Myriam Moscona: renovar el asombro

Mónica Lavín

La escritora Myriam Moscona y yo tenemos varias cosas en común. Nacimos el mismo año, nuestras hijas después del temblor del 85 y nuestros primeros nietos coincidieron en el 2018. Nos conocimos en un ecléctico taller que dirigía Felipe San José (fallecido hace poco más de un año). Si el taller no nos daba muchas herramientas prácticas, en cambio fue un espacio en el que nos acompañábamos en los tanteos escriturales. A mí me dio sobre todo mi primera amiga escritora. Luego coincidimos en la residencia de Banff Centre for the Arts en Canadá. Sin habernos puesto de acuerdo la habíamos solicitado el mismo verano del mismo año y tuvimos la dicha de ser aceptadas. Ahí descubrí el oído fino que tienen los poetas, la manera en que miran el paisaje para encontrarle analogías y hacer incluso cuadros impresionistas con palabras. Fuimos muy dichosas compartiendo textos cuando Myriam abordaba el barco pesquero en medio del bosque que era mi impensable estudio, aunque el lujo era visitar el que a ella le correspondió porque era ancho, luminoso, permitía ver a los venados y se llamaba Hemingway. Era el apellido del arquitecto, pero el escritor Hemingway, ese tiro que se dio en la cabeza matando al myself, es el asunto de uno de los poemas de su reciente y jugosa publicación: La muerte de la lengua inglesa. Allí habitan los escritores que ya no tienen un domicilio conocido, escritores ingleses o estadounidenses que, como apunta el epígrafe de John Donne con que abre el libro, han sido traducidos a un lenguaje mejor. La inmortalidad.

El libro es un bello objeto cmo son las publicaciones de Almadía, acompañado de la ilustración inteligente de Alejandro Magallanes, que no sólo hace estos retratos-viñetas de los escritores aludidos sino que juega con el propio idioma, acorde al tono del libro. Moscona, gozosa también de la poesía visual, ha hecho un recorrido lúdico, informado y agudo alrededor de la forma de partir, o de escribir, o de referirse a la muerte de escritores conocidos y desconocidos que, como un álbum de familia literario, son detenidos por su mirada indagadora.

Los poemas de este libro se desgajan con naturalidad ofreciendo pistas y deleites escondidos con cada lectura. Así hurgo, disfruto, leo y releo, me pregunto, quiero saber más y me asombro de las averiguaciones de la poeta que ya nos había dado un revés a los prosistas con su novela Tela de sevoya por esa forma de esculpir el lenguaje, por todo lo que tiene que decir. Aquí Hart Crane se tira por la borda de un barco que regresa del Golfo de México a Nueva York y nunca cumple su deseo —fabulado por Moscona— de incrustarle a su padre el salvavidas que inventó y así vengar las palizas que le daba su madre. Moscona ha husmeado en las vidas, se ha subido al taxi donde murió Robert Lowell en Manhattan. Con qué verdad dice que le hubiera gustado leer el poema imposible de Lowell sobre su propia muerte. Ágatha Christie es una piedra desaparecida 11 días en un hotel, despechada. Una mujer dentro de otra mujer, más amatista y camaleónica, como personaje de sus propias novelas. La fascinación biográfica ofrece un material nutricio para aquellas lecturas en la lengua imperial, en la lengua blusera, avispada, negra, vulgar, negociante, futurista, carnosa, ‘minimal’ a las que invita Moscona. Como el poema bisturí que hace la autopsia adjetivada de la lengua inglesa y que atraviesa todo el libro, ensarto mi asombro por este poemario invitador de lecturas infinitas y subrayo mi admiración por la escritura de Moscona que se suma al privilegio de la coincidencia y la amistad.

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