Debemos asumir que la revolución tecnológica ha traído consigo diversos daños colaterales. Tal es el caso del desplazamiento laboral, la desinformación masiva, el daño medioambiental, la vulneración a la privacidad, la inseguridad cibernética, las afectaciones a las capacidades humanas, los daños a la salud derivados de la hiperconectividad, así como la mutación social producto de sesgos algorítmicos, entre otros.

El vertiginoso avance de los robots, la automatización y la Inteligencia Artificial (IA) han trastocado el mundo laboral, dando paso a la desaparición de numerosos empleos y la transformación de otros; no obstante, es importante señalar que las personas que han sido o serán desplazadas por las nuevas tecnologías difícilmente podrán lograr una rápida reconversión laboral, particularmente en los países con economías emergentes y menos aún en las naciones pobres.

Una de las justificaciones del desplazamiento laboral es que la IA asumirá funciones denominadas “de poco valor añadido”, lo que resulta todavía más preocupante, pues existe la marcada tendencia a minusvalorar el contacto humano, la comunicación y la socialización que traen consigo empleos relacionados con la atención al público o la elaboración de productos, incluidos aquellos de corte intelectual que implican pensamiento complejo y abstracción.

En consecuencia, habría que preguntarnos ¿Dónde queda el derecho humano al trabajo decente que garantiza la dignidad humana de la persona trabajadora? ¿el trabajo en estas condiciones sigue siendo fuente de desarrollo sostenible, protección social y diálogo equitativo? Es claro que quienes perdieron su empleo o lo perderán debido a la IA, fueron o serán objeto de discriminación y cosificación, porque alguien decidió que había que desecharles al dejar de ser útiles al mercado. ¿Dónde quedan los derechos al salario, a la seguridad y a la capacitación?

El derecho a la intimidad está corriendo la misma suerte, debido a que muchos modelos de IA requieren un inmenso volumen de datos de entrenamiento, los cuales se obtienen mayoritariamente a través de rastreadores web que extraen y recopilan información generalmente sin el consentimiento de las personas usuarias.

La IA utiliza intensivamente energía con una huella de carbono significativa, incluso mayor a la de los automóviles y consume grandes cantidades de agua para mitigar el calor de los servidores de centros de datos, ¿dónde queda el derecho a un medio ambiente sano y el derecho humano al agua?

No estoy en contra del avance tecnológico que está puesto al servicio de los seres humanos y contribuye a su bienestar, pero considero que debemos debatir su acelerado crecimiento a la luz de la ética.

En la vida cotidiana el desempleo, la suplantación de identidad, la generación de pornografía infantil, la viralización de contenidos falsos y las realidades virtuales nos deshumanizan y, por lo tanto, nos alejan de nuestro verdadero proceso evolutivo al restarnos autonomía y acrecentar las brechas de desigualdad.

Modificamos nuestros hábitos de consumo, tendemos a la polarización y nos acostumbramos a prescindir de otros seres humanos. El aprecio, la empatía, la solidaridad, el entusiasmo, la fascinación y la admiración las hemos reducido a una reacción, a un like, quizá por eso dependemos cada vez más de su número que de nosotros mismos.

Activista social

@larapaola1

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