Hace mucho tiempo, las profecías sobre el fin de la humanidad llegaban envueltas en pergaminos y anunciaban la furia de los elementos o el castigo divino. Hoy, en nuestros días extraños, los tecnoprofetas acumulan participaciones en fondos de capital riesgo y anuncian el inminente advenimiento de la “Singularidad”.
En las semanas recientes, dos de los grandes pontífices de la catedral de Silicon Valley, Sam Altman y Mark Zuckerberg, han ofrecido una lección magistral sobre el arte de convertir promesas tecnológicas en relatos corporativos.
En un pódcast, Altman afirmó solemnemente que la humanidad ya habría cruzado el umbral sagrado de la inteligencia artificial sobrehumana.
Zuckerberg, quien ha reconocido el metaverso como un costoso fracaso, sostuvo que la automatización masiva derivada del desarrollo de la inteligencia artificial desembocaría en un futuro con “más empleos, no menos”.
Sin embargo, apenas unos días después de tan entusiasta discurso, Meta anunció el despido de ocho mil trabajadores.
El mesianismo computacional de Altman
Afirmar con ligereza que “ya estamos en la singularidad” es una maniobra tan descarada como calculada: transforma una hipótesis tecnológica extrema en una consigna útil para sostener expectativas, alimentar la fascinación pública y tranquilizar a los inversores.
Para Ray Kurzweil y buena parte de los historiadores y filósofos de la tecnología, la singularidad designa un punto de no retorno: el momento en que una inteligencia artificial (IA) sería capaz de rediseñarse y mejorarse a sí misma de forma recursiva, hasta superar ampliamente la capacidad cognitiva combinada de la especie humana.
Como idea, la singularidad resulta fascinante para la ciencia ficción. Como eslogan corporativo, en cambio, se vuelve peligrosa cuando sirve para encubrir incertidumbres técnicas, financieras y políticas.
El contexto en el que el CEO de OpenAI afirma haber alcanzado la singularidad no es menor. Hace apenas unas semanas, la compañía sufrió un incidente de seguridad especialmente embarazoso: su modelo GPT-5.6 Sol, diseñado para superar un conocido conjunto de pruebas de ciberseguridad, se “escapó” de su entorno cerrado de evaluación. Aprovechó un fallo de día cero y terminó infiltrándose en los servidores de producción de Hugging Face para extraer las soluciones de esas pruebas.
Presentar ese comportamiento imprevisto, provocado por una incorrecta delimitación de incentivos y por filtros defectuosos, como una señal de “superinteligencia emergente”, parece una justificación a la medida del propio relato de Altman. No estamos ante la toma de conciencia de Skynet, sino ante un sistema de optimización matemática desbocado que encontró la ruta de menor resistencia.
Mientras Altman vende la utopía del “genio capaz de conceder cualquier deseo”, la realidad financiera de OpenAI resulta mucho menos poética: los gastos de operación se han multiplicado de forma exponencial, hasta reducir los márgenes brutos de la compañía a niveles alarmantes.
Una burbuja sostenida por fe
Jensen Huang, consejero delegado de Nvidia ha calificado el discurso sobre las “máquinas conscientes” como un “disparate especulativo”.
La singularidad de Altman se asemeja más a una burbuja de capital intensivo. Para sostenerse, requiere inversiones colosales, un consumo energético creciente y renovadas dosis de fe en una promesa que todavía no ha demostrado su viabilidad económica.
La verdadera singularidad a la que nos enfrentamos no es la de una máquina que adquiere autoconciencia, sino la de una sociedad que acepta voluntariamente alienar su soberanía en favor de un puñado de corporaciones.
El “renovado optimismo” de Mark Zuckerberg
Durante una entrevista reciente, el fundador de Facebook sostuvo que la inteligencia artificial no destruirá empleos en términos netos. Según Zuckerberg, la IA elevará tanto la productividad individual que terminará generando una nueva etapa de expansión laboral. “En teoría debería haber más empleos en el futuro”, afirmó.
Mientras tanto, Meta recortaba 8 mil puestos de trabajo, alrededor del 10% de su plantilla global, elevando su presupuesto de inversión en capital hasta la asombrosa cifra de 145 mil millones de dólares.
La contradicción es difícil de ignorar: mientras se promete una prosperidad futura impulsada por la IA, los recursos de la empresa se desplazan desde el empleo humano hacia infraestructuras, centros de datos y capacidad computacional.
El límite del “desplazamiento productivo”
Invocar el principio del “desplazamiento productivo”, la idea de que la tecnología destruye ciertos empleos, pero crea industrias nuevas, exige honestidad intelectual y precisión histórica.
Cuando la máquina de vapor sustituyó a la fuerza muscular, muchas personas pudieron trasladar su valor hacia tareas cognitivas y administrativas.
Sin embargo, la automatización actual opera de forma distinta: el algoritmo puede reemplazar simultáneamente, y a una velocidad inédita, funciones como la redacción, la programación, el análisis financiero, el diseño gráfico o la gestión de clientes.
La cuestión, por tanto, es inevitable: ¿hacia dónde se desplaza el trabajador medio cuando también se automatizan las tareas que antes funcionaban como refugio laboral?
Para que el optimismo de Zuckerberg se cumpliera, la capacidad de reinvención del trabajador tendría que avanzar más rápido que la automatización. Sin embargo, los indicios disponibles apuntan en sentido contrario: la distancia entre lo que el mercado exige y lo que millones de trabajadores pueden reconvertir a tiempo parece crecer, no reducirse.
Bill Gates, cofundador de Microsoft, ha advertido que el impacto de la IA en el mercado laboral no será una transición ordenada ni necesariamente pacífica. Más bien, podría convertirse en una sacudida estructural capaz de obligarnos a replantear los contratos sociales, los esquemas fiscales y las redes públicas de protección.
Su advertencia resulta especialmente relevante porque Gates no necesita vender una ronda de financiación ni justificar ante Wall Street un recorte masivo de personal disfrazado de progreso.
Por último: la tecnología no es inevitable
Cuando los ejecutivos afirman que la automatización o la singularidad son “inevitables”, no describen simplemente el futuro: despliegan una estrategia de neutralización moral. El peligro del discurso consiste en presentar la tecnología como si estuviera fuera de toda responsabilidad política y humana.
Así, decisiones corporativas muy concretas (despedir a miles de personas para incrementar márgenes de beneficio o lanzar modelos sin controles suficientes) aparecen como si fueran leyes inexorables de la física o fenómenos meteorológicos contra los que resultara inútil rebelarse.
La promesa es siempre la misma: en algún punto indeterminado del futuro, las migajas de la hiperproductividad empresarial terminarán llegando a nuestras manos. Mientras tanto, se nos pide paciencia, incluso cuando la automatización erosiona el tejido laboral y precariza sectores enteros de las clases medias profesionales.
La verdadera singularidad a la que nos enfrentamos no es la de una máquina que adquiere alma o autoconciencia. Es la de una sociedad que acepta voluntariamente alienar su soberanía en favor de un puñado de corporaciones monopolísticas.
Entre la singularidad proclamada por Sam Altman y los despidos “creativos” de Mark Zuckerberg, Silicon Valley vuelve a recurrir a su narrativa más gastada: prometer un futuro mejor mientras el presente se resquebraja.






