Un año después

Mónica Lavín

Sobrevivir en pandemia nos coloca de otra manera frente al regreso al antes. Acortar la distancia será uno de los objetivos

¿Qué habremos aprendido de los modos de trabajar en pandemia y que quedará de ellos cuando regresemos a la “normalidad” o intentemos proseguir con el antes?

Puedo hablar desde mi trinchera. No me refiero al trabajo de escritura tanto para esta columna —que agradezco que leas porque me mantiene a flote— ni los cuentos, novela, textos deshilachados en los que avanzo con lentitud, pues ese hacer repite las condiciones del encierro (aunque valga decir que no sólo se escribe cuando se escribe sino cuando se viaja, se conversa, se observa, se pasea y la imaginación también necesita airearse). Si no a las clases a distancia en la educación superior (Creación Literaria en la UACM). Hace un año nos tuvimos que mudar súbitamente a las plataformas virtuales sin tener experiencia en su manejo ni nosotros los profesores ni los estudiantes. Al principio el desconcierto era grande, así como el estrés tecnológico por resolver el buen curso de las materias, pero poco a poco las bondades de la virtualidad fueron evidentes. La presentación de temas a través de herramientas múltiples enriquecía las posibilidades que el salón de clases difícilmente ha permitido; se podía escuchar música ilustrativa, ver escenas de películas, entrevistas, compartir información y links inmediatos en el chat paralelo al transcurso de la clase. La clase virtual proponía el acceso a libros y lecturas y, sobre todo, lograba sortear las dificultades de traslado en la ciudad de manera que, desde puntos extremos, los estudiantes y yo misma asistíamos puntuales a nuestra cita ya no en San Lorenzo Tezonco (al oriente de la ciudad) sino en la pantalla. Se inauguró un mapa distinto para el acomodo de materias, para interactuar con profesores de otro plantel: se abolió la distancia. Permitió combinar estudio y trabajo, incluso evitar ciertos peligros urbanos como los asaltos frecuentes en el transporte público del Metro al plantel donde yo trabajo. La asistencia aumentó y se sostuvo a lo largo de las semanas del semestre. También me cansé más. (Lo que hay que hacer con la voz cuando el cuerpo está inmóvil me recordaba mucho a mis primeras participaciones en un programa de radio llamado Muy interesante. Al terminar el par de horas de transmisión, aunque tenía dos compañeros versados en temas científicos, me daba un hambre atroz, como si hubiera subido el Everest.) La cuadrícula del Zoom, el interés por mantener una tensión frente a un grupo que a veces ni rostro tiene sino sólo nombres o apodos provoca una tensión inusual, que seguramente es parte del entrenamiento.

Mi taller de narrativa también se mudó a la virtualidad y entonces pudieron participar interesados desde California, Carolina del Norte, Orizaba con sus historias difuminando cordilleras, desiertos y horarios. Comprendimos que el taller es un archipiélago, cada quien desde su isla construyendo una geografía común de palabras, de inquietudes, de destrezas y afectos.

Sobrevivir en pandemia nos coloca de otra manera frente al regreso al antes. Acortar la distancia será uno de los objetivos. En todos sentidos estar más cerca de los que queremos estar cerca y desgastarnos menos en las distancias que hay que recorrer para intentar estar cerca sin verdaderamente estarlo. Aparecerá un nuevo modelo híbrido sobre todo en una ciudad de distancias y multitudes que hará más eficiente el tiempo, y respetará el tiempo personal. Está por verse qué vamos hacer con esta vida de cuadritos (¡ya va un año!) cuando sean otras las condiciones.

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