no cubre a todos los involucrados. Ante los altísimos costos de los boletos, muchas de las sedes mundialistas están viendo con frustración estadios que no se llenan, hoteles que no alcanzan la ocupación esperada y prestadores de servicios turísticos que no están vendiendo lo que estimaban.
México recibió solo 13 de los 104 partidos. Somos parcialmente huéspedes de una fiesta de la que nos han excluido. Para colmo, buena parte de los juegos dejó de transmitirse en televisión abierta. Ahora toca pagar suscripciones que elevan el costo incluso de verlo desde casa. Seguir los encuentros en un restaurante cuesta un dineral y solo pueden ofrecerlo los grandotes. Los pequeños negocios no pudieron pagar las licencias para transmitir todos los partidos, porque oscilaban entre 4 mil y 22 mil pesos.
El dinero transformó la identidad hasta de lo que creíamos conocer. Ya no sabemos ni cómo se llama el estadio que solía ser el Azteca.
Es costoso verlo y es difícil nombrarlo. La FIFA obtuvo la protección de casi 400 marcas vinculadas con el torneo. No podemos por ello decir en medios de difusión Copa Mundial de la FIFA, Mundial 2026, ni tampoco Copa del Mundo. Referirse a la fiesta futbolera sin usar esos términos, ha orillado a un esfuerzo creativo que raya en lo ridículo.
El deporte más popular se está volviendo excluyente a billetazos. La pasión por el futbol está secuestrada por una ambición desmedida, que ha perdido de vista que el negocio solo se sostiene gracias a los millones de aficionados que hoy sienten al Mundial como algo ajeno. Están estirando mucho la liga. Cuidado con matar a la gallina de los huevos de oro.
@PaolaRojas
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