¡Qué nos pasa!

Omar Vidal

A Héctor Suárez, actor y cómico genial e irreverente. Buen viaje.

 
Parece un chiste, pero trágicamente no lo es. Y, si lo fuera, no es de risa, pues es el futuro de la nación y de las nuevas generaciones de mexicanos lo que está en juego. Estamos ante un asunto de seguridad nacional, ni más ni menos. Es también sobre la presencia del Estado en el territorio nacional.
 
A ver: ¿por qué reducir de un machetazo, en pleno siglo XXI y en el momento más grave de la pandemia del coronavirus en México, el 75% del presupuesto de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp)? ¿A quién se le ocurrió semejante barbaridad y quiénes la aplaudieron? Y, todavía peor, ¿quiénes, pudiendo oponerse, no lo evitaron? ¡Valiente regalo le dieron a la Conanp para celebrar su veintésimo cumpleaños!
 
Y que no nos vengan con cuentos. Que no digan que no sabían que México es el cuarto país con la mayor diversidad biológica del planeta y que la mayoría de esa enorme riqueza natural se resguarda, precisamente, en las 91 millones de hectáreas que protegen las 182 áreas naturales protegidas federales que administra la Conanp. Que no digan que ignoraban que estos espacios de conservación son la forma más eficaz de proteger a las especies, los recursos naturales y culturas asociadas. Que no digan que no sabían que México ha sido reconocido internacionalmente por su liderazgo en este tema y que las áreas protegidas también contribuyen a proteger a los pueblos indígenas que allí viven.
 
Y por si acaso hay amnésicos, aquí va un recuento, o mejor, un último saludo a esa sexta parte de nuestro querido México que ahora estará desamparada, huérfana, olvidada.
 
Saludo a la reserva de la mariposa monarca en Michoacán y el Estado de México, la de Sierra Gorda en Querétaro, Guanajuato, San Luis Potosí e Hidalgo y el parque nacional Iztaccíhuatl–Popocatépetl en el Estado de México, Morelos y Puebla. Esos espacios que forman parte de las 36 áreas naturales que suman 1,729,164 hectáreas en la región centro y eje Neovolcánico.
 
Saludo muy especialmente a la reserva del Alto Golfo de California y Delta del Río Colorado en Baja California y Sonora, la de El Pinacate y el Gran Desierto de Altar en Sonora, y las islas del Golfo de California en Baja California, Baja California Sur, Sonora y Sinaloa, como parte de las 9 áreas naturales que protegen 2, 230, 372 hectáreas en la región noroeste y Alto Golfo de California. 
 
Saludo la belleza de la reserva Los Tuxtlas en Veracruz, la de Pantanos de Centla en Tabasco y Campeche, y el área del Cañon del Usumacinta en Tabasco, algunas de las 13 áreas naturales que protegen 2, 310, 190 hectáreas en la región planicie costera y Golfo de México. 
 
Y no me olvido de la reserva de Janos en Chihuahua, la de La Michilía en Durango y del parque nacional Cascada de Bassaseachic en Chihuahua, unas de las 11 áreas naturales que protegen 2, 301, 009 hectáreas en la región norte y Sierra Madre Occidental.

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Y la reserva Mapimí en Durango, Chihuahua y Coahuila, el área de Cuatrociénegas en Coahuila, el parque Cumbres de Monterrey en Nuevo León y Coahuila, parte de las 17 áreas naturales que protegen 3, 246, 339 hectáreas en la región noreste y Sierra Madre Oriental.
 
O las entrañables reservas de El Vizcaíno y Ojo de Liebre con sus maravillosas ballenas grises y a las ballenas azules y cachalotes de Bahía de los Ángeles, Canales de Ballenas y de Salsipuedes, todas en Baja California, y al parque nacional Cabo Pulmo en Baja California Sur, parte de las 19 áreas naturales que protegen 43, 471, 482 hectáreas en la región Península de Baja California y Pacífico Norte.
 
Y no quiero olvidar a las reservas de El Triunfo, Lacantún, Montes Azules, La Sepultura y el Cañon del Sumidero en Chiapas, los parques nacionales Benito Juárez, Laguna de Chacahua y Huatulco, y el área de Boquerón de Tonalá en Oaxaca, algunas de las 27 áreas naturales que protegen 11, 461, 244 hectáreas en la región frontera sur-Istmo y Pacifico Sur.
 
Ni a las reservas Chamela–Cuixmala en Jalisco y Sierra de Manantlán en Jalisco y Colima, y el parque nacional Insurgentes José María Morelos en Michoacán, parte las 29 áreas que protegen 15, 526, 963 hectáreas en la región occidente y Pacifico Centro.
 
Y termino saludando, con especial cariño, a las reservas de Sian Ka´an, Banco Chinchorro, Calakmul y Ría Lagartos, y a los parques nacionales de Tulum, Arrecife Alacranes, Isla Mujeres, Punta Cancún y Punta Nizuc, y el área de Yum Balam, algunas de las más importantes de las 25 áreas naturales que protegen 8,562,758 hectáreas en la Península de Yucatán y Caribe Mexicano. Las que, cada año, atraen a millones de turistas y generan miles de empleos y millones de dólares en divisas para México.
 
El compromiso de un país con el medio ambiente se puede medir por cómo cuida y protege sus áreas naturales; esos espacios elegidos libremente por cada nación para proteger a su flora y fauna y a sus servicios ambientales. Es, en primer lugar, un compromiso con los ciudadanos de hoy y de mañana, pero también un compromiso con la humanidad y con el planeta.
 
Y me pregunto: ¿dónde queda nuestra palabra con propios y extraños, con ésta y con las nuevas generaciones, después de ese machetazo presupuestario insensato a la institución encargada de velar por las áreas protegidas que son patrimonio natural y cultural de todos los mexicanos? ¿Con qué desparpajo se lo podemos explicar a las niñas y niños mexicanos?
 
Por lo pronto, ayer, 5 de junio, los mexicanos deberíamos haber celebrado el Día Mundial del Medio Ambiente. Pero las campanas no tocaban a fiesta, tocaban a funeral. Descanse en paz la Conanp.
 
Asante sana Carmen de Tord.

 

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