Recientemente participé como speaker en la California International Arbitration Week 2026, en San Francisco, uno de los foros más influyentes del arbitraje internacional y la mediación a nivel global. En estos espacios, el derecho deja de ser un lenguaje cerrado de tribunales para convertirse en lo que realmente es: una lectura directa de la economía global, la tecnología y las tensiones geopolíticas que hoy reconfiguran el poder.

Uno de los momentos más relevantes del programa fue un panel dedicado exclusivamente a México. Esto no es menor. Nuestro país ocupa una posición estratégica en las cadenas de suministro de América del Norte y en la arquitectura económica con California, lo que hace que su sistema de justicia influya directamente en la percepción internacional de certeza jurídica, riesgo de inversión y estabilidad regulatoria.

En ese panel participé junto con René de Liux, Sergio Hidalgo y Jeffrey Daar, en una discusión centrada en la reforma constitucional judicial y sus implicaciones para la confianza institucional, la inversión extranjera y el Estado de derecho.

La conclusión fue clara: en el arbitraje internacional, la justicia no es un asunto interno de los Estados; es una infraestructura crítica de la economía global.

Más allá del debate sobre México, hubo otra conversación que merece atención por sus implicaciones para el futuro de la justicia.

IA y computación cuántica: no son la misma revolución

El panel “Quantum Computing: The Next Legal Frontier Beyond AI” reunió a Gary L. Benton, Cynthia H. Cwik, Doak Bishop, Tim L’Estrange y Sarah Reynolds, y abrió una conversación que suele simplificarse fuera del ámbito técnico: la relación entre inteligencia artificial y computación cuántica.

Ahí intervino André König, CEO de Global Quantum Intelligence, con una precisión decisiva: no estamos frente a la misma revolución tecnológica. Con una explicación particularmente clara para una audiencia integrada mayoritariamente por juristas y especialistas en resolución de controversias, mostró que la inteligencia artificial y la computación cuántica suelen agruparse bajo una misma etiqueta de innovación, cuando en realidad responden a lógicas profundamente distintas.

La diferencia no es menor. La inteligencia artificial transforma la manera en que utilizamos la información. La computación cuántica tiene el potencial de transformar las reglas físicas y matemáticas bajo las cuales esa información puede procesarse y protegerse. Una revoluciona el contenido; la otra puede revolucionar la infraestructura que hace posible ese contenido.

Dicho de otro modo: la inteligencia artificial desafía la forma en que decidimos. La computación cuántica podría desafiar la infraestructura sobre la cual confiamos para decidir.

La mayoría de las personas piensa que la computación cuántica es simplemente una computadora más rápida. No lo es. Representa una forma distinta de abordar problemas que hoy parecen extraordinariamente complejos para la computación tradicional.

La inteligencia artificial opera sobre computación clásica: sistemas basados en bits. Un bit es la unidad mínima de información y solo puede encontrarse en uno de dos estados posibles: 0 o 1. Toda la infraestructura digital que conocemos —desde un teléfono móvil hasta los sistemas más sofisticados de análisis de datos— descansa sobre esa lógica binaria.

La potencia de la inteligencia artificial radica en su capacidad para reconocer patrones, procesar enormes cantidades de información y generar predicciones dentro de ese marco computacional.

La computación cuántica funciona de manera distinta. Su unidad básica no es el bit, sino el .

Mientras un bit debe encontrarse necesariamente en un estado definido —0 o 1—, un qubit puede existir en una combinación probabilística de ambos estados, o más, mediante un fenómeno conocido como superposición cuántica. La diferencia parece técnica, pero sus implicaciones son profundas. No estamos frente a una mejora incremental de la tecnología existente, sino ante una nueva arquitectura del cálculo.

König lo ilustró de una manera particularmente accesible: imaginemos un laberinto con millones de caminos. Una computadora tradicional debe explorarlos progresivamente. Una computadora cuántica puede mantener abiertas múltiples posibilidades simultáneamente.

A ello se suma otro fenómeno igualmente fascinante: el entrelazamiento cuántico, mediante el cual dos qubits pueden permanecer correlacionados incluso cuando se encuentran separados físicamente. El estado de uno influye en el otro de maneras que desafían nuestra intuición clásica sobre cómo funciona la realidad.

Por ello, muchos especialistas consideran que la representa un cambio de paradigma comparable a algunos de los grandes saltos científicos de la historia moderna.

No estamos frente a una evolución lineal de la tecnología existente. Estamos frente a una nueva arquitectura del cálculo. Y es precisamente aquí donde la conversación deja de ser tecnológica para convertirse en jurídica.

El punto crítico: la base invisible de la confianza digital

Gran parte del mundo contemporáneo —económico, jurídico y político— descansa sobre una premisa invisible: que los sistemas de cifrado actuales son prácticamente imposibles de romper con tecnología convencional.

Transacciones bancarias, contratos digitales, evidencia electrónica, comunicaciones confidenciales en arbitraje, secretos industriales, datos personales y propiedad intelectual dependen de esa arquitectura de seguridad. Sin embargo, ese supuesto ya no es completamente estable.

Aquí aparece un concepto que ya forma parte de las discusiones de seguridad global: (“capturar hoy, descifrar después”).

La lógica es inquietante. La información se obtiene hoy. Se almacena. Y se descifra en el futuro cuando la tecnología permita hacerlo.

Esto modifica por completo la percepción tradicional del riesgo. La pregunta deja de ser únicamente si algo puede ser vulnerado en el presente. La pregunta pasa a ser si la información que se captura hoy podrá ser leída dentro de diez o quince años.

Precisamente por ello, diversas agencias gubernamentales, organismos de ciberseguridad y centros de investigación ya trabajan en estrategias de transición hacia . No se trata únicamente de advertencias teóricas. Existen estructuras institucionales especializadas, equipos de expertos, programas financiados con recursos públicos y diseñados para enfrentar este escenario.

El debate, por tanto, ya no consiste en preguntarse si la computación cuántica llegará. La discusión se ha desplazado hacia una cuestión más práctica y urgente: cómo prepararse antes de que sus efectos sean plenamente operativos.

La analogía que el derecho todavía no ha incorporado del todo

La computación cuántica no es una bomba en el sentido clásico de destrucción física. Pero sí puede compararse con la energía nuclear en un aspecto fundamental: ambas alteran equilibrios.

La energía nuclear transformó la guerra, la diplomacia, la disuasión y el orden internacional. La computación cuántica podría transformar la infraestructura sobre la cual descansa la confianza global:

  • El equilibrio económico, a través de los mercados y las finanzas digitales.
  • El equilibrio militar, mediante la criptografía y la ciberseguridad.
  • El equilibrio científico, a través de nuevas capacidades de simulación y descubrimiento.
  • El equilibrio político, mediante el control de la información y las comunicaciones.
  • El equilibrio jurídico, a través de la autenticidad de la evidencia digital, la confidencialidad y la integridad de los procedimientos.

Y también un ámbito cada vez más relevante: la protección de la propiedad intelectual, los datos personales y los patrones de comportamiento humano (metadata) que hoy constituyen algunos de los activos más valiosos de la economía digital.

Su impacto no será necesariamente visible. Será estructural y cambiará quién puede confiar en qué y bajo qué condiciones.

México y la palabra clave del siglo XXI: certeza

Actualmente en México, el debate público gira en torno a la certeza institucional de un sistema de justicia en transformación. En los foros internacionales, sin embargo, la conversación avanza hacia otra dimensión: la certeza tecnológica que sostiene la confidencialidad, la evidencia digital y la integridad de los procedimientos.

Son dos niveles distintos de una misma pregunta.

¿Cómo se construye confianza en sistemas que están cambiando al mismo tiempo que el mundo que deben regular?

Porque la justicia no es únicamente un conjunto de normas o instituciones. La justicia es una tecnología social diseñada para producir confianza.

Pero esa confianza no depende solamente de tribunales sólidos o de infraestructuras digitales seguras. También depende de quién toma las decisiones y bajo qué condiciones.

Desde hace tiempo he sostenido una premisa que hoy adquiere una nueva relevancia: el derecho humano a una justicia humana.

La tesis parte de una idea sencilla. La tecnología puede asistir la función jurídica, acelerar procedimientos, organizar información y ampliar capacidades. Sin embargo, la responsabilidad de escuchar, comprender, ponderar y decidir sobre los derechos de las personas pertenece a una dimensión distinta.

No es únicamente una cuestión de eficiencia. Es una cuestión de legitimidad. Es una cuestión de dignidad humana. Y es, sobre todo, una cuestión de debido proceso.

El arbitraje como laboratorio del futuro

El arbitraje internacional ocupa una posición singular porque rara vez espera a que los problemas lleguen. Los enfrenta antes. Ahí convergen contratos globales, infraestructura crítica, inversión extranjera, comercio digital y disputas transnacionales.

Por ello, muchas preguntas que hoy parecen futuristas ya están presentes.

¿Qué ocurre con la confidencialidad si los sistemas de cifrado dejan de ser confiables en el tiempo?

¿Cómo se protege la evidencia digital cuando su integridad depende de estándares tecnológicos en transición?

¿Qué sucede con la igualdad procesal cuando una de las partes tiene acceso a herramientas de inteligencia artificial significativamente más avanzadas que la otra?

¿Hasta dónde puede automatizarse la argumentación jurídica sin alterar la naturaleza del debido proceso?

Y, sobre todo, ¿qué partes de la justicia pueden ser tecnológicas sin dejar de ser legítimas? Estas preocupaciones ya han comenzado a discutirse en la literatura especializada sobre arbitraje internacional y toma de decisiones asistida por inteligencia artificial.

La nueva frontera no es solo tecnológica, es de poder

La inteligencia artificial ya está transformando la producción jurídica. Sin embargo, la computación cuántica plantea algo diferente: La posibilidad de alterar la infraestructura que hace posible la confianza misma.

Eso obliga al derecho a cambiar de postura. Eso obliga al derecho a dejar de reaccionar y empezar a anticipar.

Porque cuando la tecnología avanza más rápido que las instituciones, la incertidumbre deja de ser un problema técnico. Se convierte en una condición de gobernabilidad. Una carrera por la confianza.

La inteligencia artificial desafía los procesos de decisión. La computación cuántica desafía la seguridad que sostiene esos procesos. Pero el verdadero desafío del derecho no es tecnológico. Es determinar qué aspectos de la justicia pueden automatizarse sin erosionar su legitimidad.

Desde hace años he sostenido una tesis que hoy adquiere una nueva dimensión: el derecho humano a una justicia humana. Esta preocupación encuentra eco en las que colocan la dignidad humana y la protección de la persona en el centro del orden constitucional.

La tecnología puede asistir, acelerar e incluso fortalecer numerosas tareas jurídicas. Puede ayudar al abogado. Puede auxiliar al árbitro. Puede apoyar al juez. Pero la responsabilidad última de escuchar a una persona, valorar sus argumentos, ponderar derechos en conflicto y asumir las consecuencias de una decisión continúa perteneciendo .

Esa afirmación no responde a una resistencia al progreso tecnológico. Responde a los principios que sostienen el debido proceso legal: El derecho de audiencia, el derecho de defensa, la imparcialidad, la motivación de las decisiones, la rendición de cuentas, etc. Todos ellos descansan, en última instancia, sobre la existencia de responsables identificables por las decisiones que afectan la vida de las personas.

Por ello, uno de los debates jurídicos más importantes de las próximas décadas probablemente no será hasta dónde pueden llegar las máquinas, sino hasta dónde estamos dispuestos a delegar en ellas funciones que históricamente han correspondido al abogado humano, al árbitro humano y al juez humano.

Porque preservar la dimensión humana de la justicia podría convertirse en una de las nuevas fronteras de los derechos humanos en la era digital y cuántica.

Y porque, en un mundo cada vez más automatizado, la confianza no dependerá únicamente de la capacidad de las tecnologías para decidir, sino de nuestra capacidad para garantizar que las decisiones que afectan la dignidad, la libertad y los derechos de las personas sigan teniendo un rostro humano.

Referencias:

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Cybersecurity and Infrastructure Security Agency, National Security Agency, & National Institute of Standards and Technology. (2023). Quantum readiness: Migration to post-quantum cryptography. U.S. Government.

Habermas, J. (1996). Between facts and norms: Contributions to a discourse theory of law and democracy. MIT Press. Material de consulta disponible en:

Mascelli, J., & Rodden, M. (2025). “Harvest now, decrypt later”: Examining post-quantum cryptography and the data privacy risks for distributed ledger networks (Finance and Economics Discussion Series No. 2025-093). Board of Governors of the Federal Reserve System.

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Preskill, J. (2018). Quantum computing in the NISQ era and beyond. Quantum, 2, 79.

Scherer, M. (2019). Artificial intelligence and legal decision-making: The wide open? Study on the example of international arbitration. Journal of International Arbitration, 36(5), 539–573.

Waldron, J. (2011). The rule of law and the importance of procedure (NYU School of Law Public Law Research Paper No. 10-73).

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