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Con el Premio Nobel de Literatura ganamos todos

Mónica Lavín

En medio de la sinrazón, del desdén a las ciencias y las artes, de la imposibilidad del diálogo, el anuncio de los recientes Premios Nobel descorre las cortinas del horizonte porque celebran la hazaña humana en el conocimiento y en las posibilidades de la expresión artística. Gracias al Premio Nobel de Literatura podemos leer otras tradiciones, reconocernos en su universalidad, conmovernos con los temas profundos que nos atañen y afirmar con alivio que todo ello es más abarcador, más vasto que la inmediatez política y la división como una forma de gobernar en algunos países. 

Mientras el presidente Trump se ríe de la amenaza mortal del Covid-19 abandonando el hospital antes de tiempo, desdeñando el cubrebocas y sintiéndose un superhéroe, su connacional Louise Glück, poeta nacida en 1943 en Nueva York que actualmente vive en Cambridge, Massachusetts, es elegida como el Premio Nobel de Literatura en el 2020. No es un año cualquiera y su poesía, que tiene que ver con la vida y la muerte, con la oscuridad y los mitos, con las relaciones familiares, la infancia, con envejecer y habitar un cuerpo mermado en sus capacidades y un cerebro que puede complicarse en su pesca de palabras, es celebrada por su austera intimidad. Yo no la conocía, pero mis amigas poetas sí, como lo supe cuando el chat que tenemos un grupo de escritoras se llenó de la poesía de la galardonada: poemas en español, poemas en inglés. Sin vernos, sin siquiera oír nuestras voces, celebrábamos —desde distintas trincheras, las que ya la habían leído y reconocido su altura y las que descubríamos una mirada y una manera de nombrar— a la poeta premiada. Es cierto que también nos produjo regocijo el que fuese mujer, es cierto también que esa decisión balanceaba la ostentación de la ignorancia de una parte del país vecino. Dice la poeta que la noticia la tomó por sorpresa, no imaginaba que siendo blanca y estadounidense pudiera ser candidata. Me doy cuenta que descubrir un escritor, como un músico, como un artista plástico, es de alguna manera ser otra vez Cristóbal Colón atisbando una isla de América, o el capitán Scott llegando al Polo Sur, o Magallanes cruzando del Atlántico al Pacífico, o Hernán Cortés pasando entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, o Armstrong pisando la Luna. De la mano de un escritor se descubre una región inexplorada, se estrenan asombros, se revelan sensaciones. Las palabras muestran su capacidad topográfica, su aroma y su fuerza, a veces transformadas en otras por sus impensables alianzas, para taladrar la epidermis. Enfrentamos el espejo, el alcance del telescopio, la fineza del microscopio: esa cualidad óptica de la palabra escrita. Dan ganas de gritar “tierra a la vista”, porque estamos ante la posibilidad de aventurarnos, disponernos a los riesgos y a salir vivificados en la zozobra de nuestra condición mortal.

El efecto de un premio Nobel que no había sido leído más que en su lengua lo lleva a cualquier rincón del mundo; a sonar en japonés, en checo o en español. Esta vez la poeta multipremiada ha sido traducida con anterioridad al español, como nos lo hace saber Myriam Moscona, que conoce a Mirta Rosenberg, una de sus traductoras, en esa tertulia virtual donde los intercambios alrededor de la lectura y la escritura siempre refrescan y disuelven diferencias de opiniones, ahora podremos tener toda su obra el alcance, será patrimonio de muchos. Si la poesía tiene pocos lectores el Premio Nobel debe atizar la curiosidad de muchos más. Abona al misterio de la vida y a las preguntas que nos persiguen desde todos los tiempos. Louise Glück es ahora parte de la conversación. 

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