Texto: Carlos Villasana
El 9 de agosto de 1894 hubo un duelo entre el funcionario de gobierno José C. Verástegui y el coronel y diputado Francisco Romero. El encuentro que se registró en los linderos del Panteón Español, despertó polémica a nivel nacional entre la población acerca de lo que era correcto y lo que no, en los círculos social, político, económico y cultural.
El legislador Francisco Romero era originario de Tulancingo, Guerrero, donde nació en 1853. Estudió ingeniería militar y alcanzó el grado de coronel. Fue director de la Revista Militar Mexicana y en los periodos entre 1881-1883, 1894, 1896-1898 y 1902-1912 fue diputado por los estados de Yucatán, Hidalgo, Jalisco y Guerrero.

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“[Romero] se trataba de uno de los hombres del régimen, pues se sabe que las diputaciones no se obtenían por voto popular, sino que los legisladores eran designados por el presidente Porfirio Díaz. Por otra parte, Romero era conocido como pistolero y espadachín”, escribió la doctora en Derecho, Elisa Speckman Guerra en su publicación El último duelo.
De acuerdo con la investigación dirigida por la doctora Elisa Speckman, la opinión pública estaba dividida en lo que respecta a lo acontecido antes, durante y después del duelo.
Señala que en los días posteriores al duelo pocos diarios cubrieron la noticia. Uno de ellos fue El Tiempo que siguió de cerca el desarrollo de la investigación.
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En cambio, los periódicos oficialistas pretendieron proteger a Romero y cubrir su crimen, entonces sostuvieron que Verástegui había muerto como resultado de un accidente.
El Universal sostuvo que el suceso ocurrió mientras limpiaba su pistola y El Noticioso afirmó que había sido producto de una caída por resbalar en unas escalinatas y al caer se había disparado el arma que llevaba en el pantalón. Otros periódicos como El Diario del Hogar adoptaron una postura cautelosa.
La doctora Elisa Speckman señala que la situación cambió cuando Ramón Prida —testigo y amigo de Verástegui y otro de los hombres del régimen— confirmó que se había tratado de un duelo y exigió el desafuero de Romero.
Una vez que el secreto trascendió a la opinión pública, prácticamente todos los periódicos, entre ellos El Diario del Hogar, se sumaron al debate. Sin embargo, no se sumaron de manera unánime.
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Mientras que El Universal guardó cierta discreción y se abstuvo de calificar al duelo y al duelista, El Tiempo y El Diario del Hogar —a pesar de su diferente tendencia política e ideológica— manifestaron su oposición a dicha práctica y exigieron el castigo de Romero.
Pero para la justicia quedaban diversas preguntas sin respuesta: la reprobación del duelo en consideración al dolor de los deudos (en este caso, la viuda y los huérfanos de Verástegui), la condena del duelo según los preceptos católicos o a la necesidad de respetar las sanciones legales, así como el cuestionamiento del duelo y su honorabilidad, en razón de sus motivos y a sus formas, en este caso, la ilegitimidad de las causas que motivaron a Romero y su superioridad en el manejo de las armas.
Debido a la controversia y a la cantidad de acusaciones, el coronel Romero fue llevado a Juicio Penal casi un año después del famoso duelo. El Mundo Semanario Ilustrado de agosto de 1895 hace un resumen del interrogatorio de los hechos que originaron el problema.
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El coronel Romero señaló que el jueves 2 de agosto de 1894 al acercarse a la ventana de la casa del señor don Juan Barajas, escuchó su nombre y al percatarse, puso más atención y oyó que un individuo decía a la señora Barajas que dejaría de hablar mal de Romero si aquello le disgustaba.
Para saber conocer a la persona que hablaba de él, Romero entró en aquella casa y en la sala encontró a don José Verástegui que platicaba con los esposos Barajas. Verástegui lo recibió cortésmente, luego Romero salió poco después, pretextando que iba a presentar a un amigo a otro conocido y no volvió al día siguiente a cenar a la casa de los señores Barajas, como la hacía todas las noches.
El sábado siguiente el señor Barajas lo buscó para el arreglo de un negocio que tenían pendiente y le preguntó el motivo de su ausencia, a lo que le respondió que no le gustaba ir a casas en donde se hablaba mal de él.
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Después de algunas explicaciones el señor Barajas le repitió la conversación que habían tenido con Verástegui, quien hablando de la elección del general Martín González para gobernador de Oaxaca, había dicho que el coronel Romero era un "periodiquero" que sólo había ido a aquel estado a prender cohetes y mandar telegramas a la prensa de esa capital en favor de Don Martín González.
Romero entonces le pedía autorización al señor Barajas para reclamar a Verástegui por tales ofensas y se la concedió. Después Romero solicitó el permiso de la señora Barajas y al obtener la aprobación de los dos, le escribió Romero una carta a Verástegui en la que le preguntó si eran ciertas las palabras que había dicho sobre él en casa de los señores Barajas y que de no ser ciertas bastaba que se lo dijera y quedaría satisfecho, pero si eran ciertas, buscaría autorizar a sus representantes para concertar un duelo de honor.
Como resultado de la carta de Romero a Verástegui, recibió de Verástegui la respuesta en otra misiva en la que no le daba ninguna explicación ni disculpa sobre las palabras que escuchó Romero acerca de su persona y tampoco le contestó si aceptaba el reto del duelo de armas, únicamente escribió que no lo haría debido a “causas reservadas”.
Según lo dicho por Romero, éste le envió una segunda carta a Verástegui en la que le decía que ahora le correspondía a Verástegui explicar cuáles eran esas “causas reservadas”, pero no supo nada más de él, hasta que se le comunicó que debía presentarse a participar en la fecha y hora para efectuarse el duelo, al cual acudió cerca del Panteón Español a las 5 de la tarde.
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Una vez ahí, se le leyó a Romero la parte conducente al acta, se le designó su puesto, se le entregó mi arma, la disparó en el momento preciso y sonaron los tiros.
A lo que Romero dijo al juez: “Al ver que vacilaba el señor Verástegui y caía, me acerqué al general Rocha y me ordenó retirarme, lo hice así y no supe más” concluyó.
Durante el interrogatorio a Romero y su participación en los hechos que terminaron con la vida de Verástegui, se le cuestionaron varias dudas acerca de otros posibles escenarios que condujeron a tal duelo, ya que le preguntaron si en realidad se trató de alguna cuestión de faldas y su habilidad en el manejo de las armas de fuego a diferencia de su contrincante. Cuestiones que Romero negó.
La doctora Speckman explica que los individuos que actuaban en defensa del honor argumentaban que tenían “derecho” a hacerlo, pues respondían a un sistema de conducta y de valores que los obligaba a eso, es decir, se amparaban en la existencia de un código paralelo.
Afirma que la ley escrita nos dice: si te bates en duelo, aunque sea con todas las solemnidades y requisitos que normalizan los encuentros más leales y más caballerosos, te priva de la libertad.
“La sociedad nos dice; si no te bates, cuando en mi concepto debes hacerlo, te privo de la honra, te arrojo de mi seno para perseguirte, aún fuera de él, bajo el látigo de mi censura ignominiosa”, señala.
En el caso del duelo entre Verástegui y Romero, Speckman afirma que de nueva cuenta se presumía que por primera vez los participantes en un duelo serían procesados. Las leyes tocantes al duelo habían perdido vigencia.
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Se trataba ahora de Francisco Romero y del duelo que sostuvo con José C. Verástegui. A pesar de que la Cámara desaforó al duelista, de que los jurados votaron su culpabilidad y de que el juez lo condenó, Romero pasó pocos meses en prisión, pues los legisladores expidieron una ley de amnistía.
En suma, los duelistas aplicaban justicia por su propia mano, atentaban contra el monopolio estatal y legitimaban sus acciones con base en un sistema alternativo de normas. Así surge la idea de que la ley presenta ideas y valores comunes, pero no se trata de una alteridad proveniente de clases populares, sino de la propia élite.
El duelo Verástegui-Romero generó una polémica que lo trascendió, pues tocó aspectos tan generales como la relación entre la ley y la costumbre, la vinculación entre la ley y la justicia, la distancia entre la norma y la práctica, la capacidad de los particulares para generar y aplicar Derecho, la legalidad, la igualdad jurídica o el privilegio y la inmunidad o el control de los desviantes.
También trascendió a los actores involucrados en el duelo, pues comprendió a juristas, periodistas y literatos y, por último, trascendió el ámbito de la palabra, pues las resoluciones judiciales representan una postura en el debate.
En sus investigaciones al respecto, la doctora encontró que existían distintas versiones de los hechos que iniciaron una gran polémica.
Algunos pensaban que Romero había matado en duelo, otros que lo había hecho en riña. Algunos sostenían que las leyes tocantes al duelo habían perdido vigencia y que ello exoneraba a Romero; otros que eran válidas y que, independientemente del tipo penal que se aplicara, éste debía ser juzgado por la muerte de Verástegui.
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Algunos conferían gran importancia al honor y justificaban las acciones cometidas en su nombre, creían que el duelo era una vía racional, inteligente y moralmente superior para dirimir conflictos, y que las élites no sólo podían estar por encima de las leyes, sino que debían estarlo, puesto que sus conflictos y debilidades no debían ventilarse en público.
Otros consideraban que el duelo violaba los principios de la religión católica y, sobre todo, del liberalismo y del republicanismo, porque atentaba contra el Estado de Derecho y sus instituciones.
Al final del juicio condenatorio, el juez admitió el veredicto del jurado y aceptó una considerable indemnización para la viuda, pero los magistrados redujeron la pensión. Tanto juez como magistrados aplicaron la mínima sanción penal permitida por la ley.
Si en la primera ocasión votaron por respetar la legalidad y hacer cumplir la ley vigente, en la segunda encontraron una solución dentro de la misma legalidad y elaboraron una ley que liberaba a Romero de su condena.
La doctora concluyó que el proceso de Romero y su condena no sirvió para terminar con los lances de honor que siguieron celebrándose hasta bien entrado el siglo XX. Tampoco valieron las críticas, ni las tibias posturas de legisladores.