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El antiguo oficio de ser ropavejero

Hace más de cien años cazadores de “tesoros” comenzaron a recorrer la capital. Los traperos, hoy llamados ropavejeros, confiaron en que la ropa usada podía encontrar un nuevo dueño
Ropavejero
19/10/2019
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Texto y fotos actuales: Gabriel Sánchez Pozos
Diseño web:
Miguel Ángel Garnica
 

Él comenzó comprando pedazos de ropa y objetos en provincia para venderlos en la capital mexicana; después optó por quedarse en la Ciudad de México para gritar a los vecinos si vendían cosas que ya no usaban; más tarde los productos variaron tanto que cargarlos en la espalda con un ayate ya no era posible y decidió usar transporte. Este ha sido el andar del ropavejero a través de la historia.

El viaje empieza con el trapero. Según Alfonso Hernández, cronista de Tepito, este personaje llevaba partes de ropa, prendas típicas y objetos que adquiría en distintos estados de la República a un lugar conocido como Baratillo, un compendio de locales de comercio informal donde la gente trabajaba, comía y dormía, antecesor de los actuales mercados.

El origen de dicho espacio se remonta a la época virreinal refiere Jorge Olvera Ramos en su obra Los Mercados De La Plaza Mayor En La Ciudad De México. Además el cronista Hernández señala que la última ubicación de este sitio fue en la hoy Plaza de Garibaldi. A principios del siglo XX, fue trasladado, por motivos de seguridad e higiene, a la Plazuela de Tepito, hoy conocida como Plaza Fray Bartolomé de las Casas.

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Así lucía el Baratillo de Tepito en 1930. Fototeca del Centro de Estudios Tepiteños/Cortesía

Estos traperos sirvieron de inspiración para que personas emularan sus acciones, pero sin salir de la capital: compraban ropa y artilugios de segunda mano para revenderlos ahí mismo en Tepito. Así nació el ayatero, cuyo puesto eran el mismo transporte donde cargaban sus cosas: un cuadro de ayate, una fibra salida de las pencas del maguey, muy parecido al que usaba Juan Diego durante la aparición de la Virgen de Guadalupe.

Con cuatro puntas y mismo número de lazos, el ayate podía extenderse o cargar en segundos. En ese entonces este material era de precio accesible, pero su desuso hizo que se encareciera y la gente optara  por llevar réplicas hechas de rafia. A estos comerciantes también se les llamaba ropavejeros y se hacían notar por su famoso pregón: “¡Zapatos Viejos! ¡Ropa Usada que venda!”.

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Ropavejero en los años 90. Apoyado de un ayate, este personaje cargaba su pesada y variada mercancía en la espalda cuando recorría las calles capitalinas. Archivo de EL UNIVERSAL.

Hernández comenta que el ayatero también se especializó en el trueque, en la ahora llamada calle del Estanquillo (nombrada así porque ahí había un estanco, es decir, una fábrica clandestina de cigarros). Estos personajes se abastecían en una tienda de nombre “La Canasta” de vidrio o loza para ofrecerlo a sus clientes de clases medias o altas.

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El ropavejero compra variados objetos, pero su especialización está en las prendas. Archivo de EL UNIVERSAL.

Entre los objetos que llevaban en una canasta y que ofrecían a las trabajadoras domésticas, pues señala  Hernández que el contacto de los ayateros con las familias de las casas que visitaba era nulo, se encontraban recipientes para sal, pimienta, aceite y distintos vidrios que ofertaban como cristal de gran calidad.

Hasta la década de los 50 estos pregoneros tuvieron en la plaza principal de Tepito su sede, pues una vez inaugurado el mercado de los zapatos en 1957, comenzaron a poner sus locales sobre la calle de Granaditas.

Alfonso Hernández menciona que cuando la clientela le vendía objetos grandes al ayatero y él no podía llevárselos por su tamaño, una nueva modalidad de ropavejero surgió: los carreros.

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El carrero es una variante del ropavejero que nace con el uso de transporte. En el 2015 utilizar de animales de carga fue prohibido en la Ciudad de México y comenzaron a usarse camionetas para el oficio. Archivo de EL UNIVERSAL.

Los carreros iban a lado de los ayateros con un carro de madera por si necesitaban llevar algo de volumen. Con el tiempo se adaptaron; primero lo hicieron con animales, pero cuando su uso quedó prohibido en la capital en 2015 llegó la última versión, una persona que sale en su camioneta con la grabación que anuncia “se compran estufas, refrigeradores, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que venda”.

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Vehículo tirado por un burro en la Ciudad de México durante 1994. Archivo de EL UNIVERSAL.

A pesar de ya no ser un negocio redituable para todos, el cronista Hernández cuenta que el ropavejero contribuye al gasto familiar al ofrecer cosas de buena calidad para todos los bolsillos; además, considera que si alguna vez le compras a un ropavejero, te puedes quedar tranquilo pues su ética no les permite adquirir cosas de procedimiento ilícito.

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Comprador de fierro viejo en la colonia Agrícola Oriental en 1994. Archivo de EL UNIVERSAL.

En este mayo, Juan Jorge Vergara Jardón cumplió 49 años como ropavejero, él tiene 70. Hoy está afónico porque un par de horas antes salió a gritar “zapatos, ropa, aparatos descompuestos que cambie por loza… ¡cambiador!”. Vestido con una camisa azul y pantalón blanco, él espera sentado sobre la calle de Tenochtitlán, en Tepito, para que la gente se acerque a comprarle.

No hay nubes en el cielo pero el sol no lastima a Juan porque ve pasar a su posible clientela bajo la sombra de un paraguas: “en 1970 me inauguré en este oficio y lo que más me gusta es ser libre en la calle. Si quieres trabajas, sin necesidad de que te manden” menciona.

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Sobre la calle Tenochtitlan en Tepito, Juan Vergara tiene este puesto por el que paga 170 pesos a la semana. Crédito. Gabriel Sánchez Posos/Cortesía.

“Yo no fui a la escuela, yo aprendí de grande. Las letras no entran cuando se tiene hambre.”, cita Juan a Gerardo Reyes mientras recuerda que inició en este oficio a los 20 años. Sin la guía de sus padres, este ropavejero aprendió de un amigo a hacer trueques, a comprar y vender, pero al mes decidió independizarse.

Martes y sábados son los días que Juan no labora. Todos los demás a las nueve de la mañana maneja su combi en busca de mercancía a zonas como Mixcoac o Ejercito Nacional; sin embargo confiesa que es en las dos secciones de la colonia Olivar del Conde primera en la alcaldía Álvaro Oberón, además de la Agrícola Oriental en la alcaldía Iztacalco, es donde tiene más fe de encontrar algo.

Su rutina consiste en dejar la combi con uno de los clientes que conoce y caminar con un ayate de rafia en un brazo y una casta llena de artículos para intercambiar en otro, mientras sostiene con una mano el megáfono que le ayuda a gritar su pregón. Presume de ser el último representante del oficio en salir a buscar mercancía de esta manera.

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Juan Vergara aún sale a gritar su pregón acompañado de una canasta y un ayate hecho de rafia. Crédito: Gabriel Sánchez Pozos/Cortesía

En esta canasta lleva peltre, cristalería, refractarios, sartenes de teflón y loza que intercambia dependiendo del tipo de objetos. Antes ofrecía porcelana o cristal por el que le llegaban a dar anillos de oro y aunque esto servía para comprar más mercancía, con el pasar del tiempo adquirió experiencia para elegir “cosas de calidad” que para él no se determinan por la etiqueta.

Antes no tenía un medio de transporte propio, así que pagaba un taxi desde su casa, también en Tepito, a Villa de las Flores y le cobraban 50 pesos en un viaje redondo, “ahora me los cobran de aquí a metro Hidalgo” señala.

“¿Cuánto cuesta el camión?”, pregunta una señora mientras señala un pequeño tractor amarillo hecho de lámina. Juan lo compró en 250 pesos, pero contesta que cuesta 500 para tener ganancia. Después de unos segundos, la mujer desiste. Al acabarse la interrupción continúa diciendo que invierte mil 500 pesos semanales, de los cuales 200 son para gasolina.

Dos horas es el tiempo promedio que ocupa en su búsqueda para luego regresar a Tepito y poner sus artilugios en una lona que ocupa un metro de largo por el que le cobran 170 pesos a la semana. Juan prefiere no adquirir cosas con muchachos que pasan sobre la calle que vende porque “no vaya a ser de Roberto”, elige no tener problemas con la justicia. Entre las cinco o seis de la tarde levanta.

En un día muy malo puede no ganar nada y en uno muy bueno hasta llevarse 400 pesos libres, ya sin los gastos de ese momento. Juan confiesa que tiene ropa que compró hace 15 días que aún no se le vende. Cuando pasa algo así, suele ofrecerla a los retameros, que ubicarás por ser aquellos que venden prendas en los tianguis a cinco pesos, toda una bolsa de ropa por 100 pesos.

De pronto una señora con una niña se acercan a preguntar por un par de tenis blancos que no usan agujetas y Juan les contesta que los da en 80, pero para que se los lleven los deja en 70. Tampoco se los llevaron. “el calzado lo lavo, pero la ropa no porque hay menos competencia. La de paca nos amoló”

“Antes éramos únicos. Pude haber sido dueño de esta cuadra, ya no trabajar y cobrar a los que se ponen, pero no preví el futuro”, advierte Juan mientras recuerda que en los años 70 si la ropa tardaba 20 minutos en venderse, era mucho. Había veces que salía a gritar dos veces al día.

Mientras se levanta de su asiento para mostrar un par de botas negras a una señora, Juan admite que aún con la situación, para un ropavejero no existe el retiro. “¿Cuánto?”, pregunta la mujer y el también conocido como ayatero responde que 40 pesos. Tras un par de minutos de espera, es lo primero que se va en la tarde.

A casi tres kilómetros de la ubicación de Juan Vergara, un compañero de profesión espera también en el tianguis del Mercado Unidad Rastro en la alcaldía Venustiano Carranza, a vender la mercancía que hoy eligió: 5 camisas y 4 playeras de caballero; 2 blusas, 3 camisas y 10 playeras de dama, más de 20 películas en formato DVD y Blue Ray no originales, 2 pares de tenis y 3 de tacones.

Trinidad Rodríguez Castro de 80 años sigue considerándose ropavejero a pesar de no salir a las colonias en busca de mercancía desde hace más de 10 años “porque las piernas ya no le dan”. Ahora se dedica a comprarle ropa a personas que llevan a ofrecer grandes cantidades ahí en el tianguis.

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Don Trinidad es ropavejero desde que era un niño y ahora está a punto del retiro. Gabriel Sánchez Pozos/Cortesía.

Sentado en un banco de plástico bajo la sombra de un árbol, este ropavejero supervisa su puesto a dos metros de distancia con un vaso de refresco de cola en la mano. Viste una gorra blanca, jeans, playera amarilla y chaleco azul. Está en este tianguis desde hace apenas tres meses y hoy ha vendido dos sudaderas a 25 pesos cada una.

“Las playeras se van de a 10 o 15 pesos, los tenis también a ese precio, nada arriba de 50 o lo que la gente quiera pagar”, menciona el señor Rodríguez quien comenzó en el oficio desde que era niño acompañado de su madre y su padre.

En sus inicios en los años 60, recuerda el señor Rodríguez, que su recorrido empezaba a las siete de la mañana y duraba dos horas en colonias como la Obrera, en la alcaldía Cuauhtémoc o Polanco en la Miguel Hidalgo. “Nosotros gritábamos y salían las señoras por la ventana y decían ‘Mira, ven, tenemos ropa para vender’ y ya tenían amontonado todo. Hacíamos trato luego, luego”, recuerda.

Su inversión en ese entonces era de hasta tres mil pesos “cuando el dinero valía” y se podía recuperar en una sola prenda, como los trajes de caballeros por los que la gente pagaba hasta mil 500 pesos. También llegaban a comprar váteres, tubos o cables de luz para revender en Tepito, donde estaba el local de sus padres.

El señor Rodríguez rememora que en esa época el local familiar estaba en la calle de Granaditas y “todo se vendía”. Los pantalones eran comprados con rodilleras incrustadas como parches, los tenis si estaban rotos de la suela, sólo se compraba la silueta para pegarla en una más nueva.

 

Francisco Gabilondo Soler “Cri Cri” compuso una canción de este personaje.

Sin embargo, al morir su padre, este ropavejero, abandonó Tepito pues la violencia hizo que la clientela fuera desapareciendo porque a muchos que se aproximaban a preguntar, los delincuentes les ponían un cuchillo para asaltarlos.

Actualmente su puesto no se ubica sobre la calle principal del tianguis, está tres metros a lado de ella. Una señora le grita a la distancia si le va a dar (dinero), pero el señor contesta que mejor pase al siguiente día; se refiere a los 20 pesos diarios que debe pagar por estar ahí.

Llega diario a las siete de la mañana y se va a las tres de la tarde. Sus mejores días no son los fines de semana porque el tianguis crece una cuadra más en estos dos días y la clientela prefiere ir ahí. A este anciano ayatero sólo le queda un bulto de ropa en casa por vender, al acabarse, dice que dejará definitivamente este oficio.  

La imagen principal es de un ropavejero de los años 90 que cargaba en la espalda su variada mercancía. Se apoyaba de ayates.

En el caso de las imágenes de nuestras comparativas, la primera es sobre un ropavejero que tenía apoyada su mercancía en un pequeño carrito para jalar de ella; la segunda es de Juan Jorge Vergara Jardón quien sigue conservando las costumbres de un ayatero al gritar su pregón acompañado de una canasta para hacer trueque.

Fuentes:
Entrevistas: Alfonso Hernández, Juan Jorge Vergara Jardón y Trinidad Rodríguez Castro.
Ramos, J. O. ( 2007). Los Mercados De La Plaza Mayor En La Ciudad De México. México: Centro de estudios mexicanos y centroamericanos.
 https://bit.ly/31rQIR0