Confeccionar mundos de palabras para construir una realidad que surge en el acto de la lectura es crear una vida paralela. Escribir es abrirle un boquete a la circunstancia para atiborrarla de palabras que den la ilusión de realidad. La ficción es arte de engaño para mirar mejor. Y los que escribimos cuentos y novelas nos tenemos que adiestrar en ese convencimiento palabrero donde somos los primeros en rendirnos al tejido de nuestra imaginación.

Me gusta escuchar a los deportistas cuando hablan de entrenar. Esa disciplinada repetición de movimientos que crea destreza y aptitud para algún desempeño. De alguna manera los escritores cada vez que escribimos estamos entrenando. Pero también estamos entrenando cuando leemos y nos volvemos cómplices de las decisiones del escritor, cuando nos llenamos la bolsa de los asombros por dar forma a la mirada y crear un efecto. Como lectores queremos espiar el truco, el entrenamiento detrás de logro. Si bien no hay fórmulas para la escritura, hay premisas compartidas, brújulas para la propia escritura. Una de ellas es que no hay que explicar sino mostrar. El artificio verbal exige que se haga sentir lo que sucede, no señalarlo, si se quiere convencer.

Hace poco releía un cuento de Chinua Achebe, el autor nigeriano que colocó la escritura anglófona africana en la escena literaria mundial en los 60, “Nene de azúcar”. Además de gozar el humor con que capotea la tragedia, agradecí la lección detrás de una frase. Resulta que a Cletus la carencia de azúcar durante la guerra civil lo llevó a conductas desbordadas, como perder a la mujer que amaba por unos terrones de azúcar. El amigo de Cletus, que refiere la historia, observa a su amigo victorioso arrojar terrones de azúcar por la ventana, ahora que los puede tener, y describe su rostro de esta manera: pero al hacerlo su cuadrada mandíbula parecía firmemente compactada, luego se disolvería en la suave infusión de una vaga sonrisa. Con esa frase nos coloca frente a esos terrones compactos que se deslíen en la taza de té inglés.

Los escritores que admiramos crean atmósferas anímicas a través de imágenes poderosas como cuando Cary Kerner en el cuento maravilloso recogido por Valadés, “Olaf oye tocar a Rachmaninov” nos hace mirar cómo el marinero, que jamás ha ido a un concierto de piano, se ha apropiado de la música: Y todo el tiempo uno podía oír dos tonadas tan claro, como el agudo graznido de una gaviota contra el mar encrespado. Y de repente alzó las manos y los detuvo en el aire. ¡Por Dios que uno podía oír la melodía escurriendo de sus dedos en alto!

Por eso Mercé Rodoreda, en su espléndido prólogo a la novela Espejo roto, comparte esa batalla por mostrar y no explicar. …No he de decir a lector que Colometa está desesperada sino que he de hacerle sentir que lo está. Y para que lector vea la desesperación de Colometa me veo obligada a escribir: “Y fue aquel día cuando me dije que se había acabado. Palomas, vezas, abrevaderos, comederos, incubadoras, palomar y escalera de albañil, ¡todo a paseo! Esparto, bola de azufre, buche, ojitos rojos y patas rojas, ¡todo a paseo!… Tomo nota para el entrenamiento y la batalla de crear una ilusión de realidad que cale hondo desde el artificio de palabras hilvanadas.

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