A mis compatriotas en estas horas y días aciagos.
Amados por unos, odiados por otros. Próceres inmortales, prohombres elegidos por La Providencia y el pueblo para salvar a la Patria. Sólo ellos son capaces de lograrlo, porque sólo ellos nos conocen de cabo a rabo. Los únicos capacitados de entender los deseos, los miedos y las aspiraciones más íntimas de los colombianos. Exclusivamente ellos tienen la capacidad de concebir una receta única para que todos vivamos felices.
Tan disímiles, pero tan similares que podrían pasar por hermanos gemelos. Como Rómulo y Remo, hijos de Marte, el dios de la guerra, amamantados por la misma loba y criados por el mismo pastor. Amigos de vagabundos y bandidos, Rómulo dio muerte a Remo y se convirtió en el primer rey de Roma. Rey de lo salvaje, Remo murió antes de llegar a la edad adulta, incapaz de someterse a las leyes del mundo civilizado. El ego y la ambición de trascender consumió esas dos vidas mitológicas.

Nuestros dos narcisos de carne y hueso son extremos inalcanzables que al tocarse generan chispas y alimentan esa suicida polarización tan familiar para los colombianos, acostumbrados a columpiarse entre conservadores y liberales. Esas profundas divisiones que persisten después de tantas décadas. Dos personajes incapaces de siquiera escuchar a los que no piensan como ellos, dos héroes impolutos e infalibles amados por sus partidarios, odiados por sus opositores.
Uno, exguerrillero atrapado entre la lucha libertaria patriotera y las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia, soñando despierto con las peripecias mágicas que El Gabo nos regaló en sus Cien años de soledad. Despistado y peleonero, impelido por esa urgencia revolucionaria de emular a Simón Bolívar empuñando su espada liberadora. Aquel que, en su delirio de grandeza, durante cuatro años se peleó con tirios y troyanos con mensajes trasnochados en las redes sociales, o en la vida real arengando en las Naciones Unidas y las calles de Nueva York. El que abandonó el poder, el 7 de agosto, dejándonos en sus redes sociales un muñeco sonriente y galán –parecido a él–, generado la inteligencia artificial, y en la vida real saliendo de la Casa de Nariño con paso solemne, vestido de blanco y con tenis rumbo a la inmortalidad.

El otro, empresario más trumpista que Donald Trump. Propulsado por la inteligencia artificial, las redes sociales y sus propias fantasías como engendro cívico militar todopoderoso, tomó posesión como presidente, el 7 de agosto, en dos actos que le recetaron al país una probadita de cómo vislumbra su mandato. Le pusieron la banda presidencial en la arena de una universidad –no en el Congreso–, mientras en la televisión nos arrullaban sendos sermones de un rabino iracundo, un evangelista fanático, y un cura y un obispo católicos intentando mesurar su júbilo mientras nos bendecían. Todo un despliegue de fervor celestial de un hombre que durante buena parte de su vida se había declarado abiertamente ateo. Milagros de la política.
Acto seguido, un sortilegio que el propio mago escapista Houdini envidiaría: transmutarse en la oscuridad al compás de El Aleluya e imágenes superpuestas de la Virgen María, y reaparecer en un batallón militar dando su primer mensaje a la Nación, frente a cadetes que aburridos dormitaban piropeados por tanta vanidad. “Firmes por la Patria” y “Viva Cristo Rey”, fueron algunas de las memorables y arrebatas consignas con las que el felino (él mismo se bautizó, “El Tigre”), con saludo militar, concluyó su arenga violadora de la Constitución.

Los cínicos dirán que estos dos personajes representan lo mejor y lo peor que traemos los colombianos dentro. Que encarnan y amalgaman, por un lado, esa violencia tan nuestra, esa lucha interminable entre la búsqueda de la justicia social en medio de las dolorosas décadas de muerte que trajeron guerrillas, paramilitares y una clase política corrupta y mal oliente –aliados los tres con el crimen organizado. Y, por otro lado, esa tierra maravillosamente bella y sin igual, biodiversa, llena de gente trabajadora, emprendedora y solidaria que es feliz a pesar de todo.
Hoy, en tiempos aciagos cuando los colombianos apenas empezamos a darnos cuenta de los impactos del terremoto de hace siete días, el nuevo presidente tiene la gran oportunidad de dejar atrás su talante beligerante, trivial e irreflexivo para demostrarles a los que votaron por él – y a los que no–, que puede ser un líder sabio y compasivo comprometido a buscar la unidad nacional que tanto nos hace falta. Y, el expresidente, por su parte, puede dejar brotar su mejor versión de hombre de Estado, demostrarles a sus críticos y adversarios de qué madera está hecho, y extender la mano abierta a su sucesor en aras de la concordia.
Es la hora de la verdad, presidente y expresidente. La hora de la reconciliación en la que ustedes dos pueden demostrarnos en los hechos ese amor a la Patria que no cesan de clamar a los siete vientos. También es la hora de la verdad para que los seguidores de ambos se extiendan la mano con generosidad y cesen el encono. ¿Será mucho pedir por Colombia?

