Las recientes hostilidades entre Estados Unidos e Irán preocupan a muchos por el temor de que escale a una tragedia de catastróficas proporciones en pleno siglo XXI. Esta confrontación tiene décadas gestándose y no parece haber un fin alentador.
Por sorprendente que parezca, estas dos naciones solían tener una próspera relación entre los años 50 hasta fines de los 70, cuando el país del Medio Oriente pasó por un proceso de occidentalización bajo el régimen del sha Mohammad Reza Pahlavi.
La monarquía de Pahlavi dio grandes beneficios para Estados Unidos, con facilidades sobre petróleo y recursos iraníes, mientras una creciente parte de su población resentía la desigualdad en riqueza y el olvido de principios fundamentalistas del Corán.
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Para 1978, quienes exigían la caída del sha se unieron bajo el liderazgo del Ayatollah Ruhollah Musavi Jomeini, desatando la Revolución Islámica. Pahlavi claudicó y abandonó su país el 16 de enero de 1979, con la certeza de que tendría una soga al cuello si volvía; para abril de ese año, se instituyó la República Islámica de Irán.

El respaldo que Estados Unidos daba al depuesto sha provocó una enemistad con el recién formado gobierno musulmán, alcanzando niveles extremos a finales de octubre de 1979, cuando la administración de Jimmy Carter permitió que Reza Pahlavi recibiera tratamiento contra el cáncer en Nueva York, lejos de la justicia iraní.
El gobierno y población islámicas exigían la entrega del ex monarca, pero la Unión Americana argumentó “razones humanitarias” para negarla. Ante los ojos de Irán, éste sería el último abuso que la potencia occidental ejercía sobre su país.
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Según describió el sitio Office of the Historian, los estadounidenses en suelo iraní “se convirtieron en objeto de críticas virulentas y la embajada de la nación norteamericana en Teherán era un objetivo obvio”. Así inició la “crisis de los rehenes”, con estudiantes radicalizados invadiendo la sede de la Unión Americana y capturando a sus trabajadores durante 444 días.

La manifestación terminó con la sede diplomática invadida
En la primera plana del 5 de noviembre de 1979, EL UNIVERSAL informó sobre la irrupción en la embajada de E.U. en Teherán, ocurrida un día antes. Cientos de universitarios se apañaron afuera de la sede, gritando “Muera Estados Unidos”, quemando banderas y carteles con la cara del entonces presidente Jimmy Carter, mientras otros recitaban versículos del Corán y cantos revolucionarios.
Para las 10:30 de la mañana, un grupo de estudiantes brincó las altas rejas exteriores para entrar. Marines que protegían el recinto lanzaron bombas lacrimógenas sin recurrir a disparos, pues sabían que eso desencadenaría peores resultados.
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Los soldados debían retrasar la inevitable entrada de manifestantes, ganando tiempo para que los empleados destruyeran información delicada dentro de la embajada. Después de dos horas, los universitarios se adueñaron de la sede diplomática.

Según declaró el vocero estudiantil, “la oficina del Ayatollah Jomeini no se opuso a nuestra acción […] Jomeini está con nosotros y los guardianes de la revolución nos protegen, nuestra ocupación de este edificio refleja las demandas populares”.
La televisora estadounidense ABC entrevistó a Fereshteh Emamy, una joven iraní que trabajaba como traductora en la embajada estadounidense. Según comentó, personal de seguridad trasladó a algunos empleados al segundo piso y los encerró, pidiendo que permanecieran calmados y en silencio.
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Horas después y según el testimonio de Emamy, los estudiantes gritaron a través de la puerta “si salen y no se resisten, no los lastimaremos; sólo queremos quedarnos aquí y hacerles unas preguntas”. Siendo la única opción, todos los empleados salieron; les cubrieron los ojos y ataron de manos, pero sin violencia, destacó la joven.

Quedaron en cautiverio 66 trabajadores estadounidenses
Para el 5 de noviembre de 1979 se confirmó que los manifestantes radicalizados tenían cautivos a 66 estadounidenses que laboraban en la embajada, desde personal de limpieza hasta diplomáticos y soldados. Su petición era la entrega del sha a Irán.
La primera postura de Jimmy Carter fue negociar e imponer sanciones económicas, sin ejercer maniobras militares, pues los estudiantes iraníes amenazaban con matar a los rehenes “a la menor señal de que Washington intente usar la fuerza para rescatarlos”.
En nuestra edición del 8 de noviembre de 1979, se informó que el Ayatollah Jomeini condicionó cualquier trato con la Unión Americana a cambio del sha y un “fin a las actividades de espionaje estadounidense”.
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Para el 14 de noviembre y siguiendo su línea de sanciones para obtener la liberación de los rehenes, Jimmy Carter firmó la Orden Ejecutiva 12170, congelando todos los activos del gobierno iraní en bancos de la Unión Americana.

A pesar de la hostilidad entre ambas naciones, los captores aseguraron que ningún rehén corría riesgo de salud o seguridad y para el 19 de noviembre de 1979, decidieron liberar a 13 cautivos por tratarse de “mujeres o negros”, según indicó EL UNIVERSAL.
Para principios de 1980, el nuevo presidente iraní, Abolhassan Bani Sadr, afirmó que “la única condición para la liberación de los norteamericanos era el reconocimiento por parte de Estados Unidos de sus ‘delitos’ en Irán y del derecho de este país a obtener la extradición del derrocado monarca”.
También en el territorio de la Unión Americana se suscitaron manifestaciones de residentes iraníes que exigían la entrega del sha, amenazando con cometer actos de violencia contra estadounidenses.
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De acuerdo con reportes en EL UNIVERSAL, legisladores republicanos pidieron la deportación de todos los ciudadanos de Irán, en especial de estudiantes becados, asegurando que “estos hampones no fueron admitidos en instituciones de alta enseñanza para poder tirarles piedras a nuestros policías; si quieren hacer manifestaciones que se vayan a Irán. Aquí no los queremos, tenemos que echarlos”.

La Garra de Águila falló en su objetivo
Para abril de 1980, se confirmó la ruptura de relaciones entre ambos países, con la Unión Americana expulsando a todo ciudadano iraní de su territorio y quebrando cualquier esperanza de pronta negociación por los rehenes.
La postura pacífica de Carter desapareció y se inclinó por una incursión militar para rescatar a los 53 cautivos restantes: Operación Garra de Águila. Según EL UNIVERSAL, el plan era aterrizar ocho aeronaves sobre el desierto iraní, trasladar hombres armados hasta la embajada y liberar a sus compatriotas, “cueste lo que cueste”.
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El día pactado fue el 24 de abril de 1980, con decenas de soldados e infiltrados en Teherán listos para allanar el recinto, pero todo se canceló luego de que tres aviones presentaron desperfectos momentos antes de comenzar y chocaran dos de ellos, muriendo ocho soldados entre las llamas.

La Operación Garra de Águila dejó mucha evidencia en manos de los iraníes, pues ni siquiera pudieron recoger los restos del accidente. Jimmy Carter se adjudicó la entera responsabilidad del lanzamiento y cancelación de la misión de rescate.
“Si el presidente Carter vuelve a intentar algo parecido, ni yo ni el Gobierno podremos controlar a los jóvenes militantes encargados de la guardia de los rehenes. […] Carter debe saber que esta tentativa reveló toda su incompetencia, que arruinó su porvenir político y debe perder la esperanza de ser reelegido”, sostuvo el Ayatollah Jomeini.
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A raíz de la Operación Garra de Águila, los estudiantes radicalizados optaron por sacar de la embajada a los rehenes y rotarlos por diferentes puntos de Irán, a fin de dificultar cualquier intento para rescatarlos y evitarse la pena de ejecutarlos.

En la sede diplomática vacía, el Ayatollah Sadeq Jaljalí –conocido como “juez de la horca”– exhibió ante la prensa algunos restos calcinados de los soldados y aeronaves, algo que la Casa Blanca calificó como “un nuevo descenso en la depravación moral”.
El 11 de julio de 1980 y en un inesperado acto de humanidad, los estudiantes dejaron ir a Richard Queen, un joven de 28 años que padecía un problema neurológico; como los médicos iraníes no podían tratar su enfermedad, el mismo Ayatollah Jomeini ordenó su liberación. Él fue el estadounidense número 14 en salir del cautiverio.
Este acto de bondad ocurrió antes de la muerte del sha Reza Pahlavi, el 27 de julio en Egipto. Quien fuera monarca de Irán falleció sin enfrentar la ira de su país y sin soltar un solo centavo de su fortuna, heredando los problemas a su esposa e hijos.
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Para el 8 de agosto de 1980, el destino de los rehenes pasó a manos del Ayatollah Jomeini (aunque era obvio que él tomaba todas las decisiones y no los estudiantes) y amenazó con juzgar a los 52 cautivos como espías de la CIA, “exponiendo el papel de Estados Unidos en una creciente conspiración para derrocar el régimen islámico”.

Más de un año después, regresaron a casa
Pasaron septiembre y octubre de 1980 y parecía imposible que 52 ciudadanos del país más poderoso del mundo llevaran casi un año cautivos en el Medio Oriente.
Los estadounidenses responsabilizaron a Jimmy Carter y a su “debilidad” de no tener a salvo a sus compatriotas. Los logros de su presidencia quedaron empañados con la “crisis de los rehenes” y era casi seguro que perdería la reelección en las votaciones del 4 de noviembre, frente al republicano Ronald Reagan.
Por irónico que parezca y conforme se acercaba la elección en E.U., más dispuesto parecía Irán de entregar a los rehenes. El primero de noviembre de 1980, la radio estatal en Teherán indicó que la liberación de los estadounidenses “no debe interpretarse como un acto injusto o cobarde; ya pasaron un año de castigo bajo dominio iraní”.
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“Tampoco es un acto de cobardía soltar como seres humanos. […] Ponerlos en libertad es un modo de desenmascarar la larga historia criminal de Estados Unidos y si Irán logra esto, habrá asestado un golpe a los opresores mundiales, que juegan con los destinos de los pueblos”, aseguró la radio iraní, recuperado por EL UNIVERSAL.

Dos días después, el parlamento de Irán decidió liberar a los rehenes estadounidenses, siempre que el gobierno de Carter cumpliera cuatro condiciones.
Primera, Estados Unidos se comprometería a no interferir de forma directa o indirecta en asuntos de Irán; segunda, debía revocarse la orden ejecutiva que congeló cuentas iraníes en bancos estadounidenses. Tercera, se anulaba cualquier reclamo financiero o legal contra Irán; y cuarta, la Unión Americana debería reconocer el derecho de los iraníes sobre la fortuna del sha y hacer los arreglos necesarios para su devolución.
Pasó la noche de elecciones y Ronald Reagan quedó como presidente electo. Lo último que quedaba a Jimmy Carter para rescatar su legado era salvar la “crisis de los rehenes” en sus 76 días de mandato.
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Gracias a la mediación de Argelia, Estados Unidos e Irán entablaron la negociación para entrega de los rehenes y cumplimiento de condiciones. Para el 20 de diciembre de 1980, se supo que la República Islámica exigía 184 mil millones de dólares por los 52 cautivos, con un anticipo de 8 mil millones para asegurar su liberación.

Carter se negó a pagar tan “humillante cantidad” y negoció un menor monto. Para la noche del 19 de enero de 1981, a pocas horas de dejar la Oficina Oval, el demócrata firmó los Acuerdos de Argel, descongelando 12 mil millones de dólares de cuentas iraníes y comprometiéndose a no influir en los asuntos de la nación islámica.
Minutos después de la investidura de Ronald Reagan como presidente, terminó la “crisis de los rehenes”, tras 444 días. El nuevo mandatario envió a su predecesor a visitar a los recién liberados en Alemania Occidental, previo a su traslado a E.U.
Según se leyó en EL UNIVERSAL del 22 de enero de 1981, Carter convivió con sus 52 compatriotas y tildó su retención en Irán como “un acto de terrorismo”. Los recién liberados denunciaron “malos tratos, tortura psicológica y miedo, mucho miedo”.
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Se les mantuvo un par de días en Alemania Occidental hasta garantizar su estado de salud física y psicológica: “lo más importante es que aprendan nuevamente a vivir como ciudadanos libres”, se leyó en este diario, esto para evitar radicalizaciones.

Algunos aseguraron “no haberla pasado tan mal”, pero confirmaron que fuerzas iraníes asaltaron sus domicilios y robaron objetos de valor. Otros comentaron que les daban comida en mal estado, con escupitajos o “infestados con gusanos”.
Más adelante, un ex rehén aseguró que “jugaban a la ruleta rusa sobre las sienes de dos secretarias para obtener información” y alguien más declaró pasar días atado a una silla y sufrir simulaciones de ejecución.
De acuerdo con nuestra edición del 24 de enero de 1981, el parlamento iraní acusó al gobierno y medios estadounidenses de “difundir mentiras y envenenar la opinión pública al acusar a Irán de haber torturado a los rehenes”, afirmando que existían pruebas videográficas sobre el buen trato que se le dio a los cautivos.
Tras esos fatídicos 444 días, los 52 estadounidenses de la embajada en Teherán estaban de regreso con sus familias. La “crisis de los rehenes” destruyó por completo la relación Estados Unidos-Irán, manteniéndose en emergencia durante décadas.


Desarrollo de la “crisis de los rehenes” en Irán. Fuente: YouTube.
- Fuentes:
- Hemeroteca EL UNIVERSAL
- Iran: Hostage Crisis – Office of the Historian, Department of State
- Karimi, N. & Nasiri, M. (2 noviembre 2019). Iran student leader says he regrets 1979 US Embassy attack. En AP.
- Library of Congress US
- Operation Eagle Claw – U.S. Army Airborne & Special Operations Museum
- Ostos, M. (19 enero 1981). EE UU e Irán firman por separado el documento que pone fin a la crisis de los rehenes. En EL PAÍS.
- s.a. (19 enero 2021). “Tie a Yellow Ribbon:” The Origin of the National Response to the Iran Hostage Crisis. En National Museum of American Diplomacy.
- Stanglin, D. (21 enero 1981). Former President Carter, his eyes filled with tears. En UPI.


