En la querella de las mujeres (querelle des femmes) encontramos los primeros movimientos de reivindicación femenina, a través de un largo y complejo debate filosófico, político y literario que tuvo lugar en Europa desde la Baja Edad Media hasta la Revolución Francesa, donde se discutió y cuestionó la supuesta inferioridad natural, intelectual e, incluso, moral de las mujeres.
A pesar de estar prohibido, durante el siglo XV las mujeres tomamos por primera vez la palabra en el espacio público, para defender nuestro cuerpo y capacidades, ya que el debate sobre la naturaleza y todo lo relacionado con nosotras era exclusivamente masculino.
De acuerdo con los registros históricos, la primera mujer que intervino en este debate públicamente fue Francia Christine de Pizan, quien en 1405 escribió “La ciudad de las damas”, donde tres grandes damas: la Razón, la Rectitud y la Justicia, se erigen como argumentos infalibles contra la misoginia. Y es que en ese momento la refutación de estereotipos se concentraba en desmantelar la oprobiosa idea de la inconstancia, infidelidad e inmoralidad natural de las mujeres, pues diversos autores de la época afirmaban que las mujeres deseaban y disfrutaban ser mancilladas sexualmente.
Más allá de la defensa de la capacidad intelectual de las mujeres y el derecho de acceder a la educación en todos los niveles y, en consecuencia, a todo tipo de empleos y espacios sin que medie discriminación alguna, lo cual en nuestros días sigue siendo una causa en la lucha por la igualdad sustantiva, me parece importante llamar la atención sobre la cosificación del cuerpo de las mujeres a través de la historia.
Sí, el cuerpo ha sido visto como tentación, pero, también invisibilizado; ha sido adornado, condenado y mancillado porque es la expresión más acabada de las mujeres. La diferencia más evidente se expresa en el cuerpo y el de las mujeres ha estado cargado de simbolismos, prejuicios y estereotipos. La polaridad entre los sexos esgrimida desde Aristóteles dio como resultado discriminación, segregación, abuso y desigualdad.
Nuestro cuerpo ha sido estigmatizado, sujeto a control médico y patriarcal durante siglos; en sus inicios la ciencia lo describió como inferior, incompleto, inestable y propenso a enfermedades; ha sido utilizado como justificación para la exclusión y señalado como objeto de perdición para los hombres. Bajo dichas premisas, lo ideal sería que las mujeres no tuviéramos cuerpo, que fuéramos nada.
El cuerpo femenino ha sido un territorio político, social, económico y cultural, un objeto moldeable conforme a los intereses y caprichos de cada época. Paradójicamente sin él la humanidad no existiría. Su simbología en la historia ha recorrido la fertilidad, la belleza, la riqueza, la vergüenza y el horror.
El cuerpo de las mujeres ha sido un campo de batalla, objeto de violencia y un gran motivo en la lucha por nuestra autonomía. Ha sido todo, expresado todo y sufrido todo.
Los delitos más atroces como la trata de personas, el feminicidio, el abuso sexual y la mutilación se perpetran sobre el cuerpo femenino, ese que nos corresponde solo a nosotras y que se han empeñado en arrebatarnos desde siempre y para siempre. Por eso ha sufrido violencia sistémica, lo han convertido en botín de guerra, territorio de castigo y mensaje de terror.
Tenemos que hablar más de nuestros cuerpos, resignificarlos, revalorarlos, liberarlos de cargas ajenas, reposicionarlos y darles un lugar propio. Continuemos con la querella de la mano de las nuevas generaciones, de esas niñas y adolescentes que en su lucha conquistarán lo que ahora anhelamos: una vida libre de violencia.
Activista social. @larapaola1
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