El paliacate es un accesorio cotidiano para los mexicanos, a pesar de que su origen está al otro lado del mundo. No se le ve sólo en bailes regionales o en el cuello de un jornalero, porque su carisma lo ha llevado a conciertos, marchas y pasarelas.
A veces conocer a detalle lo que siempre hemos visto “por encimita” es como hacer toda una travesía. Ése es el caso del paliacate, tan arraigado al imaginario de México que hasta se cree que su nombre viene del náhuatl.
Mochilazo en el Tiempo comparte los muchos usos del paliacate, su ascenso a las tiendas de fast fashion y el largo viaje que lo trajo a nuestro país.

Don Raúl, de 70 años, ha usado paliacate toda la vida. Ya sea que piense en su niñez, en su juventud o su vida adulta, el bolsillo de su pantalón de mezclilla suele tener un confiable paliacate rojo.
“Desde chamaco lo recuerdo, de un bailable de la escuela, pero yo lo usé cuando estaba ya en [las plataformas de] PEMEX: pa’ limpiarte la cara, pa’ secarte, pa’ el sudor”. En su experiencia, “casi la mayoría de la gente de rancho lo usa”.
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Quienes lo han usado saben que es más que pañuelo, pues dice “o para hacer señas, sacas el paliacate, como abanderando; son cosas de rancho”.
En su familia, don Raúl es el típico MacGyver –con todo y la navaja suiza-, por eso es el indicado para revelar mil y un usos del paliacate:
“Siempre lo usaba donde anduviera, hasta en el trabajo. Si no me quería echar perfume en las manos o el cuello, lo usaba en el paliacate y con eso ya olías bien”.
“Cuando hacía calor lo mojabas y así te evitabas el calor, yo siento que así te refrescabas mejor: mojado te lo amarras al cuello y ya te sientes más fresco”.
Pero no es todo, porque su esposa, la señora Lía, comparte que con ingenio y un paliacate, don Raúl le salvó la vida durante un siniestro en el Metro de la CDMX:
“Era un día lluvioso, de esos en que se inunda la ciudad, y no me acuerdo entre qué estaciones del Metro de pronto se oyó como una explosión y [el convoy] se paró en seco. Estábamos a mitad del túnel y nos quedamos a oscuras”, nos narra.
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Encima de que era hora pico, dice, aquel vagón que ya iba lleno de usuarios empezó a llenarse de humo, por lo que "la gente empezó a desesperarse y gritar, a querer salirse por las ventanas y empujar”.
Explica que “el humo era tan irritante que algunos empezamos a toser, yo sentía cómo me ardía la garganta y se me cerraba. Raúl sacó su paliacate y con una botella de agua lo humedeció para que yo respirara a través de él”.
“Yo pude volver a respirar, pero el paliacate perdía humedad muy rápido y Raúl lo tenía que mojar de nuevo. Ya enseguida empezó a llegar personal del Metro, abrieron las puertas de forma manual y nos desalojaron por las vías; saliendo escuchamos que había explotado una de las llantas”.
En este punto muchos pensarán que han visto paliacates en contextos muy diferentes al rancho, y tienen toda la razón. Es parte de lo curioso de estos pañuelos: que se pueden encontrar en lugares muy lejanos que, a su vez, les dan usos muy distintos.
“Yo lo compraba en los mercados municipales” dice don Raúl, y comenta que "ahora ya ni se sabe de qué son, porque antes todos eran de algodón, ahora ya son sintéticos, hasta los hacen en China”.
“Mi color es el rojo, pero cada quien tiene el suyo, ya hay negros, o amarillos; antes nomás había rojos”. Con los colores, nuestro entrevistado también recuerda que algunas tribus urbanas le dan preferencia como accesorio, pues lo ha visto entre motociclistas y cholos.
Se sabe que en los años 70, en especial en ciudades como San Francisco y Nueva York, la comunidad gay ligaba a pesar de la represión gracias a un código en que los paliacates servían para identificarse entre sí.
Para los años 80 se pusieron de moda entre los jóvenes gracias a que bandas como Guns N' Roses o Mötley Crue lo hicieron parte de su imagen.
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En 1998, el periodista Edmundo Domínguez Aragones escribió en este diario que algunos años atrás los paliacates “eran de telas suavecitas” y que se puso de moda ponerle uno en el cuello a los caninos.
Ya en ese año conseguirlos era “una hazaña”, en comparación con épocas anteriores, cuando “se vendían en cajitas hasta en los supermercados”.
Con los años 2000 también se ha vuelto muy popular para los jóvenes usar paliacates en conciertos, primero como accesorio (amarrado al cuello, en la frente o el cabello) y ahora también como recuerdito (las “armys” de BTS no nos dejarán mentir).
Las redes sociales muestran que en años recientes se habla del belt scarf (“cinturón de bufanda”), la idea de amarrar una mascada o paliacate en la cintura –que la señora Lía recuerda haber visto y hecho desde los años 80.
Ya en este 2026, firmas como Bershka y Pull & Bear tienen en su colección actual lo que para México es un paliacate pero que en catálogo se ofrece como “bandana”, sin duda a raíz de la usanza estadounidense.
De nuevo la reflexión de don Raúl hace eco, porque en efecto, la página declara que sus bandanas se producen en China. Los diseños, a todas luces una sencilla referencia al rico patrón de los típicos paliacates.
En el caso del fast fashion, los modelos lo llevan colgando del ojal para cinturón de sus pantalones de mezclilla holgados, mientras que en redes como TikTok no faltan influencers que enseñan a stylearlo de formas alternativas.
Una búsqueda en redes sociales para estas líneas también arrojó los diseños ya más artísticos y variopintos de la tienda de EU “Bandits Bandanas”, que toman de lienzo el pañuelo para plasmar en él desde un detalle minimalista hasta composiciones estilo indie folk.
Esa empresa que manufactura en India y distribuye desde California las “bandanas” que diseñan artistas de todo el mundo es otro ejemplo de la dinámica cosmopolita que parece impulsar al paliacate.
Mención especial es la del paliacate que vemos en marchas, en protestas y movimientos sociales masivos, ya sea el verde y el violeta de las colectivas feministas o el tradicional del Ejército Zapatista, con el que miles han protegido su identidad al defender su causa.
Con la popularidad entre los jóvenes, los paliacates vuelven a colorear comercios en mercados y a las afueras de la red del Metro, aunque también basta un clic para conseguirlos. Eso sí: en la calle cuestan veinte pesos, en Amazon cuatro por 200 y en tiendas 300 la pieza.
Y si se busca un paliacate tan práctico como vistoso, sí que podemos recomendar los de confiable algodón, como los de don Raúl, que bien cuidados resistirán por años -si acaso un poquito deslavados.
El paliacate se siente tan mexicano que muchos asumen que siempre estuvo entre nosotros, como el rebozo o el molcajete, y hasta se cree que el nombre viene del náhuatl.
El diccionario de la Real Academia Española (RAE) dice que la palabra se forma con pal (color) y yácatl (nariz). Por eso es curioso descubrir que el patrón que vemos en estos pañuelos no es de origen prehispánico.
El intelectual de Nuevo León, Gabriel Zaid, publicó varios datos sobre el paliacate en un artículo de 2014 para la revista Letras Libres, de los que destacan algunas curiosidades:
Los paliacates llegaron a México durante el siglo XVII en barco desde Manila, Filipinas, que a su vez los importaba de su lugar de origen, en India.
Tanto el diseño como el nombre de los primeros paliacates vienen del puerto de Palicat (o Pulicat), una ciudad costera en el sureste indio. Gabriel Zaid no duda en afirmar que la “etimología” de la RAE es un error.
Además, el regio nos recuerda que muchas veces las telas llevan el nombre del lugar donde se producen, como la lona (de Olonne, Francia) o el gante (de Gante, Bélgica). El paliacate, aunque ha dado la “finta” de sonar a náhuatl, es uno de esos casos.
Por último, pero no menos importante, queda el conocido patrón de estos pañuelos, que nació en el milenario arte persa, donde lo nombran buta o boteh.
Hay quienes creen que el diseño es lo que se llama paisley y, aunque tampoco es del todo correcto, sí es un dato que habla de la gran difusión que ha tenido, tan socorrido que la mayoría lo habrá visto en una corbata o en el forro de algún saco.
El nombre viene del puerto de Paisley, en Escocia, que en el siglo XIX se volvió un gran productor y distribuidor de imitaciones de la cachemira, otro tejido con motivos de boteh.
Aquellas imitaciones se vendieron por el mundo anglosajón en forma de chales y desde entonces se le llama paisley al patrón, que puede verse en interiorismo, joyería o paliacates –aunque en inglés les llamen bandanas.