Entre pólvora, barcos y banderas, los piratas que asaltaron en las costas de América se volvieron el estereotipo de esta forma de vida, que hoy inspira a productoras como Netflix y Disney con hechos tan interesantes como históricos.
Antes de llegar al Caribe o al Golfo de México, dedicarse al robo y al pillaje a bordo de un barco ya era un oficio desde siglos atrás, por lo que seguro hay quien se pregunta si los piratas eran iguales en el Mediterráneo y en el Atlántico.
Esta entrega de Mochilazo en el Tiempo es para los curiosos que quieren conocer algunas diferencias entre piratas de aquí y allá, o descubrir por qué los malhechores de nuestras costas dejaron una huella tan llamativa en la historia.

El oficio de saquear barcos o puertos y luego darse a la fuga es una realidad en todo el mundo desde hace más de 3 mil años. Aunque inició en el mar Mediterráneo, la piratería tuvo un auge increíble en aguas americanas.
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En el siglo XVII los piratas eran conocidos como filibusteros, un término que surgió en Países Bajos y significa "saqueadores libres". Eran individuos que saqueaban en grupo, pero donde cada quien respondía sólo ante sí mismo.
Si el “Nuevo Mundo” era como un avispero de piratas fue por el Imperio Español, que dependía por completo de los barcos para enviar las riquezas que tomaba de América.
El punto débil de los españoles fueron sus constantes guerras con Inglaterra y Francia. En tierra firme podían proteger su fortuna, pero regresar a Europa siempre era aventurarse a lo incierto y eso lo aprovecharon marineros de otros reinos.
Las Antillas, el archipiélago más grande del Caribe, fueron el gran escenario de la piratería gracias al rey Francisco I de Francia, quien en 1537 declaró un visto bueno para todos los barcos que llegaran a puertos franceses con botines tomados en esas islas.
Luego la derrota de la “Armada Invencible” española ante Inglaterra en 1588, bajó de forma crítica la capacidad del imperio para proteger sus barcos cargados de maravillas americanas, de acuerdo con el libro El filibusterismo, de Jacques y Francois Gall.
Los Gall también dicen que poco después, la Isla de la Española se volvió un refugio para “[cristianos] protestantes, ladrones, criminales evadidos, desertores del ejército y la marina”.
Con España concentrada en gobernar México y Perú, la vida ahí era muy tranquila. Esos prófugos de la ley vivían en paz dedicados a ahumar carne en una suerte de parrilla llamada bucan, que luego usaban en trueques con los grandes barcos que iban camino a las colonias: esos “comerciantes” eran los bucaneros.
Esa calma no duró porque muchos bucaneros no eran católicos, así que España los atacó. No podían huir muy lejos, así que llegaron a la vecina isla de la “Tortuga” -sí, la misma donde Jack Sparrow intenta reclutar marineros.
Los bucaneros restantes se vieron como presa fácil y en 1620 formaron la Cofradía de los Hermanos de la Costa, una sociedad para proteger entre todos la libertad que cada bucanero había logrado por la fuerza, según los Gall.
El “punto y aparte” de la piratería se debe a los Hermanos de la Costa y su vida en Tortuga, donde todos tenían derecho a un salario, pero no había propiedad privada y donde sólo se votaba por un “gobernador” cuando la ocasión lo requería.
De ese modo, cualquier “hermano” de la cofradía podía tripular cualquiera de los barcos atracados en Tortuga. Nadie tenía prestaciones, pero tampoco la obligación de arriesgarse en los asaltos a naves mercantes; podían cazar y cultivar si eso querían.
Las leyes en la vida de los Hermanos de la Costa le ponían un alto a los prejuicios de nacionalidad y religión. En cierto modo, también se impedía la esclavitud, pues nadie podía interferir en la libertad de otro.
Los tesoros escondidos parecen ser un mito, pues J. Gall y F. Gall señalan que era más usual que los piratas gastaran conforme ganaban. De hecho, a los prisioneros les sorprendía ver que en un barco pirata la comida no tenía que racionarse como en uno militar.
Pocas veces había algún marinero que destacaba por su bravura y liderazgo, ellos eran los pocos que llegaban a retener un barco y un círculo de seguidores que lo acompañaban en cada asalto, piratas notorios como Jean-David Nau “El Olonés” y Henry Morgan.
Morgan y “El Olonés” eran muy temidos porque, más que el oro, parecía motivarlos la crueldad. Si hoy existe el estereotipo de piratas de sangre fría, fue por las leyendas que dejaron ellos, aunque la mayoría de los filibusteros era menos salvaje.
En realidad, si un barco pirata abordaba un barco mercante era más común que interrogaran a cada “alma” presente. A los oficiales se les respetaba, a los nobles o adinerados se les cuidaba para pedir un rescate y acosar a las mujeres estaba prohibido.
Quien sí podía pasarla mal era el capitán vencido, porque si la tripulación lo delataba como injusto o abusivo, los piratas lo hacían probar el dolor del látigo.
Otra creencia errónea fue que los piratas eran todos ignorantes o incivilizados. Según el recuento de El filibusterismo, hay registros de que al momento de repartir un botín, una fracción considerable iba a manos de los especialistas y técnicos del barco.
Se contaban pocos carpinteros, médicos o navegantes entre los prófugos de la Tortuga, pero sí que los había. Los Gall explican que se le pagaba bien a los bonds-men (exesclavos blancos) porque solían aprender de los esclavos negros “la ciencia de las plantas farmacéuticas”.
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Un técnico al que se le tenía que escuchar, tanto o más que al capitán, era el contramaestre de vela, que al conocer tanto la ciencia de navegar como las cualidades del barco podía evitar que un viento rompiera el mástil, por ejemplo.
Ya en la década de 1640, las coronas europeas no podían actuar sin considerar a los incontables piratas en el Caribe y en el Golfo de México. Lo interesante es que el problema fue mucho más allá de algunos prófugos robando barcos.
La libertad de vivir lejos de su estricto reino casi siempre sedujo a los exploradores y militares, que llegaban de parte de su rey a poner orden pero terminaban coludidos con la piratería. Con esos nuevos “reclutas”, los piratas se volvieron una astuta fuerza política.
Un rey podía pasar un par de años engañado antes de descubrir que su enviado no estaba gobernando en su nombre. Al mismo tiempo, otro rey podía pasar unos años dando permisos llamados “patentes de corso” para atacar barcos de un país enemigo -de ahí los famosos corsarios.
Por si fuera poco, para entonces los piratas ya no se limitaban a merodear en busca de presas casuales. Con el auge de Tortuga, la nueva moda era organizar “expediciones” a gran escala.
Henry Morgan destacó ahí por ser más dado que otros a los ataques terrestres en las expediciones, a él se deben algunos saqueos en Panamá, Colombia, Jamaica y Cuba, entre otros. Esto quiere decir que además, las potencias occidentales tenían pérdidas mayores cuando los piratas asediaban un puerto.
En los mejores días de la Nueva España, la marina repelía el asalto (como con John Hawkins y Francis Drake en 1568). Un siglo después, en cambio, Morgan tuvo éxito en su ataque a Campeche de 1661.
Sólo dos años después, una flotilla de filibusteros al mando del militar y corsario inglés Christopher Myngs saqueó Campeche de nuevo. La ciudad perdió infraestructura y numerosas vidas, no sólo riquezas.
Quizá uno de los peores momentos para las costas mexicanas fue obra de Laurens de Graaf, un pirata de Países Bajos apodado Lorencillo y que venció las defensas del fuerte de San Juan de Ulúa para asolar el Puerto de Veracruz por tres días en 1683; también habría tocado tierra mexicana el pirata Michel de Grammont.
Los filibusteros de Tortuga empezaron a desaparecer en 1690, cuando una guerra entre Inglaterra y Francia alcanzó las fibras nacionalistas de los habitantes de la isla pirata, con lo que no hubo más Hermanos de la Costa.
Hubo otros piratas de renombre, como Bartholomew Roberts, de buenos modales y cientos de asaltos exitosos; Anne Bonney, irlandesa, y Mary Read, su compañera, mujeres piratas que vestían como hombre famosas en el Caribe; o el extravagante bravucón de Edward Teach “Barbanegra”; pero con la muerte de Roberts en 1722 se considera el ocaso de ese modo de vida.
Jacques y Francois Gall opinan que no hay una “versión de tierra firme” de los piratas porque el mar suponía una libertad distinta, que se prolongaba en una buena guarida, donde la forma natural de una costa facilitara desde emboscar inocentes hasta resistir asedios.